Dormir, siempre dormir

Escrito por Dr. SeROne
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Otra noche más se despertó en la cama, cubierto de sudor, respirando pesadamente como si en los jadeos se le fuese la vida. No sabía por qué, pero cada noche tenía miedo…

Era un miedo irracional, un miedo que no conducía a ningún sitio. Era un miedo que no tenía razón ni motivo.

Era un miedo a nada y lo era a todo…

Se palpó todo el rostro, sin dejar un centímetro. Había sentido que la piel de su cara se desvanecía en un segundo, y con ella su alma pues siempre le dijeron: “Tu cara te refleja entero…” Rozó la punta de la nariz con sus yemas, y luego siguió en contorno de sus cejas hasta que, presionando suavemente, se dio un masaje en las sienes.

Se levantó por fin . Las sábanas yacían blanquísimas bajo el, ajenas. Cogió un paño de su mesita de noche y se secó el sudor frío de la cara. Encendiendo la luz, se miró instintivamente en el espejo que tenía ante él, a los pues de su cama, y lo que viole asustó aún más, mucho más.

Vio un hombre cansado, un hombre con demasiado peso sobre su espalda, vio un hombre vencido. Se volvió a palpar el rostro, pero nada había cambiado; allí tan sólo había un hombre sobrepasado por lo que le rodeaba, un hombre cuya vida le había dejado atrás. Si, ante él vio un hombre con miedo…

Y no pudo evitarlo, tuvo más miedo aún.

Tuvo miedo a que en el mañana todo continuase igual, a que la pesadilla no se desvaneciese. Tuvo miedo de verse otra vez en el espejo a la luz del sol y que nada hubiese cambiado.

El sol… la luz del sol… Cómo añoraba la luz del sol. Le parecía que nunca llegaría el día, cada minuto parecía hecho de plomo por la noche; en ese momento pensaba que nunca vería la luz del sol…

Le tranquilizaba el paso de las nubes; el azul, el blanco, el gris… Los colores del cielo eran su mejor paleta, con los que cada noche pintaba sus sueños, aquellos que de veras deseaba tener. Pero siempre cometía el mismo fallo.

Pintaba con miedo.

Pintaba sabiendo que la oscuridad le traería otra vez más esas pesadillas malditas, que se vería morir una y mil veces, que nada tendría sentido, que nunca descansaría…

Ese era su problema: nunca terminaba de pintar porque sus sueños nunca tendrían final. Y eso le asustaba, eso le asustaba más que nada.

Se volvió a acostar tras apagar la luz. La oscuridad volvió a devorar todas las figuras a su alrededor, sumiéndole en una nada inmensa. Cerró los ojos y esperó.

Esperó, esperó, esperó… Esperó porque tenía miedo al mañana, porque después de la luz del sol volvería otra noche, una nueva noche. No podía dormirse porque tenía miedo a que la noche acabase; el sol llegaría y la abrazaría con su luz, pero entonces todo empezaría de nuevo.

Esa noche las pesadillas habían terminado, no volverían, pero eso tenía miedo a dormirse de nuevo…

Se puso a pensar con los ojos cerrados: ¿Qué pasaría si el sol ya nunca llegara? ¿Cuál sría mejor vida: una vida sin pesadillas o una sin luz? ¿Por qué el sol se tiene que marchar…?

La fatiga comenzaba a hacer mella en él. Ahora dormiría. Le llegaban los vapores invisibles del sopor. Si, ahora dormiría. Intentó preguntar a la noche calladamente: ¿Por qué me atacas?

Se durmió esperando una respuesta, una respuesta que nunca llegaría, una respuesta que quizás no existiera. Se durmió con una pregunta en los labios y con una certeza:

“Mañana volverán las pesadillas, lo se…” No podía escapar de ellas, no había salida, ni había disfraz.

La noche no puede evitarse…

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