Con motivo de la reinauguración de Caerdroia, gracias a su nueva imagen, estuve meditando sobre el post que debía abrir esta nueva etapa en la que intentaré dar un enfoque más personal a los textos. Tengo unos cuantos temas por tratar en el bolsillo, pero parece que nunca tienen un momento para salir. Por ello he decidido que la excusa era lo suficientemente buena como para rebuscar y sacar de la chistera temas olvidados. Finalmente he escogido éste, por varios motivos, principalmente por el gran recuerdo que tengo de la obra de Cristina Iglesias, dado que la primera vez que vi una exposición de su trabajo fue en el marco incomparable del Museo Serralves de Alvaro Siza, en el primer viaje que hice siendo ya estudiante de arquitectura. Adelante pues:
Cristina Iglesias ha forjado su nombre como una de las creadoras españolas más internacionales, debido a la transformación conceptual que su escultura ha supuesto en el vocabulario estético. La base de su trabajo es la relación de las piezas con el espacio, la textura geológica y el material que emplea para desarrollarlo, tales como hormigón, alabastro, resina, hierro, e incluso elementos vegetales, combinados mediante diferentes técnicas para crear una personal combinación que juega con la luz y la geometría.
Entre sus obras me gustaría destacar dos particularmente: Emergent Filters, y las puertas de la ampliación del Museo del Prado. La primera fue la obra que tuve la suerte de ver en Oporto, un conjunto de estructuras que beben de la idea de arte islámico, exactamente de la idea de celosía desde la que la visión se matiza en la siempre sugerente idea del ver sin ser visto. Esta idea es desarrollada mediante una agradable combinación geométrica que configuran espacios mediante barreras permeables, filtrando la percepción del espacio y por tanto reinventándolo según el movimiento, la luz y la interacción del propio espectador. De esta forma se crea un laberinto tamizado y angosto, recreando la sensación de lo oculto y lo prohibido, un ejemplo moderno de un jardín secreto que invita a iniciar el viaje interior por el ensueño.
La otra obra mencionada, quizás la más popular hasta la fecha, forma parte de la Ampliación del Museo del Prado. Con la creación de estas puertas sus piezas han pasado, por primera vez, de ocupar un lugar arquitectónico a configurar uno. Lamentablemente, en mi opinión, el recinto interior del que forma parte la obra de Cristina Iglesias no es el que dicha obra merece, con ausencia total de especialidad las maravillosas puertas vegetales, además de servir como salida de emergencia, dan paso a las salas de restauración, y a los desembarcos de las escaleras, a un espacio rutinario y poco acertado del proyecto de Moneo. Por suerte, desde el exterior se puede apreciar la magnitud de la obra. Dos puertas de 8,40×6 metros y 22 toneladas realizadas en bronce trabajado con cera, muestran un mundo vegetal de textura animada, a modo de jardín vertical congelado, pero a la vez vivo. Miles de enredaderas parecen trepar por la fachada del museo, convirtiéndose en una escultura exterior, que gracias a su mecanización puede adoptar cinco composiciones diferentes, formando un paisaje cambiante al observador. De nuevo el concepto de transito, de umbral o corredor reaparecen en su obra, unidos a una recreación paisajística que contrasta con el ladrillo de la fachada y con el jardín reglado que separa la ampliación del Palacio Villanueva. Tocar la obra es sin duda una grata experiencia, pues es una pieza sumamente táctil capaz de generar sensaciones no solo visuales.


