Belén llegó a casa radiante una calurosa tarde de Julio. El día de trabajo había sido un infierno; un jefe cargante que durante los tres meses que llevaba en el trabajo no había acabado de aceptarla se habían encargado de ello no dejándola respirar. Pero cuando llevaba tan sólo unos pasos dados de vuelta a casa mirando al suelo con desidia había encontrado algo tirado en un rincón sombrío de la madrileña calle carretas, algo brillante ignorado por la muchedumbre que caminaba en todas direcciones a paso rápido. ¡Era un fantástico reloj! Un reloj dorado, redondo y plano, con el interior de la esfera de un blanco radiante y las agujas azules como el mar. Los números eran grandes, pintados en una tinta roja que lanzaba destellos. Lo cogió y se fijó en que estaba parado en la siete y veintisiete de alguna tarde hace días, semanas quizá. “Lo arreglaré en casa”, se dijo a si misma sin reparar en nadie ni en nada más que en su hallazgo durante todo el trayecto.
Cuando llegó a la comodidad de su pequeño piso del corazón de Lavapiés se dejó caer rendida en su sillón, respirando por primera vez desde que a la mañana se levantase. Su figura parecía confundirse con el mar de pequeños mapaches amarillos que poblaban el estampado de fondo negro del sillón. Belén era una mujer alta, de largo pelo castaño, decían que con carita de hada. Soltó la presa de la pinza blanca que la coronaba y su cabello largo se derramó libre sobre sus hombros. Curiosa sacó el reloj que había encontrado de su bolsillo y lo miró a la luz del sol agonizante; le hizo dar varias vueltas entre sus manos, mirando metódica cada centímetro de su superficie, hasta que quedó satisfecha del examen. Parecía un reloj magnífico.
Se hizo una cena rápida y ligera y, despejando la mesita baja de sus salón en un santiamén, desplegó encima un paño de un azul celeste impoluto, poniendo sobre él el reloj junto a una cajita negra con un juego de herramientas de precisión en su interior. Sacó un minúsculo destornillador capaz de introducirse en las delgadas ranuras de los tornillos que mantenían tapadas las entrañas del reloj y guiñando un ojo se puso manos a la obra, sacando la pequeña y delgada tapita y comenzando a limpiar y ajustar el puzzle de minúsculas ruedecillas dentadas. Cuando puso de nuevo en su lugar la última de las ruedecillas desplazadas de su ubicación correcta el mecanismo comenzó a moverse, lentamente primero pero a buen ritmo después.
-Perfecto -murmuró Belén para si misma con una sonrisa inundándola la cara.
Tapó de nuevo el mecanismo y atornilló todos los tornillitos. Tomando el reloj en sus manos como si fuese un pajarillo herido lo admiró una vez más y, tras limpiar la correa de cuero negro con el paño celeste humedecido, se anudó el reloj en la muñeca izquierda, desterrando su antiguo reloj barato en uno de los cajones “para los trastos viejos”. Apenas algunos minutos habían pasado desde que comenzase a atardecer, y los últimos rayos de sol aún pugnaban por ser vistos entre el mosaico de tejados que formaban la línea del horizonte que Belén veía desde la ventana de su casa. Bajó la persiana y encendió todas las luces del piso; detestaba la oscuridad. Puso en hora su nuevo reloj, que irradiaba un tic tac persistente, casi musical, y agarró su ejemplar de “El señor de los anillos”, su obra favorita. Exhausta, acunada por la placentera lectura y el fondo sonoro del salto de las manecillas azules fue cerrando lentamente los ojos hasta quedarse profundamente dormida con el grueso tomo abierto en el regazo a modo de manta de letras. Nada se oía fuera, ningún ruido que no fuese el tic tac del nuevo reloj. Nada.
-¡Dios, es tardísimo!
Belén se despertó sobresaltada. Desde la muñeca podía ver claramente como las agujas cortaban el dos rojizo en el interior de la esfera dorada. No era la primera vez que se dormía tras llegar del trabajo sin lograr siquiera alcanzar la cama. Se fue derecha a la habitación y, agarrando su radio despertador se dispuso a ponerlo en hora; extrañada se fijó en la pantalla digital que mostraba en grandes caracteres rojos una hora confundida. “Qué raro, si le cambié las pilas hace tan sólo unos días…”. Como hacía con todo lo que quería observar, se lo puso entre las manos y comenzó a voltearlo entre ellas, observando cada una de sus piezas externas. Se volvió y lo que vio por la ventana la dejó paralizada.
-¡Qué demonios…!
Tiñendo de rojo las tejas sucias que Belén divisaba a través del cristal aún morían los rayos del sol. Se acercó pegando la mejilla al cristal frío; fuera las veletas estaban quietas, al igual que las palomas posadas en los canalones o a punto de alzar el vuelo, asemejándose a estatuas de plumas de un blanco sucio. Corrió por toda la casa mirando los relojes de pared que había ido diseminando por todo el piso con el tiempo. Todos se habían detenido a la misma hora que el reloj despertador. Se dio cuenta de que el tic tac profundo de su reloj de muñeca la envolvía sonando con saña. Ningún ruido más llegaba a sus oídos. Y reparó en el sentido de la hora inerte que marcaban todos los demás relojes; era exactamente la hora en el que su nuevo reloj blanco y dorado había vuelto a funcionar.
Con el corazón comenzando a golpearla en pecho a un ritmo de vértigo, Belén salió al pasillo que comunicaba su casa con la de el resto de sus vecinos del bloque. Llamó furiosamente al timbre de la puerta que tenía enfrente esperando una respuesta. Golpeó esta después con los puños cerrados gritando el nombre de Alba, la única amiga con la que contaba en el bloque, pero todo fue en vano. No percibió más respuesta que el silencio pesado que poblaba el otro lado de la puerta. Bajó de dos en dos los gastados peldaños de la escalera de piedra hasta alcanzar la calle, esperando ver allí algo animado. Igualmente inertes, decenas de viandantes la miraban estáticos sobre el pavimento, semiiluminados por los eternos últimos rayos solares de aquella tarde de verano.
Una histeria nerviosa comenzó a hacerse presa de ella. Belén alzó un grito al cielo y comenzó a correr sin rumbo. El tic tac del reloj comenzaba a sonar más y más fuerte en su cabeza a medida que se iba acercando casi por azar al lugar donde lo había recogido, como tambores tribales. Sentía un agudo dolor en la garganta fruto del grito incesante que salía imparable de su pecho. El pelo castaño le surcaba la cara, transformando la calle a su alrededor en una sucesión de imágenes borrosas. Mientras esquivaba gente inmóvil se fue quitando casi involuntariamente el reloj de la muñeca, destrabando el cierre de la pulsera de cuero negro. Poco a poco se fue quedando si aire; la vista se le nubló y dando un traspiés definitivo cayó al suelo sin sentido. Lo último que escuchó fue el tic tac agobiante perdiéndose en la lejanía de una niebla espesa…
Las sirenas de la policía ululaban alrededor del cuerpo de Belén, que yacía tendida en el suelo; la ambulancia había llegado en poquísimos minutos, y dos enfermeros procedían en ese mismo instante a recoger el cuerpo con delicadeza, depositándolo en una camilla blanca mientras la policía retiraba a los curiosos que se habían agolpado en torno a la escena formando un corro. Cuando la ambulancia partió rauda entre ruido y luces el gentío se fue disipando pausadamente, como si nada hubiese pasado. Nadie reparó en el reloj dorado que había rodado desde el lugar donde Belén se había desplomado hasta un rincón oscuro de la fachada de una farmacia.
Morían en el cielo los últimos rayos de sol de aquel agobiante día de Julio.