Eran las cuatro y cinco de la tarde, como siempre me disponía a realizar mi ritual diario de coger el tren para volver al trabajo después de comer. Nada parecía fuera de lo común, la lotería que es pillar un tren puntual en Atocha seguía su curso. El marcador del andén descontaba los minutos que faltaban para la llegada del siguiente tren premiado.
Yo como siempre estaba enfrascado en un libro prestado, tras el fallido intento de volver a leer algo de filosofía china el día anterior, había empezado la lectura de una novela de misterio que por el momento pintaba muy bien.
Entonces pasó el acontecimiento, Un tipo se paro y miró la portada del libro, el hombre de pelo canoso y gafas, de cabeza bastante gorda y cara arrugada. Nos miramos y yo le reconocí, ” no puede ser” pensé con un escalofrío recorriendo mi espalda. Pero la leyenda de su camiseta no dejaba lugar para la duda.
-SI, SOY SÁNCHEZ DRAGÓ.
Los que me conozcan sabrán que no soporto a este personaje, lo detesto de sobremanera. Solo necesito ver un minuto de su antiguo telenoticias para sacarme de mis casillas. Y ahora esta allí, a mi lado, paseándose por el andén.
Huí, Subí las escaleras de pasarela por donde la gente cambia de vía, buscando otro tren diferente que me llevara a mi destino. No podía compartir un tren con Dragó, estaba convencido de que acabaríamos teniendo una conversación tan intrascendental como violenta de cualquier tema.
Le observe desde la pasadera, mientras de cuando en cuando echaba un vistazo a los paneles de los trenes.
Caminaba de forma ostentosa y teatral un par de metros para luego girarse 180º y volver a hacer el mismo recorrido, así una y otra vez. Parecía como que quisiera que le reconocieran, pensé que debía ser una cámara oculta o un extraño ejercicio de autoestima.
Unas ancianas picaron y le dieron la mano, no necesitaba estar cerca para saber que estaban deshaciéndose en halagos sobre el personaje público. Él complacido de su fama sonreía y se mostraba cercano. Y así estuvo los cuatro minutos que el tren tardo en llegar a nuestro andén.
“mierda” maldije en voz baja, sabía que tenía que coger aquel tren para no llegar tarde a mi trabajo, ya que no pasaría otro en un vital espacio de tiempo.
Así fue como baje las escaleras y me introduje en la maquina de metal… Pero una especie de deseo de confrontación casi sadomasoquista me inundo cuando entre en el vagón. Así que antes de ponernos en marcha lo busque, tal vez el destino nos había cruzado par decirle un par de cosas.
La búsqueda no dio su fruto. Saqué la cabeza por la puerta y allí estaba, fuera del tren. Sonriendo y hablando con un admirador. nos volvimos a mirar.
Dragó no esperaba ningún tren, él no es de los que espera trenes, solo necesitaba que le reconocieran, el es de los que llevan camisetas con su nombre.
-¡que huevos, macho, vaya huevos tienes!- dije para mi, mientras se cerraban las puertas y abandonaba atocha.
