Érase una vez en un pueblecito lejano, muy lejano de estas tierras donde vivimos los duendes, dos niñas humanas Sandra y Maomé.
Sandra y Maomé eran amigas desde largos años ya, desde siempre. Desde nunca, se habían separado las dos amigas. Siempre juntas habían compartido todo, tanto los juegos de princesas, dragones y ranas, como los paseos por el campo en búsqueda de flores y hadas, los baños con las sirenas en el río de Fandir, las fechorías hechas y rehechas al señor Fermín, o las increíbles historias del abuelo Andrés sobre la magia de los arboles, sobre duendes y gnomos. Siempre las estrellas se habían reflejado en sus grandes ojos de carbón, y así juntas habían compartido multitud de aventuras maravillosas.
Cuando Sandra cayó enferma una noche de invierno, y las estrellas dejaron paso a la niebla en los ojos de la pequeña Sandra, Maomé sintió que tendría que ayudarla. Tras haber pensado qué hacer durante días enteros, la niña decidió emprender un largo viaje junto a su amiga. Un viaje en búsqueda de las estrellas perdidas, para que así se recuperara. Y así lo hicieron, pues Sandra siempre había confiado en Maomé.
Con lo que llevaban puesto empezaron a caminar rumbo al noreste, hacia el bosque de los gigantes. Estuvieron todo el día andando cogiditas de la mano mientras Maomé contaba y volvía a contar los cuentos maravillosos del abuelo Andrés. Mientras la sombra ganaba terreno las dos amigas sintieron como el aire helado penetraba cada vez con mas violencia en sus pieles finas. Y el silencio se instaló entre las dos niñas, ya no muy seguras de este viaje.
Temblando, Maomé miro los pies descalzos, heridos por el frío, los suyos y los de su amiga. El color morado destacaba con el color purpúreo que salía de las grietas. Una lágrima saltó de sus grandes ojos cayendo en sus piececitos como para calentarlos un tanto. La lágrima fue arrastrando tras ella la tierra pegada en su piel. Maomé que pensaba no sentirles ya, sintió como la lágrima escocia hasta los huesos, la sintio como si fuera una cuchilla. Mientras se deslizaba otra lágrima salada en sus labios pálidos una sonrisa apareció, la queja de sus pies atestaban de su presencia. Miró a su amiga Sandra, que llevaba largo tiempo sin hablar, su cara color ceniza arrastraba una mirada sin fondo por la tierra del camino. Maomé sintió como aquello la entristecía, y como la tristeza se convertía en dolor.
Ya sin fuerzas las dos niñas se sentaron. El sol, cansado de tanto andar en el frío invernal, se acostaba ya tras las nubes grises.
En las profundidades de aquel bosque inmenso los troncos de los arboles eran tan grandes que ni tres hombres en cadena podrían abrazarles. Según el abuelo Andrés era allí, en aquellos troncos en las entrañas del bosque, donde los seres vivos del bosque vivían, tanto los pájaros como los zorros, los conejitos, o los duendes.
En la niebla espesa que ya recubría las raíces de los arboles, Maomé distinguió de pronto un esplendor… un esplendor intenso a ras del suelo que bailaba al ritmo de la brisa. Se quedó boquiabierta, dejando escapar su aliento que formó al instante una nubecita frente a ella. Un copito de nieve vino a pasar a través de la nube templada. A pesar de su gran cansancio, de las quejas de su cuerpo, sin saber como, la pequeña Maomé se levantó y empezó a andar hacia la luz llevándose de la mano a su amiga.
“estoy cansada y tengo mucho frío” dijo Sandra con una vocecita débil, “volvamos a casa”.
Pero Maomé no la hizo caso, en la brisa del anochecer parecía moverse una melodía suave y dulce, un murmullo como una nana silenciosa. Los árboles del bosque cantaban. A cada paso dado hacia aquel esplendor, la nana parecía ganar en substancia. La canción tomaba forma. Las notas empezaron a oirse cada vez mas nítidamente, la brisa que la transportaba rozaba la piel de la niña en unas caricias maternas. Entonces, como un bebe que se deja llevar por el ritmo de su cunita, Maomé empezó a menearse sin darse cuenta. Asi fue avanzando poco a poco la pequeña Maomé, hacia la luz que tanto la atraía. Y a Sandra no la quedó más remedio que seguirla a las profundidades de aquel bosque.
Cuando llegó por fin hasta ella, el sol había dejado su trono a la luna. Las estrellas, colgadas de las infinitas ramas de los árboles, sonreían ya. Los copos de nieve seguían deslizándose por el aire como si fueran plumas diminutas, arropando así la tierra de un manto pálido. La niebla se desvanecía dejando paso a una luz hermosa. Sobre la nieve una gran luz reflejaba toda su esplendor, dejando así la ilusión de estar rodeada de innumerables diamantes.
“Que será?” murmuro Maomé
“Es una estrella!” saltó bruscamente una vocecita, sobresaltándola. “Perdona”, dijo la voz. “No quería asustarte”.
Maomé le miro con gran asombro. Era un hombrecillo, diminuto y delgado. Sus orejas terminando en punta hacia el cielo oscuro, su piel pálida y delicada, sus ojos verdes respingones y sus pestañas igual a las de un caballo hicieron pensar a Maomé que podía ser un duende silvestre. El abuelo Andrés, las había contado muchos cuentos sobre aquellas criaturas de los bosques. El duende las miraba con ojos risueños, las manos en los bolsillos, meneandose sobre sus pies como para calentarse un tanto.
“Me llamo Asfasio. ¡Pero no os quedéis ahí, con los pies en la nieve, hace mucho frío, entrad!”. Diciendo esto, señaló la entrada de su vivienda – tronco. Una vivienda peculiar. Desde fuera, una nubecita se escapaba de una abertura que aparecia a la altura de las primeras ramas del árbol, una nubecita y un olor a comida que prometían a sus huéspedes una acogida especialmente agradable.
Asfasio se impacientaba, se meneaba cada vez mas aprisa y cada vez subía mas arriba sus piernecitas como si quisiera tocarse las rodillas con la punta de su nariz, arrancándole así a Maomé una carcajada.
Maomé fingió aceptar su invitación, y entonces sin esperar más, Asfasio se metió a toda prisa al calorcito del tronco. Tiritando, Sandra siguió el paso del duende.
A Maomé la costo mucho desprender su mirada de aquella perla blanca, cuando de pronto el árbol que acogía al duendecillo y ahora a Sandra también empezó a cantar.

Su voz era mas fuerte aun que las voces anteriores, parecía dividirse en una muchedumbre de voces silvestres como si todo el bosque expresara ahí una dulce melancolía a través de un solo ser. Maomé se giro y miro hacia él, desconcertada. Cuando de repente sintió como un cosquilleo bajo sus pies helados, se dio cuenta que el árbol cobraba cada vez mas vida. La nieve empezó a moverse cuando las raíces empezaron a deslizarse en ella igual a innumerables serpientes. El miedo rompió el hechizo de la canción que seguía creciendo cada vez mas, y Maomé no se atrevió a dar un paso mas. Alzo la mirada hacia el cielo estrellado, el árbol que unos instantes antes parecía acogedor a los ojos de la niña tomaba ahora la apariencia de un terrible ser. Inmenso y diez veces mas grueso que sus cercanos se movía ahora con furor. El tronco y las ramas antes plácidas se agitaban nerviosamente sacudiendo así las estrellas que colgaban de ellas y dejando caer la nieve de donde anteriormente había podido tomar refugio.
Maomé le miraba aterrorizada e inmóvil, cuando de pronto salio Asfasio, el duende, a toda prisa.
“Despréndete de tu espanto niña, y corre para dentro!” gritó con toda su fuerza Asfasio para que se le oyese por encima del estruendo de voces ahora completamente caóticas.
Entonces, Maomé cogió la manita tendida del duende y echó a correr hacia el interior, en la vivienda-tronco. La entrada se cerró sobre ellos justo a tiempo. Cuando ya estuvieron a dentro a salvo de pronto se oyeron unos ruidos aterradores, como de apedrear el árbol y sus alrededores. El tormento dejó sitio a una tranquilidad asombrosa, igual que el llanto de un bebe deja sitio al la tranquilidad de un sueño tranquilo y profundo. El duende y Maomé se miraron preocupados. Asfasio se empinó hacia la pared, y la pared dejó sitio a una abertura pequeña hacia el exterior. Cuando Maomé se acercó sus ojos no pudieron creer la vista que se les ofrecía. Ya no se podía distinguir la gran luz antes reluciente en el suelo. Ahora una muchedumbre de ellas yacían ahí formando allí un día nocturno. Con gran asombro una palabra pareció escaparse de los labios de la pequeña Maomé.
“Estrellas…”
“Si efectivamente, mas y mas estrellas” suspiró desesperado el duende.
Cuando por fin sus ojos decidieron desprenderse de aquel tesoro, Maomé descubrió su alrededor. Las paredes gruesas del viejo árbol daban cobijo en una única sala redonda y bastante espaciosa para albergar un duende tan diminuto y delgado. El interior de la vivienda-tronco parecía desde sus adentros mucho mas espacioso que lo que se habría podido imaginar estando fuera… prestando atención, Maomé se dio cuenta de que las paredes se movían en un ritmo regular, fingiendo así la respiración de un gigante. A cada movimiento un airecillo levantaba la melena de la niña, y despertaba unas cosquillas suaves y agradables. Sintió tranquilidad. Asfasio, se movía por su casa , silenciosamente con aire pensativo. Un hueco en el tronco prestaba cobijo a Sandra ya acurrucadita y dormidita. A Maomé le pareció que de pronto se le había olvidado a Asfasio la presencia de sus invitadas. Pero casi como en reacción a este pensamiento el duende sacó del fuego, única fuente de calor y de luz de este hogar, un puchero y al instante dos cucharas pequeñas. El duendecillo poso el puchero humeante con dificultad en el suelo de tierra y se sentó al lado de rodillas.
“Toma una cuchara para ti, ¿o prefieres dejarte caer en las profundidades de los sueños sin comer como Sandra? ” le dijo con voz dulce a la niña.
Maomé se aproximo tímidamente y tomó sitio al igual que su nuevo amigo. La cuchara era tan pequeña que la costó cogerla sin dejarla caer al suelo, sin embrago el puchero era casi tan alto y ancho como tres duendes abrazados. El olor tan suculento que desprendía despertó de pronto el hambre de Maomé. Llevaba todo el día sin comer. Estuvieron buen rato comiendo, charlando y contándose cuentos hasta que se acabo el alimento.
Cuando por fin el duende fue a levantarse, una luz fugaz igual a las que yacían en el exterior atrajo la mirada de la niña. Maomé se dio cuenta de que Asfasio llevaba una estrella en la bolsita.
“Estoy buscando estrellas Asfasio, quiero curar a mi amiga Sandra”. “Me podrías hablar de ellas, y del árbol que las lleva?”.
La expresión de Asfasio cambio de la sonrisa a la seriedad. Unos pliegues en la piel se dejaron deslizar revelando asi una vida larga y llena de preocupaciones. Sin decir nada se levantó y avanzó hacia el otro extremo de la gran sala. Un bulto inmenso destacaba. Estaba cubierto por una enorme sábana. Asfasio agarró una esquina con sus manos pequeñas, y mirando hacia la niña descubrió lo que tenia escondido. De allí surgió una luz que de lo intensa que era en contraste con el fuego de la vivienda hizo girar la mirada de Maomé. Allí estaban acumuladas las unas encima de las otras centenares de carretillas de madera todas repletas de estrellas.
“Sabes Maomé , yo, soy el encargado en recoger las estrellas que caen del gigante, yo soy el guardián de las estrellas caídas, y el que las distribuye”. Dijo muy suavemente el duende, como si estuviese contándole un gran secreto a la niña.
“Entonces tu puedes salvar a Sandra, tu puedes darle una estrella!” dijo con voz suplicante Maomé.
“No”.
A pesar de la distancia que les separaba ahora, Maomé se sorprendió de oírle tan nítidamente, tan cercano. Mientras el duende seguía contando, la niña sintió que el sueño se apoderaba de ella, la voz fue acercándose más y más, y cada vez parecía acercarse más a Maomé. Ella ya tan solo oía murmullos ininteligibles. Murmullos en la lengua silvestre, la de los árboles. Maomé ya no distinguía ni lo dicho, ni quien estaba murmurando así. Lo que formaba su alrededor, todo, las luces, estrellas, los olores de alimento, el calor del fuego, la tierra a sus pies, los arboles, el árbol, el duende Asfasio, todo… Parecía difuminarse en una única cosa. Tanto se acercó que suavemente, como una caricia la voz se introdujo en su mente, hasta parecer ser la voz de su mismísima mente. Una sensación un tanto desconcertante se introdujo en ella, una sensación de vacío, y de lleno, de no ser nada y a la vez de serlo todo. Sintió el frío de la nieve, el calor del hogar, sintió el sudor de la madera sobre su piel,… Sintió la esperanza, la desesperanza… Todo junto a la vez, pero todo parecía claro. Y lo que parecía inentendible unos instantes antes, pareció entonces tomar forma. De pronto una idea se hizo en su mente:
” Las estrellas pertenecen a los que las buscan”.
Unas voces familiares fueron las que despertaron a las pequeñas humanas cuando el sol despertaba en el horizonte. Habían dormido toda la noche en el tronco del gigante.
“Que alivio veros sanas y salvas niñas…” se oyó decir a una voz dulce y aguda. “Menos mal que encontrásteis un huequecito en este viejo árbol al resguardo del frío y de la nieve”.
Cuando Maomé fue a salir del tronco, vio que Sandra ya estaba en los brazos de su mamá y de su papá, arropadita con una gran manta, diez veces mas grande que ella. Los padres de Maomé también estaban allí.
“Que hacéis las dos en este bosque?”. El tono duro de las palabras de su padre mostraban consonancia con sus ojos llorosos, llenos de alivio y alegria. Maomé se dejó poner el abrigo que le había traído su madre, y cogió la mano que le tendía su padre.
La pequeña Maomé le tiro suavemente del brazo y dijo:
“Queria curar a Sandra, hemos venido a por estrellas, pero hemos fracasado”. Diciendo esto, una lágrima resbalo en su mejilla.
Su padre la miraba y parecía intentar comprender a su hija. Entonces, los ojos llenos de diamantes Maomé empezó a contar la aventura que habían vivido las dos amigas en las profundidades del bosque, el encuentro con los gigantes, el encuentro con un nuevo amigo, la noche en la vivienda-tronco, y sobre todo la enigma de las estrellas caídas. Contó largo tiempo la pequeña Maomé, pero no logró compartir aquella multitud de aventuras maravillosas. Ni siquiera Sandra parecía entender lo que estaba contando. Las estrellas no se reflejaban en ninguno de aquellos grandes ojos de carbón.
Desconcertada, cuando ya emprendieron la marcha para regresar al pueblo, Maomé se dio la vuelta. Allí seguía el árbol-vivienda tan majestuoso, las estrellas colgadas de las ramas o caídas aunque menos relucientes que en la noche anterior por el brillo del sol; allí estaba Asfasio, el duende guardián de las estrellas caídas llenando de nuevo otra carretilla de madera. Pero, nadie parecía verlos.
Entonces el duende se puso recto un momento para decir adiós a Maomé.
El viejo duende Asfasio la guiñó un ojo, y una sonrisa creció en sus labios arrugados. Una mano fue a caer en su bolsita. Y sin dejar de mirar a su amiga la dió la vuelta. Estaba vacía. Maomé sintió como su corazón se apretaba en su pecho. Con emoción, y despacito como para no asustar a un pajarillo anidando, metió la mano en su bolsillo. Una esfera completamente redonda había tomado cobijo en su bolsillo.