Eeeerase una vez… en un mundo de cuento un vasto país de cuento. Sus habitantes eran tan humanos como los humanos de los mundos que no son de cuento, y tan sólo tenían una peculiaridad que los diferenciaba: sus hijos e hijas eran exactamente iguales que sus progenitores, una copia de ambos, como si sus rasgos se hubiesen fusionado. El color del pelo, el tamaño de la nariz, las pequitas de los hombros… Todo era exactamente igual, y en el mismo sitio, más joven o más viejo.
Esta similitud a veces podía traer algún que otro problema si según crecía el hijo de alguna feliz pareja éste no tenía la característica mezcla de rasgos de su padre, sino que en él sólo se podían ver los rasgos de su madre jugueteando con los de un vecino, con los de aquel amigo cercano o con los de un anónimo padre. Si esto pasaba así, las estrictas normas que el rey había impuesto en aquel país de cuento se ponían en práctica, y tanto la madre con su hijo como el padre real de la criatura eran expulsados del país.
A pesar de estos pequeños percances que sucedían más a menudo de lo que el rey deseaba todo marchaba bien, como sucede en los cuentos. Pero el tiempo pasa inexorable, y un día el rey se percató de que el país que los renegados habían formado en las tierras que colindaban con su país de cuento era aún más grande y próspero que el suyo. Allí no importaba que los descendientes no tuviesen los rasgos familiares. Es más, debido a la mezcla de decenios, ya los hijos no portaban rasgos familiares exactos; tan sólo una vaga aproximación.
“Son una sociedad decadente”, pensaban los reyes que se iban sucediendo uno tras otro en un país de cuento se quedaba sin mujeres.
Y por fin lo peor sucedió. Habían pasado casi quinientos años desde que se instauró la ley que permitía exiliar a aquellas mujeres infieles con los hombres y los productos de la infidelidad, y el rey Enil III firmó por última vez una orden de exilio; habían expulsado a la última mujer plebeya del reino. La corte se convirtió en un sinfín de maridos engañados, jóvenes y viejos, sin ningún niño o niña que diese algo de vida a las calles ahora silenciosas y tristes del país de cuento, pues todas las madres exiliadas se habían llevado a sus pequeños. Los únicos ojos femeninos que contemplaron la decadencia fueron los de la reina, Neria, que aún no había conseguido darle descendencia a Enil III.
Los ojos de deseo comenzaron a abrirse muy muy grandes en los hombres, y la mayoría de ellos, desesperados, se marcharon al vecino país de los exiliados a intentar recuperar a sus mujeres y volver a la tranquilidad de su anterior vida olvidando el pasado.
Pese a todo a los ojos del rey todo seguía marchando bien en su país de cuento de mil hombres y una sola mujer, ya que por fin se había anunciado la buena nueva de que la reina daría a luz un heredero que daría un nuevo rumbo al demacrado país. Todos fueron pasto de las fiestas y alegres sucesos de los que el rey plagaba cada uno de los rincones del país para contagiar a sus vástagos de su alegría; y lo consiguió. Así los ciudadanos olvidaron durante años que vivían en un país acabado y la vida volvió a ser dichosa, como en todos los cuentos.
El retoño del rey vio la luz un luminoso día de primavera, justo cuando se cumplían quinientos años de la instauración de la ley del engaño. Creció bajo la atenta mirada de su padre, que vio con horror como según pasaban los años el príncipe no desarrollaba sus reales rasgos, sino que se perfilaba como un apuesto joven de tez rubicunda, muy lejos de la piel oscura y cubierta de pequeñas pecas claras del rey. Nada dijo a su corte hasta que el príncipe cumplió los diez años. En ese día el rey mandó encerrar a la reina, que proclamaba a gritos su inocencia, y se sentó en su trono durante tres largos días abrazando a su hijo, que lo miraba confundido sin saber que pasaba a su alrededor. Cuando terminó su reflexión mandó a su guardia que trajesen a todos y cada uno de los hombre del país ante él. Durante una semana desfilaron todos mostrándole sus caras, que el rey comparaba con los rasgos desconocidos del pequeño príncipe, el cual seguía los hechos ajeno y divertido. Mas pasó el último y ninguno compartía los rasgos de su esposa.
“Habrá huido al país de los infieles”, se dijo amargamente. “La ley se ha de cumplir”. Mandó liberar a la reina y, en silencio, la tendió la carta de exilio, con el corazón anegado de una tristeza líquida. Ella le miró primero con pena y luego con odio; cogió la mano del príncipe, que continuaba sin comprender nada de lo que sucedía y comenzó a andar hacia la salida del palacio. Antes de cruzar las inmensas puertas dobles por las que se filtraba a raudales la luz blanca del sol, se volvió y, mirando a su esposo a los ojos, escupió con furia sus últimas palabras:
-¡Mentiroso rey! ¡Mentiroso todopoderoso rey! Tu país se muere y le has dado el último golpe. Te has quedado ciego, ya no mereces nada. ¡Gobierna solo si así lo deseas tu país de mentiras!
El rey nada dijo. La contempló en su marcha paladeando un sabor amargo y mandó reunir en la plaza que se alzaba ante el palacio a los hombres que aún quedaban en el país. Les miró y, alzando la voz en un tono solemne, entonó el epitafios de su país de cuento.
-Volved con vuestras familias. ¡Recuperad a vuestras mujeres! Este país se ha terminado. Aquí ya no queda nada que hacer…
Se sentó en el trono y escuchó la última algarabía que poblaba las calles del país. Cuando todos los hombres abandonaron su viejo y fracasado hogar, el cansado rey Enil III cerró los ojos y se dispuso a enfrentarse a la maldición del olvido.
En su país el cuento se había acabado.
El desterrado príncipe creció como Arkus. La reina Neria fue acogida con honores en el país de exiliados, y pronto supo hacerse un lugar en la política del joven país, olvidando la traición de su marido. Cuando Arkus cumplió los diecisiete años se atrevió a hacer a su madre la pregunta que siempre se había guardado:
-Madre… ¿me contarás que pasó aquel día? ¿Por qué padre nos echó del reino? ¿Por qué murió con él?
-¿Quieres saberlo? -le miró con dulzura y se dispuso para rememorar los años que su mente había desterrado. Sabía que algún día llegaría ese momento. Arkus era un joven avispado y nada se le podía ocultar-. Verás…
Comenzó a relatar la historia de un país tan homogéneo y estricto que se había destruido solo. Durante siete años había olvidado el pasado, y en siete largos minutos volvió a rememorarla ante su hijo, que escuchaba atento, con un mosaico de expresiones cubriéndole la cara por momentos. Arkus, el joven príncipe, comprendió aquello que la inocencia de su niñez le ocultó. Besó a su madre en la frente cuando ella terminó la narración y la susurró al oído un “lo siento” apenas audible.
-Pero algo has de tener en cuenta, mi niño -le abrazó fuerte y luego le miró solemne-. Tú naciste como el hijo del cambio, pues puedo jurar como hice ante tu padre que nunca le engañé,. Tú eres el legítimo hijo del rey, al que la naturaleza dotó de un rostro único para hacer entrar en razón a un país a punto de extinguirse. Tan sólo que tu padre no supo entender su mensaje. Nunca le engañé, al igual que nunca te engañaré a ti…
Arkus se marchó sólo a pasear por el bullicioso reino forjado de la nada. Vio cómo la equidad de un mundo diverso había formado la más prospera comunidad en la que la confianza primaba ante el físico de la hueste familiar. Nadie engañaba a nadie porque nadie se sentía engañado. Cuando retornó al caserón que el país había otorgado a su madre, anochecía sobre las intrincadas calles y una decisión se había formado en su cabeza: iría a ver a su padre, se disculparía pues nunca le dijo adiós. Había leído en los viejos libros de los Antiguos que si alguien cae en el olvido con pena en su corazón, éste nunca alcanzará el descanso hasta que de nuevo se le recuerde y se le libere de su carga. Había meditado y estaba dispuesto a perdonarle. Quería que descansase por siempre.
A la mañana siguiente preparó una gran mochila cargada de alimentos para varios días, preparó el mejor de los corceles de los que disponían y le dijo a su madre con una gran sonrisa en la cara:
-Madre, he de hacer algo. Volveré pronto y más ligero e igual haré que te sientas, pues voy a liberar a padre de su tormento.
Y sin mirar atrás emprendió el camino que le separaba de las ruinas del que iba a ser su reino, el país de cuento de su padre. Llegó iluminado por la luna menguante del tercer día de Junio; vio ante él un mar de muros derruidos y de calles en silencio cubiertas del polvo del olvido. Las hiedras y madreselvas se habían apoderado del país, formando un manto de abandono en el que había vuelto a nacer la vida. Se sentó en una de las piedras que formaron en el pasado la alta muralla de la capital del país y contempló como la torres del palacio, aún en pie, recortaban la silueta de la luna y proyectaban un halo de negrura sobre los callados edificios colindantes. Los búhos ululaban a su alrededor; su antiguo país se había poblado de un nuevo sequito, el que la naturaleza había elegido, el de los animales multicolores y plantas inverosímiles. Se sintió feliz porque vio que el reino que formó su padre no había sido abandonado. Tan sólo se había reciclado.
En silencio ató su montura a uno de los árboles que crecían salvajes fuera de la borrosa planta de la ciudad y caminó procurando no despertar a las familias de liebres, gatos silvestres, estorninos y caballos salvajes que entre otras esperaban al día como él hacía hace diecisiete años. Llegó a las puertas del palacio; eran las únicas que aún permanecían cerradas, y aunque Arkus afinó el oído no consiguió escuchar ninguna respiración queda en su interior, como si había apreciado en el resto de las casas con las que se había cruzado en su camino. Abrió un resquicio entre las dos pesadas hojas que le permitió colarse en el interior. El tiempo allí dentro parecía detenido, casi inexistente. La atmósfera oscura pesaba como el plomo, y empezó a sentirse mareado. Comenzó a abrir instintivamente todas las ventanas que ocultaban el interior del castillo a la luz lunar, dotando al lóbrego interior de un aspecto más sosegado. Se paseó por todos los rincones del palacio, que aún recordaba a la perfección, abriendo todas y cada una de las ventanas que se encontró a su paso. Cuando terminó el primer rayo de sol le acarició el rostro. Despuntaba el alba, y pudo ver como a sus pies el país se animaba como nunca lo había visto. Cientos de ruidos se entremezclaron para saludar al nuevo día: el kikirikí de un gallo salvaje, el maullido silencioso de los gatos silvestres en pos del primer bocado del día, el piar y ulular de los cantos entremezclados de cientos de aves, los lejanos relinchos de su fiel montura saludando a su congéneres como buen extranjero… Nada estaba muerto como le había dicho su madre, en absoluto.
Tan sólo restaba una sala por visitar en el palacio, la única sala sin ventanas: el gran salón del trono. Con pasos pequeños se acercó a las puertas de plata abiertas de par en par. Un intrincado diseño en la piedras del muro exterior hacía que los tempranos rayos del sol trazasen azarosos diseños sobre el ornado trono de oro y piedra de su padre Enil III, el último rey. Y allí le esperaba él. Arkus contempló la estatua de piedra que descansaba en el trono aguardando al final de los tiempos, y comprendió. Su padre había caído presa del mal de su reino. La maldición se había desatado. Como le había dicho su corazón, no había sido capaz de hallar el descanso, y nunca lo haría si no hallaba el perdón. De golpe halló la solución para la salvación del alma de su padre. No era su perdón el que necesitaba oír, sino el de su madre, la reina. Fueron sus últimas palabras las que le ataron en piedra y espíritu a su reino fracasado, y serían sus palabras las que le darían una nueva vida de paz. Se sintió ahora príncipe; con el alma liberada del peso que le atenazaba, regresó raudo al reino de los exiliados a anunciar las buenas nuevas a su madre.
La antigua reina acogió el exaltado relato de su hijo con tristeza. Y no supo que decir a la pregunta que su hijo le repetía sin cesar: “¿Irás a darle el descanso, madre, irás?”. Necesitaba meditar. En el día de su regreso el príncipe no quiso dejar a su madre sin recibir la respuesta que esperaba oír, pero solo obtuvo la más oculta duda de su madre:
-No se si puedo perdonarle, hijo, no se si puedo…
Arkus no cesó; su petición se convirtió en una cantinela ansiosa que no podía dejar de repetir ante la presencia de su madre. Y ésta pronto vio que crecer sin un padre le había forjado un sentimiento de clemencia hacia él infinito. Arkus nada deseaba más que una respuesta. Neria comprendió que si no accedía a sus ruegos tal vez serían dos los hombres de su vida a lo que condenaría, pues cada vez que Arkus recibía una negativa su alma se caía bajo el peso de la expresión de tristeza que su hijo componía ensuciando sus limpios rasgos. Por eso su siguiente respuesta a la eterna letanía fue:
-Iré, hijo mío. Prepara dos caballos. Iré.
Arkus nunca se sintió más excitado. Preparó todo lo necesario y en apenas un día partieron en dos caballos blancos como la luna en busca del reino de cuento de años atrás. El apogeo del día les mostró el punto álgido de la actividad de los nuevos habitantes del antiguo país. Neria alzó los ojos asombrada. Desde cada una de las casas en ruinas podía escuchar el trino complejo de un ave, en cada uno de los comercios que antes conoció sentía el calor de una familia de oseznos, en las grandes y ahora descuidadas plazas por las que antaño paseara agarrada de la mano de su olvidado marido podía ver el descuidado trotar de las crías, aquí y allá. Inspiró el aire puro y perfumado que la ciudad exhalaba y, volviéndose a su hijo, le dijo en voz alta:
-Este cambio se inició contigo, hijo mío, pues tú fuiste el primer hijo de la naturaleza: contigo ella nos quiso enseñar que la vida no se puede controlar -se bajó del caballo y sin esperar a su hijo comenzó a caminar por la más amplia de las avenidas de la ciudad-. Vamos.
Arkus se apresuró a desmontar, se aseguró que los dos níveos caballos les aguardasen a las puertas de la ciudad y corrió tras los pasos de su madre, que caminaba lenta pero firme, admirando las nuevas construcciones que mostraba la ciudad, talladas año a año por la primavera. Cuando la consiguió alcanzar ya había llegado a las puertas cerradas del palacio. La reina las acariciaba rememorando.
-Aquí nací, y aquí naciste. Este fue nuestro hogar…
El príncipe sonrió y empujó las puertas para que su madre pudiese pasar al interior; los ventanales que abriera Arkus en su primera visita aún inundaban de luz el frío palacio de piedra, y al contrario que antes, también la vida había logrado colonizar el antes oscuro recinto. Pudo ver los restos inequívocos de juegos infantiles de gatos silvestres, y varios de los lazos verdes de las hiedras comenzaban a abrazar los raídos tapices que poblaban las paredes. En algunos rincones de los elevados techos se podían ver ruidosos nidos de golondrinas. El silencio del abandono se había roto.
Neria caminó directamente hacia la sala del trono. Cuando llegó se paró a la puerta sin entrar. Contempló la figura congelada de su marido, exactamente igual que cuando, siete años atrás, le había dicho su último adiós callado, doloroso. Arkus la miró, pero no acertó a decir nada. Su madre le acarició sin separar el abrazo de sus ojos y la estatua de su marido perdido y le susurró:
-Necesito estar sola. Espérame con las monturas, a la noche iré a tu encuentro.
Hizo como le pedía, y se marchó lentamente, intentando que sus pasos no resonasen y rompiesen el embrujo del momento. Cuando la reina dejó de oír el eco del caminar de su hijo, paso a paso se acercó a la estatua muda que esperaba sentada en el trono. Buscó y rebuscó en su interior las palabras de clemencia que debía entregarle, pero el recuerdo del pasado le privaba de ellas. Permaneció ante la figura inmóvil durante horas, intentando convencerse de que era capaz de olvidar su indiferencia, pero no pudo, no pudo hacerlo. Al anochecer una lágrima se derramó por la mejilla de la reina; una única lágrima que le confirmaba que nunca podría olvidarlo, que no podía perdonarlo. Cuando la lágrima cayó de su rostro al suelo de piedra, la reina se volvió y caminó en pos de su hijo. La noche poco a poco fue desdibujando los contornos de la estatua, cubriéndola de sombras que ponto la confundieron con el resto de la sala.
Cuando Arkus vio llegar a su madre de la postrera confesión, creyó leer un descanso en su rostro triste. Se alegró y la recibió con un abrazo fuerte, largo. Ella se dejó apretar en silencio.
-Volvamos, hijo mío.
El príncipe no preguntó. Volvió a ensillar los dos caballos y partieron aprovechando las últimas horas del día. Cuando llegaron a su casa en el reino de los renegados Neira se encerró en sus aposentos diciendo:
-Arkus, tengo que descansar. Ocúpate tú de los asuntos que necesiten atención. Ya eres mayor, has crecido. Tiene edad para tomar las riendas de nuestra vida. Yo necesito descansar, descansar…
Durante días su madre no salió más que para alimentarse junto a su hijo en comidas calladas y llenas de miradas, pero poco a poco el bullicio y la nueva vida que la inundaba desde que llegara a ese nuevo país la volvió a inundar, y la alegría retornó a sus carrillos, a su semblante. Arkus se alegró enormemente de la vuelta a la normalidad, y se propuso desvelar el enigma cuya respuesta le venía corroyendo desde que regresara con su madre del antiguo país de cuento de su padre. Preparó nuevamente su montura y partió una vez más hacia el este.
Cuando llegó a las ruinas renovadas por la primavera corrió haciendo caso omiso a la belleza de todo aquello que le rodeaba hacia las puertas del castillo. Sin dilación, caminando ahora para no romper el perenne hechizo de calma que reinaba en el interior de los muros grises teñidos de luz, sólo roto por algún trino apagado de las aves que habían tomado las esquinas de las enormes habitaciones como hogar para ellas y su progenie, se dirigió hacia la sala del trono. Cuando llegó no pudo evitar un gemido ahogado.
El rayo de sol que iluminaba el trono ya no danzaba sobre la figura inmóvil de su padre, sino que lo hacía sobre un montón de ceniza gris que se derramaba con el soplo de las ráfagas de viento que cruzaban los corredores del castillo. El rey Enil había abandonado su eterno puesto como vigía del floreciente reino olvidado. Ya no estaba su semblante triste pero sereno. Se había desvanecido.
-Padre, ¿has alcanzado ya el perdón que necesitabas? Descansa allá donde estés. He conseguido que puedas lograr el reposo. Madre ahora reposará liviana; yo también lo haré sabiendo que ningún pesar con aprieta por dentro. Ahora me siento feliz.
Y dicho esto volvió a las afueras de las ruinas, desató a su montura y, con una mirada y una sonrisa en la cara, se despidió de su antigua patria. Se hizo una promesa: jamás volvería al país de cuento de su padre. Nada quedaba ya por hacer allí, todo se había cumplido. Se marchaba con el corazón henchido por haber ayudado a su padre como no pudo hacer en vida, se sentía como el pecador que acaba de lavar su alma expiando sus pecados. Azuzó las riendas y, con un sonoro relincho, el caballo partió raudo hacia su nuevo hogar.
Todo transcurrió satisfactoriamente en la vida de Arkus y Neira desde aquel episodio de recuerdos. Neira se sintió verdaderamente liberada del peso que había llevado su hijo desde que su marido le hubiese señalado con el dedo del castigo. Comenzó a olvidar, necesitaba olvidar. Y Arkus sintió como su madre disfrutaba feliz del tiempo en el país de los renegados. La vida se tornó próspera, y como sucede en los cuentos, el país de los renegados se convirtió para ellos dos en algo tan mágico como el viejo país de cuento que el augusto rey Enil III había creado para ellos.
La reina nunca tuvo necesidad de contarle la verdad a su hijo, ¿para qué? La felicidad les visitaba; era una mentira necesaria. Tal vez hubiese condenado por siempre a su marido al negarle el perdón, pero había encontrado un paraíso: el que la imaginación de Arkus había imaginado para él.
-Si, tal vez sea así -se repetía para sí misma-. Tal vez si haya encontrado la salvación…
Fin.