El Guggenheim rinde homenaje al autor de su sede en Nueva York, con una gran exposición en la que reúnen 200 de sus propios dibujos, maquetas históricas, mucha documentación sobre un total de 80 proyectos y rasgos de la vida en los estudios Taliesin, donde el arquitecto residía y construyó comunidades autosuficientes de enseñanza.
De todos los grandes aspectos de la vida de este arquitecto, símbolo del cambio de pensamiento arquitectónico de comienzos del siglo XX, me interesa destacar su faceta educadora. Cansado de la educación de “aula y libro de texto”, fundó la Comunidad de Taliesin en 1932, donde convivieron sus alumnos en la búsqueda de nuevas maneras de creación, tanto en la arquitectura como en la pintura, escultura, teatro o cine. La práctica de la arquitectura se conjugaba con la experiencia vital, por lo que las actividades cotidianas formaban parte del conjunto de actividades comunitarias, sin descuidar el propio trabajo de estudio donde se desarrollaban los diferentes proyectos que se encargaban al maestro. Su concepto de educación no fue más que el resultado del propio aprendizaje de Wright, quien se crió en una granja de Wisconsin y fue educado en la escuela para conseguir su mayor potencial individual; junto a esos valores, su desarrollo compositivo mediante figuras geométricas elementales se gestó también en su infancia, a través del sistema Froebel a base de sencillas piezas de madera. Esta formación y el desarrollo posterior de Wright harían de él el arquitecto de la estructura rítmica natural, un trabajador incansable y un genio de la arquitectura que llegó a proyectar muchos de los paradigmas de la arquitectura moderna tales como la Casa Edgar J. Kaufmann, (La casa de la cascada), el Templo Unitario, la Casa Jacobs o el propio Museo Guggenheim.

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