La cuenta atrás
Octubre 13, 2007 on 5:59 pm | In Pensamientos | Sin Reflexiones¿Que será lo que tienen las cuentas atrás que cuando queremos que se acaben pasan despacio como si el tiempo se hubiera parado, y cuando necesitamos hacer algo antes de que terminen vuela el tiempo?
A Tomas le pasaba eso mismo. Ayer habÃa terminado el plazo de matrÃcula de su primer año de carrera. Los innumerables papeles eran insignificantes con las pegas de las secretarias, y estas apenas impacientaban la mitad que la espera en las colas de los bancos. Al final, a las 13:57, cuando solo faltaban tres minutos para terminar el plazo, y después de un incomprensible café a las 13:20 de la administrativa de la mesa que le habÃan asignado consiguió ver su papel de admisión sellado. El alivio invadió su cuerpo y tomó un bien merecido tentempié mañanero en un bar en los aledaños de la universidad. “Ahora,” pensaba Tomas “le voy a decir a mi padre que por fin voy a empezar derecho. Seguro que está orgulloso cuando lo termine. Él se quedó a unas pocas asignaturas del final y ya nunca volvió a estudiar.” Mientras engullÃa una pulga de jamón con pan tumaca.
Llamó a su padre para contárselo en cuanto acabó el último trago de su caña. El teléfono comunicaba. “Bueno, le llamaré a casa”. Tres pitidos agudos taladraron su oÃdo para que una señora de metal le dijera “El teléfono marcado no existe”. no recordaba los problemas que habÃa tenido con el Internet, las compañÃas telefónicas, y la madre que parió a los organismos de consumo… “Tendré que esperar a verle en casa”.
Tomas vino a estudiar a una ciudad pequeña desde el sur. No habÃa sido muy brillante en sus estudios y fue en la única facultad donde su nota daba para entrar. Ahora tendrÃa que coger varios trenes hasta regresar a su hogar donde le esperaban todos los familiares deseosos de saber el destino que iba a tener el futuro de su hijo. El hermano de su padre regentaba un bufete de abogados, pero la falta de descendencia y la decisión de su hermano de no acabar sus estudios dejaban el negocio familiar en incierto suspense que se verÃa resuelto hoy. La mala suerte hizo que Tomas llegara a la estación de trenes 5 minutos después de que saliera un tren hacia la capital. Como las comunicaciones no estaban muy allá tendrÃa que esperar 2 horas más hasta el siguiente. Mientras esperaba, con la mochila entre sus pies y la cabeza apoyada su mano apareció un mendigo.
El mendigo le pidió dinero a Tomas, pero dijo que no tenÃa dinero para dar, pero que si querÃa que le invitaba a algo en el bar de enfrente. Al fin y al cabo no tenÃa otra cosa que hacer durante las dos horas de su vida. Durante el tiempo que duró el café y el par de pinchos que tomaron el mendigo le habló mucho a Tomas. Le habló de la vida en soledad, de como todos los dÃas son iguales, de como le habÃan maltratado las mujeres dándole esperanzas y abandonándole cuando menos lo esperaba, de cuando su familia renegó de el por dejarlo todo en una época en la que tenÃa depresión. También le contó como de ser un rico empresario habÃa llegado a se lo que era. No habÃa tenido mucha suerte en la vida. Pero Tomas no escuchaba. En su cabeza solo cabÃa un hueco para el reencuentro con sus familiares en el pueblo. Seguro que le felicitaban por haberlo conseguido. No le hacÃa mucha ilusión esa carrera, pero tampoco habÃa tenido una vocación desde siempre como para elegir otra.
Cuando llegó la hora embarcó en el tren y se despidió de su nuevo amigo con un frÃo estrechamiento de manos. Durante el viaje durmió. Llegó a dormir durante una hora. La otra hora del viaje, la pasó mirando como pasaban los árboles, túneles y pueblos. Paraba en todos los pueblos y empezó a tener una sensación de impaciencia. Miró la hora y pensó que estaba mejor dormido. Volvió a intentar llamar a su casa y a su padre aún sabiendo que no funcionaba ninguno de sus teléfonos. esperaba el milagro. No habÃa señal.
Al llegar a la estación de la capital también esperó un tiempo hasta que llegaba el tren con destino a Sevilla. Y aún le quedaban otros dos por coger. …
El tren de alta velocidad parecÃa un caracol con ruedas. Acababa de salir de la estación y aún le quedaban 3 horas. Es cierto que en autobús se tardarán unas 6, pero aún asà le parecÃa excesivo. No se pudo sentar. Daba vueltas del vagón comedor-bar al asiento. Allà aguantaba 5 minutos. Menos mal que no era fumador, si no hubiera dejado sus pulmones como la carbonilla o sus nervios hechos papilla.
Al llegar a Sevilla vio como el último tren para su pueblo abandonaba la estación sin el dentro. TenÃa varios amigos estudiando en la capital, pero ninguno tenÃa coche. Optó por quedarse a “dormir” en casa de uno. Lo de dormir no fue posible. Cuando consiguió conciliar el sueño después de un dÃa de cansancio sonó el despertador que le llevaba al primer tren. Estuvo toda la noche dando vueltas a su decisión, y pensó que quizás habÃa sido equivocada y que deberÃa haber buscado una salida que realmente le gustase en vez de ser complaciente con su familia. Ya en la estación tenÃa decidido intentar sacar las asignaturas que mejor le conviniesen para un futuro cambio a otra carrera.
El tren se movÃa. Tomas tenÃa la matricula de derecho y la seguridad de querer dedicar un año entero a buscar algo que realmente le llenase.
Al llegar a su pueblo se dio de bruces con la realidad. Su padre, tan orgulloso como Tomas imaginaba le habÃa comprado un ordenador portátil para que pudiera realizar sus trabajos allá donde fuese. Su tÃo habÃa entrado en el programa de prácticas de la universidad de Tomas para que pudiera trabajar allà en verano. El resto de su familia le miraban admirados. Tomas sonreÃa por fuera y lloraba por dentro. Un viaje largo da para conocer gente, dormir, y tomar decisiones que no se van a poner en práctica…
¿O quizás si?
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