En el Museo Esteban Vicente de Segovia se puede ver una muestra con varios ejemplos de lo que ha significado los últimos diez años para la escultura española. La muestra, sin ser demasiado extensa, brinda muestras de grandes escultores nacionales, más o menor reconocidos. La escultura ha evolucionado mucho desde su aspecto más clásico hasta lo que hoy se conjuga como mezcla de performance e ingeniería. A pesar de este alejamiento de la definición propia, no deja de ser evidente que la escultura sigue manteniendo su poder en el ámbito tridimensional, estableciendo tensiones entre los objetos y su vacío. Como tal, cada obra expone su manera de relacionar ambos conceptos y su manera de interpretar la materialidad conforme al carácter de cada autor. De las 14 obras expuestas, merecen mi mención personal las Celosías de Cristina Iglesias, (como ya quedó patente en su propio post), las recreaciones estructurales en acero inoxidable de Blanca Muñoz, en un juego de equilibrios y destellos visuales que hacen estallar la forma primigenia en fragmentos armónicos; los contenedores metálicos de espacio de Susana Solano, donde las texturas adquieren un papel tan importante como su propia configuración; las curiosas formas en tela de Naia del Castillo, concretamente en su Luciernaga II; las recreaciones anatómicas de vacío y metal de Juan Navarro Baldeweg, así como las inmensas cabezas infantiles de Antonio López; o la sorprendente fuerza de la triple sombra arrojada, no se si fruto de la musealización o por decisión del autor, de los esqueletos danzantes de Javier Pérez, sin dejar de lado las obras cerámicas de Miquel Barceló, todo un ejemplo magistral de la materia, la pintura y el relieve, propia de los artistas de Altamira.

