Redención

Escrito por David R. Grégoris
Bajo licencia Creative Commons Atribución-No derivados-No comercial

POR TANTO, MALDITO SERÁS Y ARROJADO DE LA TIERRA, QUE HA ABIERTO SUS FAUCES PARA EMPAPARSE CON LA SANGRE DE TU HERMANO, DERRAMADA POR TI. (GENESIS 4,11)

Preludio

El párroco de la iglesia de san miguel veía con tristeza como sus fieles eran cada vez menos numerosos y más viejos. “Se esta perdiendo la fe”, dijo a su monaguillo terminada la misa de las ocho mientras contaba la triste recaudación del cepillo de la iglesia.

-¿Necesita algo más, don Pedro? -preguntó el monaguillo deseoso de irse a jugar con sus amigos.

-No, puedes marcharte… Hasta mañana, Pablo -el monaguillo miró con tristeza al viejo y cansado párroco, guardó sus cosas en la mochila y se fue por la puerta trasera de la iglesia.

El viejo Don Pedro se dirigió lentamente a la sacristía para limpiar la mesa y guardar el cáliz. Miró el hermoso cristo crucificado que tantas veces le había acompañado en las misas mirándole desde arriba.

-Jefe, creo que soy muy viejo ya para enseñar tu camino -dijo don Pedro riendo con amargura entre dientes. De pronto oyó un golpe seco de la puerta principal de iglesia.

-¿Hay alguien ahí? -preguntó asustado. El eco fue el único que le contestó.

“Genial, ahora oyes cosas”, pensó. Pero mientras guardaba el cáliz pudo oír claramente pasos detrás de él.

-¿Si? ¿Quién eres? -preguntó al hombre envuelto en sombras que se encontraba caminando despacio hacia él. El hombre sacó un reluciente cuchillo y siguió caminando hacia el aterrado párroco.

-¡No tenemos dinero! ¡Si quiere puede llevarse lo que quiera! ¡Pero por favor, no me haga daño!

-Lo siento, de verdad que lo siento, pero no lo hago por mí, lo hago por la salvación de mi padre.

El párroco, comprendiendo que no tenia salvación, miro desesperadamente al cristo crucificado y empezó a rezar esperando una intervención divina…

Los gritos de Don pedro se oyeron por toda la cúpula de la iglesia… No tardaron mucho en dejar de oírse.

Pecado 1

El teléfono sonó como una bomba en la cabeza de Miguel. La noche había sido movidita y se había gastado el poco dinero que tenia en las dos botellas ya vacías que se encontraban debajo de la cama.

-¿Si, quien es?- pregunto intentado que su voz sonara firme por si era algún cliente.

-Hola Miguel, soy Pablo.

-¿El comisario en persona llamándome? ¿El mundo se ha vuelto loco? -dijo sarcásticamente Miguel.

-Por eso te llamo -la voz de Pablo estaba muy tensa como si algo le preocupara sobremanera-. Ven a la iglesia de San miguel y comprueba como está el mundo.

La conversación no dio más de si, Pablo no le explico mucho más. Era un brutal asesinato de un sacerdote. Pero no había pistas, no había huellas, ni pelos, ni testigos, solo una firma…

Miguel llegó en su coche, nada más salir de él sintió un escalofrío de pies a cabeza. No le gustaban las iglesias, demasiada “actividad”, pero en esta era brutal, se encontraba a más 50 metros y ya la había sentido antes de entrar.

Era una iglesia gótica con grandes vidrieras donde se representaba a arcángel San Miguel matando a la bestia. “La ironía es enorme”, pensó al mirarlas.

Al entrar el escalofrío se intensificó. La iglesia estaba muy oscura, solo iluminada por los flashes de las fotos de los agentes que estaban junto a la sacristía sacando fotos a un cuerpo tendido en el suelo.

-Lo siento, pero esto es la escena de un crimen y no puede pasar -dijo un agente cortándole el paso.

-Déjale pasar, Carlos, es el caza fantasmas- dijo otro agente riendo.

-Muy gracioso -dijo Miguel mientras cada vez se acercaba más al los flashes de las cámaras. Allí estaba Pablo mirando al cristo salpicado de sangre debajo del cadáver.

-Hola Pablo.

-Ahí lo tienes, dame tu opinión -dijo Pablo sin mirarle siquiera señalando el cuerpo tapado por una sábana ensangrentada. Miguel levantó con mucho cuidado la sábana y observó el cadáver. Era un sacerdote corpulento de unos cincuenta años. Tenía todavía una expresión de terror. Le habían cortado el cuello con una precisión casi de cirujano. Le habían extraído el corazón con la misma precisión. También le habían sacado los ojos.

Miguel sintió como una mano fría como un témpano de hielo se apoyaba en su hombro. Se dio la vuelta y vio al sacerdote de pie con las cuencas de los ojos vacías.

-Sálvales de Enoc -grito el sacerdote. Y desapareció.

Miguel estaba pálido, sin poder moverse.

-¿Has visto algo? -preguntó Pablo mientras se encendía un cigarrillo.

-No -dijo Miguel secamente-, no sé por qué me has llamado, está claro que a sido victima de algún satánico… Admito que faltan algunos detalles, pero el que se llevara los ojos y el corazón es del tipo de esta clase de crímenes.

-Eso es lo desconcertante, que no se los llevó -dijo Pablo mientras señalaba a la mesa del altar donde había algo tapado por un trapo blanco manchado de sangre. Miguel noto un aura negra al acercarse al trapo. Noto una oleada de miedo y dolor. Destapo el trapo allí estaba el corazón seccionado en dos mitades en cada mitad había un ojo y escrito a fuego la siguiente frase “En el corazón están marcados los pecados, Dios con sus ojos los mira y juzga“.

-¿Que ves, Miguel? -preguntó Pablo.

-Veo como el asesino se acerca, no puedo verle la cara, lleva la máscara blanca. Es como la máscara que representa la tragedia y el drama en el símbolo del teatro. Solo que las lagrimas son plateadas. Lleva un cuchillo grande, demasiado grande para la precisión que tienen los cortes, el cura pide piedad… Él se acerca, dice que lo hace para salvar a su padre. El cura no se mueve, tiene mucho miedo. Llama a dios para que le ayude, para que le salve. ¡No, No hagas eso! -grita Miguel mientras cae de rodillas al suelo, siente el dolor del sacerdote cuando el hombre de la máscara le saca el corazón y ¿las tripas?
Pablo le ayuda a levantarse mientras los demás policías le miran extrañados y desconfiados.

-¿Dónde están las tripas?- preguntó a Pablo mientras se recuperaba el aliento.

-No lo sabemos, pero después de sacárselas le cosió, puede incluso que sigan dentro.

-¿Por que no le habéis abierto para comprobarlo? -preguntó Miguel.

Después de un momento de silencio Pablo contestó:

-¿Te acuerdas que te mencione una firma?

-Sí.

-Bien, pues aquí la tienes -dicho esto levantó con mucho cuidado la sábana del cadáver. En la tripa tenia un gran corte perfectamente cosido. Debajo, cosida con perfecta exactitud con un hilo negro se podía leer “ENOC“.

Pecado 2

Javier era un niño despierto como pocos. Estaba sentado en el banco mirando a la gente pasar por la transitada calle de su casa. Era una calle peatonal estrecha donde se acumulaban las tiendas y los turistas enfocaban con sus cámaras a los edificios de principios del siglo XVII donde compraban recuerdos y ropa. Javier se sentía orgulloso de su gran y bonita ciudad. Saboreaba un enorme helado de fresa y chocolate que había comprado en el bar de al lado donde estaba una terraza llena de turistas riendo y hablando un idioma que no comprendía.

-Hola -le dijo un hombre desconocido con una pequeña bolsa negra en sus manos. Javier no dijo nada y se quedo mirando al hombre. No tendría más de 25 años era guapo y tenia su pelo negro perfectamente cortado. Vestía de negro elegantemente. Y los ojos los tenia tapados por unas gafas de oscuras donde Javier se podía ver reflejado. Tenia el gesto amable y sonreía enseñando sus blancos dientes de anuncio de dentífrico.

-Vaya, no dices nada -continuo diciendo el hombre-. Es normal, tus padres te habrán dicho que no hables con desconocidos. Seguramente te quieren mucho… -Javier afirmo con la cabeza. A su alrededor una pareja de niños nipones corrían felices ante la atenta mirada de sus padres.

-Mi padre también me quería mucho… tanto que me construyo una ciudad con mi nombre -Javier abrió los ojos al oír esto.

-¿Eres un príncipe? -pregunto al hombre desconocido. El hombre soltó una carcajada.

-No, niño, no soy ningún príncipe -contesto el desconocido.

-¿Y quien es tu padre para que te construya una ciudad? -volvió a preguntar Javier cada vez más interesado por aquel singular desconocido.

-No se como explicártelo… Mmmmmm. Era un hombre que un día cometió un error y su abuelo le castigó. Entonces, para que mi bisabuelo perdone a mi padre, yo tengo que hacer una serie de cosas. ¿Lo entiendes? -Javier afirmo con la cabeza-. ¿quieres ayudarme?

-Si -respondió alegremente Javier-. Mi mama me dice siempre que hay que ayudar a los demás.

-Tu mamá debe ser una persona muy buena… Mira, solo tienes que guardarte esta nota en el bolsillo -el hombre sacó un papel blanco doblado perfectamente y se lo entrego a Javier quien sorprendido preguntó.

-¿A quien le doy la nota?

-Tranquilo, ya te la pedirán -dijo el hombre mientras se levantaba cogiendo su pequeña bolsa negra-. Ha sido un placer conocerte. Y gracias -dijo flotándole cariñosamente el pelo.

Javier sonrió mientras observaba como el extraño hombre se iba por la estrecha y transitada calle. Pudo observar como tiraba en una papelera la pequeña bolsa negra. Esto le extrañó mucho. Pero no le dio importancia, se guardó la nota y siguió disfrutando de su helado. “Mama siempre dice que hay que ayudar a la gente”, pensó.

La explosión se oyó a cinco kilómetros a la redonda. La bomba de la bolsa explotó convirtiendo la estrecha y transitada calle en un gran pasillo de fuego. Los cristales de las tiendas se rompieron inundándolas de llamas. Los maniquís de las tiendas se derritieron como las mesas de las terrazas. Ya no oían risas en la calle solo gritos de los supervivientes algunos de ellos sin alguna parte de su cuerpo. La calle se lleno de un olor de carne y plástico quemado. Entre los cuerpos esparcidos por el suelo se encontraba un niño de diez años que había sido lanzado por la onda expansiva varios metros hasta chocar contra una pared. Murió instantáneamente.

Y un helado de fresa y chocolate se derritió en el suelo.

Pecado 3

Miguel odiaba ir al laboratorio forense. Iba a por los resultados de la autopsia del cadáver del sacerdote. Esperaba encontrar alguna pista o algún detalle que se le hubiese pasado por alto.
Sabía que el asesino no había estudiado teología ya que las palabras escritas en el corazón de la victima no eran de la Biblia y habían sido escritas en castellano, cuando lo normal en un psicópata con ciertos conocimientos teológicos habría sido escribirlo en latín o hebreo, y escribir una frase de la Biblia y no una suya. Sin embargo Enoc era un nombre bíblico. ¿El asesino se creería Enoc? ¿O lo invocaba?.La mascara blanca de teatro también le tenía confundido. ¿Que tiene que ver una máscara con Enoc? ¿Era parte del ritual? ¿Había ritual? Lo que más le sorprendía era precisión casi quirúrgica con la que el asesino había arrancado el corazón y los ojos. En sus visiones era un cuchillo de cocina enorme de unos treinta centímetros de filo. ¿Era un medico? ¿Había estudiado medicina? ¿O era simplemente un “don”?. ¿Que cosió dentro del cadáver? ¿Y por que se había llevado las tripas del cura?

Oyó por las noticias de la radio la matanza producida por una bomba en una de las calles más turísticas de la ciudad. Se contaba 40 muertos y 250 heridos la mayoría de gravedad, ningún grupo terrorista se había hecho responsable del atentado. Aunque se sospechaba de varios grupos independentistas.

Cuando llego al hospital donde estaba el laboratorio se pensó dos veces el entrar. Las puertas estaban llenas de periodistas y heridos que entraban gritando o preguntando por extremidades perdidas y familiares desaparecidos.

Al entrar por sus puertas, un escalofrió paso por todo su cuerpo, allí estaban los muertos pidiendo ayuda a unos vivos que no los escuchaban, intentando consolar a sus familiares sin saber que cada vez que hablaban más les hacían sufrir, almas yendo al cielo y al infierno. Todas gritaban y Miguel las ignoraba, era el único allí que podía verlas. Pero las ignoraba. Miguel intentó cerrar los ojos hasta encontrar un ascensor que le llevara al sótano donde estaba el laboratorio forense. Al entrar un enfermero llevaba una bolsa menuda en una camilla. Al lado un niño con una gran brecha en cabeza y la cara llena de cortes lloraba desconsoladamente. Miguel no pudo contener las lagrimas algo le decía que tenia que hablar con ese chico.

-Deja de llorar, por favor -suplicó Miguel al niño mientras el enfermero le miraba extrañado.

-¿Señor, estoy muerto? -preguntó el niño mirándole curioso.

-Sí, lo estas, pequeño -contesto miguel fríamente.

-He querido consolar a mama pero no he podido, no he podido despedirme de ella.

-Lo siento, pero no puedo ayudarte, ahora tienes que irte a un mundo mejor que este, de verdad que lo siento -dijo miguel mientras el enfermero se estaba poniendo muy nervioso.

-Pero antes de irme tengo que dar una nota a alguien y no se a quién… Creo que puede ser usted por que es el único que me puede ver -dijo el niño mirando fijamente a Miguel que como podía apartaba la mirada.

-¿De quien es la nota?

-Del que hizo esto -Miguel al oír esto se le helo la sangre, abrió la bolsa ante la mirada estupefacta del enfermero que tenia tanto miedo que no se atrevió a decir nada “a ese loco que hablaba solo”.

Sacó la nota de uno de los bolsillos del cadáver del niño. La nota brillaba con un aura de maldad, Miguel podía reconocer ese brillo en cualquier parte. Miro al niño muerto que a pesar de los cortes y la palidez de la piel parecía estar simplemente dormido, cerro la bolsa y se dio la vuelta para hablar con el espíritu del niño muerto, pero ya no estaba. Abrió la nota y pudo leer:

“Dios furioso por los muchos pecados de los hombres llenará de fuego el corazón de los pecadores, y un niño les hará ver quien será el encargado de empezar la redención de los hombres.ENOC.

Miguel se estremeció al leer estas palabras…

¿Que seria lo siguiente que haría Enoc para conseguir la redención?

Pecado 4

“Enoc, despierta, Enoc.”… Otra vez esa voz en su cabeza… Llamándole por un nombre que no es suyo.

-¡Vete! -gritó a la voz de su cabeza, deseando que el martilleo que sentía en ella acabase pronto.

“Enoc, es hora de seguir con la redención de las almas” -siguió hablando la voz de su cabeza.

-¿Quién eres? Sal de mi cabeza, por favor -gritó llorando a la voz. Oyó una carcajada que no paraba de rebotar en su cabeza, provocándole un dolor agudo e indescriptible.

“Soy Dios, Enoc, creador de todo, y te he elegido a tí como la espada exterminadora que llevará mi palabra ya olvidada a la tierra.”

-Mientes… eres solo una alucinación… no eres real, yo no soy Enoc -estaba cansado y la cabeza no paraba de darle vueltas.

“¡No me desafíes, Enoc!” -gritó la voz de su cabeza-. “¡Soy Dios, creador del cielo y la tierra, y tu no eras nada hasta que te encontré, yo te he hecho, vives por mí, sufres por mí, y matarás por mí.”

-¡Noooo, no pienso matar a nadie…! ¡Yo no soy Enoc! Ni siquiera sé quien es Enoc -se sentía impotente ante la voz de su cabeza y el dolor del martilleo aumentaba, en la televisión podía ver los efectos de una bomba colocada en una turística calle: cuerpos mutilados en el suelo, el sonido de las sirenas de los bomberos y ambulancias, médicos atendiendo a los destrozados heridos, paredes ennegrecidas por fuego. Miró todas estas imágenes y se preguntó interiormente por que le son tan familiares.

¿Y por la redención de tu padre? ¿Enoc, me ayudaras por la redención de tu padre?”

“¿Mi padre?”, pensó mientras miraba fijamente una máscara blanca con expresión de estar llorando dos lagrimas plateadas. El martilleo fue desapareciendo.

-Si, tengo que conseguir la redención de mi padre. Caín, el primer asesino -se dijo a sí mismo mientras cogió la mascara y se la puso.

“Eso es, Enoc. Bienvenido, vamos date prisak hay almas que salvar.”

Pecado V

Pablo estaba de pie mirando los informes del forense. Lo hacia para no mirar a Miguel que estaba también de pie con los ojos cerrados. Se hallaban en la calle donde había explotado la bomba. Estaba ya limpia de cascotes y restos humanos, pero las paredes de las casas y edificios antiguos seguían ennegrecidas y sin cristales, algunas casas solo eran un montón de amasijos de hierros ennegrecidos.

Efectivamente Enoc se había llevado las tripas del cura y las había sustituido por pétalos de rosas, después le cosió con una precisión de cirujano.

También leyó que Enoc era según la Biblia era primer hijo de Caín, quien fundó una ciudad con su nombre. En la Biblia dice que hay otro Enoc descendiente de Set, el tercer hijo de Adán, y este Enoc fue el padre de matusalén.

¿Pero que clase de asesino psicópata primero despedaza a un cura y luego pone una bomba en la calle más turística de la ciudad?

La bomba había sido de fabricación casera, pero de una profesionalidad digna de un artificiero. Había elegido la carga apropiada de goma 2, había añadido al lado de la bomba varios botes de gas para provocar una gran bola de fuego, colocándola en el sitio más mortífero ya que al colocarlo a la entrada de la calle y al ser esta estrecha conseguía que la calle se convirtiera en un gran pasillo de fuego. Además, para rematar, también había colocado una gran cantidad de clavos que fueron utilizados como metralla.

“Una obra de arte”, le había dicho el artificiero que investigaba la explosión.

La nota encontrada en cadáver del niño había desconcertado a todos, la policía no sabia por donde empezar. Pablo había hecho revisar todos los expedientes psicológicos de artificieros retirados por estrés o desordenes psicológicos. También se buscaban indicios en informes psicológicos de médicos, militares, y sectarios religiosos, sin ningún éxito.

De repente Pablo vio como Miguel caía de rodillas, se agitaba como si estuviera ardiendo y gritaba de dolor. Se acerco corriendo a él.

Miguel no paraba de llorar y Pablo le abrazo.

-Tranquilo, viejo amigo, ya pasó todo -intentó tranquilizarle Pablo. Recordó como conoció a Miguel hace años en un caso de secuestro. Miguel era un detective privado con “dones” contratado por la familia de la secuestrada, él era un detective en su primer caso de secuestro, trabajaron juntos y encontraron a la chica secuestrada desde entonces le llamaba siempre que tenia un caso cuya solución no pudiera encontrarse por cauces “normales”.

-He visto como todo se llenaba de llamas y gritos -dijo Miguel llorando con amargura-. Pero le he visto, he visto a Enoc y ahora voy a ir a por él -Pablo a oír esto se quedó mudo y pensó que si al el intentar detener la redención de Enoc Miguel no se condenaría a sí mismo.

Pecado VI

Durante años la taberna de Isaías fue un bar donde los vecinos tomaban sus cañas, jugaban al mus, al tute, o al dominó. Un bar donde el viejo Isaías hablaba de toros con sus amigos y veían el fútbol. Pero eso era antes. Después de la muerte del viejo Isaías el pequeño bar se convirtió en un antro de mala muerte, donde se cortaba la droga y los mafiosos de poca monta de la ciudad guardaban su dinero negro. La policía había hecho varias redadas cerrando el sitio muchas veces… pero nunca encontraban nada, siempre se ha dicho que alguien avisaba a los de la taberna desde la policía cuando ésta hacia una redada, y que incluso el dueño tenia tratos con ella.

Para entrar dentro se tenía que decir una contraseña que pedía el portero mientras miraba por la mirilla. Dentro había cuatro mesas de maderas viejas y desgastadas, firmadas por antiguos enamorados que querían dejar constancia de su estancia en el viejo bar. La barra no era muy grande, detrás había un espejo con unos estantes llenos de botellas medio vacías, vasos sucios y cocteleras llenas de polvo.

En la barra estaba Luis, el camarero, metiéndose unas rayas de cocaína con Juan Pablo, un camello de poca monta que utilizaba la taberna para sus trapicheos y atender a su numerosa clientela. En una de las mesas estaba Sonia bebiendo una coca cola, era una hermosa chica 16 años que se follaba a Juan Pablo para poder conseguir unas dosis de heroína. En la mesa estaba Joaquín Núñez, el dueño de la taberna e hijo del viejo Isaías. Tomaba su habitual whisky de la tarde leyendo los resultados de la liga de fútbol. A su lado como siempre estaba Paco, el contable, que aunque no tenía el título de esa carrera (nadie sabía si tenia algún título) siempre era el que controlaba el dinero del ilícito negocio de la droga y era la mano derecha de Joaquín, desde que se conocieron en la cárcel por trafico de drogas. Se había convertido en uno de los peces gordos dentro del mundo de la droga en la ciudad, consiguió un acuerdo con un importante narcotraficante colombiano y Joaquín se encargó de vender su droga por la ciudad incluso por todo el país.

Esto le había reportado unos beneficios enormes… y muchos enemigos.

Paco estaba sentado con un cubata al lado, del cual pegaba grandes tragos mientras miraba unos papeles. Detrás de él estaban los matones de Joaquín. Eran cinco, la mayoría empezaron como pandilleros, y en cuanto les ofrecieron dinero por pegar palizas y llevar pistolas aceptaron sin pensárselo. Uno de ellos que llamaban Tony había sido boxeador de pesos pesados, pero una fractura en la rodilla le hizo retirarse anticipadamente y Joaquín, que solía ganar mucho dinero con sus combates, le ofreció un puesto como guardaespaldas que no pudo rechazar.

Esa noche en la que todo parecía normal sonó la puerta. El portero se levantó de una silla donde estaba sentado leyendo una revista porno y se dirigió a la puerta abriendo la mirilla para ver quien era. No se esperaba para esa noche ninguna visita así que seguramente seria un cliente de Juan Pablo.

-¿Si, quien es? -preguntó el portero mientras observaba por la mirilla. Entonces vio lo que parecía el cañón de una pistola.

-La ira de Dios -contestó una voz detrás de la puerta mientras se oía un disparo, saliendo a la vez volando un par de metros el cuerpo sin vida (y sin media cabeza) del portero.

Sonia pego un grito al ver el cadáver del portero manchándola de sangre los tacones.

Todos los guardaespaldas sacaron sus pistolas de Joaquín empezaron a disparar contra la puerta acribillándola a balazos.

Luis se tiró al suelo y cogió una escopeta que tenía debajo la barra empezándola a meter nerviosamente cartuchos.

Juan Pablo se tiró al suelo asustado dejando caer con él, el espejito donde tenía la cocaína cayéndole toda la droga encima, mientras se protegía con las manos sobre la cabeza.

Paco sacó un revolver y disparó como los demás sobre la agujereada puerta que apenas necesitaba ya un empujón para caerse.

Joaquín grito que pararan de disparar, tardaron unos segundos en vaciar los cargadores de todas las armas.

Joaquín, tiró una arma a Juan Pablo, el cual no paraba de temblar todo cubierto de droga blanca, solo la sangre de algunos cortes producidos por el espejo hacían dudar que fuera un fantasma.

-Ve a ver si esta muerto -le ordenó fríamente Joaquín a Juan Pablo.

-¡No jodas! ¡Ve tú, coño! -gritó quejándose Juan Pablo.

-Ve y no me discutas, gilipollas, o te meto un tiro ahora mismo -amenazó con sus grandes ojos negros Joaquín.

-Me cagüen la puta -dijo entre dientes Juan Pablo mientras se levantaba y se acercaba a la puerta sin parar de apuntarla. La abrió con mucho cuidado a la vez que todos los presentes cargaban sus armas sin dejar de apuntar a la puerta. En la calle miró un lado y a otro apuntando tembloroso con el arma. No había nada, las luces de las farolas iluminaban la calle desierta. No había cuerpo ni sangre, ni nadie, quien fuera se había ido como un fantasma. Juan Pablo respiro tranquilo y se dio la vuelta en el umbral de la puerta mirando a las personas que le apuntaban nerviosos.

-¡Aquí no hay nadie! -grito Juan Pablo. En ese momento noto un dolor agudo en el cuello. Los presentes vieron una sombra que corrió por el umbral de la puerta abierta y que en unos segundos había clavado un cuchillo en el cuello de Juan Pablo volviendo a desaparecer por la izquierda de la puerta. Juan Pablo cayo de rodillas llevándose una mano al cuchillo de su cuello. Su garganta y su boca empezaron, como sus pulmones, a llenase de liquido escarlata. Soltó la pistola y extendió una mano a hacia Sonia. Quien volvió a empezar a gritar y a llorar acercándose a él. Pensó que en el fondo la quería y que no merecía morir así. Fue su ultimo pensamiento cuando cayo al suelo muerto, con los ojos abiertos como platos y la boca llena de sangre. Sonia se acercó a él y agarró su cabeza y la puso sobre sus rodillas abrazándolo y llorando.

-Joder -susurró Luis desde la barra inmovilizado por el miedo.

Tony hizo una señal a los cinco guardaespaldas, a los cuales no paraban de temblarles las manos. Se dirigieron a la puerta, atravesaron el umbral de ésta y desaparecieron apuntando hacia todos lados sus armas, en ese momento la destrozada puerta se cerró y empezaron a oírse disparos y gritos de horror y dolor. Después silencio, Sonia se arrastró con el cadáver de Juan pablo lejos de la puerta, dejando un reguero de sangre.

Luis, Tony y Paco apuntaron a la puerta, mientras vieron como una sombra humana se colocaba detrás de la puerta agujereada y la abría. Entonces vieron a un hombre alto con una mascara blanca con expresión triste que lloraba dos lagrimas de plata. Empezaron a disparar sobre el hombre que cayó al suelo panza arriba con el cuerpo lleno de balas y sangrando como un cerdo mientras tenia violentas convulsiones. Tony se acerco a él y cuando estuvo a menos de un metro de él le pegó un tiro en la cabeza. Después de un silencio, se agachó hacia el cadáver y le quito la mascara agujereada por su disparo, Y vio horrorizado que era uno de sus guardaespaldas. Sintió como el cañón de un arma se apoyo sobre su cabeza.

-¿Quién eres? -preguntó Tony tranquilo, sabiendo que iba a morir.

-Tu redención -dijo el misterioso pistolero y disparó derramando los sesos de Tony sobre el cuerpo del guardaespaldas muerto. Luis intentó disparar sobre el desconocido pero su escopeta estaba descargada. Paco también había descargado su arma sobre el pobre guardaespaldas muerto y antes de que pudiera pedir piedad una bala atravesó su corazón, cayendo muerto sobre las mesas.

Joaquín intentó coger la pistola de Paco pero un a bala atravesó su estomago tirándolo al suelo mientras se retorcía de dolor.

Luis pegó un grito y se agacho adentro de la barra del bar buscando desesperadamente más cartuchos para su escopeta.

El desconocido se acercó a Sonia, que temblaba abrazando el cuerpo de Juan Pablo. Cuando ya estaba a su lado él se agacho y ella pudo ver la expresión de odio en sus grandes ojos negros.

-Perdona -dijo con voz suave y amable-, pero necesito esto -en ese momento arrancó el cuchillo del cuello de Juan Pablo manchando la cara de Sonia de sangre. Después se levantó y se dirigió hacia la barra del bar donde estaba cargando Luis la escopeta. En la taberna solo se oían los gritos de dolor de Joaquín que se arrastraba hasta la pistola de Paco.

Luis terminó de cargar la escopeta, tomó aire y se levantó de debajo de la barra, empezó a disparar hacia todos los lados mientras gritaba:

-¡Cabrón, muere, hijo de Satanás! -cuando dejó de disparar sintió un aliento a su lado, tragó saliva y giró la cabeza hacia el aliento, y sus ojos vieron al desconocido sonriente con el cuchillo ensangrentado en la mano.

-No es nada personal -dijo el desconocido mientras atravesaba el ojo de Luis con el cuchillo. Luis empezó a convulsionarse mirando con horror por el ojo que le quedaba mientras que el cuchillo empezaba a cortarle también la ceja. Sacó el cuchillo del ojo de Luis, cuyo cuerpo cayó al suelo de la barra del bar.

El desconocido se acercó al asustado Joaquín, que no conseguía acercarse al cuerpo de Paco.

-¡¿Qué quieres?! -gritó histérico Joaquín.

-Tu corazón -respondió tranquilo el desconocido. Joaquín miró a sus ojos y, sorprendido, susurro:

-Te conozco, tienes los mismos ojos que tu padre -esto paró el avance del desconocido.

-¡Tu no pudiste conocer a mi padre! ¡Mientes, tu no le conoces! -le gritó el desconocido a Joaquín.

-Si, le conocí hace muchos años. ¿No te acuerdas de mí?, ¡No me mates, por favor! -el misterioso asesino respiró hondo y cogió de una pierna a Joaquín. Lo arrastró hacia la puerta mientras éste gritaba de dolor y se oían las sirenas de la policía de fondo.

Sonia miro al desconocido aterrorizada, este se paró y Joaquín extendió la mano para pedirla ayuda.

-¿Y tu que miras? -preguntó a la hermosa joven.

-Nada -respondió ella aterrorizada.

-Recuerda este día, mujer, pues Enoc te ha perdonado tus pecados -ella afirmó con la cabeza-. Y tú, ven conmigo, tenemos que hablar de mi padre -le dijo a Joaquín mientras le arrastraba por el umbral de la puerta.

Sonia oyó los gritos de Joaquín alejándose por la calle. Se quedó en silencio abrazando el cuerpo Juan Pablo mientras oía las sirenas de la policía cada vez más cerca.

Pecado VII

-Miguel, ¿tu crees que es mucho pedir que nuestro psicópata tenga un modus operanti? ¿Que un día no le dé por matar de un modo distinto? ¡Ahora le da por liarse a tiros en un bar! -decía con ironía Pablo. Miguel estaba pensando, todavía no se le habían quitado de la cabeza las ultimas visiones de la explosión en la calle. Y sobre todo la cara de Enoc hablando tranquilamente con ese niño… Una sensación de odio atravesaba su cuerpo cada vez que pensaba en ello.

-Pero esta vez a cometido errores -prosiguió Pablo al ver que Miguel no le contestaba-, ha dejado a una chica viva, y en la máscara que apareció en tu primera visión con un poco de suerte hay alguna huella dactilar o algún pelo y entonces le tendremos -Pablo sonreía al pensar que esta pesadilla pronto terminaría, pero Miguel no tenía esa sensación, algo le decía que lo peor estaba por llegar.

Llegaron a la taberna de Isaías justo cuando a empezó a llover. En la misma calle había dos ambulancias y cuatro coches patrulla. En las afueras del bar, justo al lado de la entrada, se encontraban tres cuerpos cubiertos con sábanas blancas, la lluvia limpiaba la sangre y se la llevaba por las rejillas de las alcantarillas. Algunos policías realizaban fotos a los cadáveres. Otros ponían cordones policiales y decían a la gente curiosa que observaba lo ocurrido que “no había nada que ver”.

Pablo y Miguel entraron por la puerta, ;Miguel sintió un escalofrío que ya había sentido, era el odio de Enoc, no había duda, era él. En la puerta de entrada había dos cuerpos, uno encima del otro, y una mascara ensangrentada en el suelo rota por un disparo en la frente. Miguel se puso los guantes y la cogió con sumo cuidado, observando la expresión triste de la mascara y las lagrimas plateadas resbalando por sus mejillas. Miró dentro del bar, allí había otros cuatro cadáveres, uno de ellos lo estaban sacando de detrás de la barra. En la barra, gritando y gimiendo, había un chico rubio de uno 25 años. Podía ver como sangraba por un ojo ya inexistente.

-¡Esto no esta pasando, no es real, ninguna de estas personas es real, no puedo estar muerto! -gritaba el chico sin que ninguno de los presentes le viera. Miguel cerro los ojos y al abrirlos el chico ya no estaba. Tocó la mascara intentó concentrarse en ella. Pablo se acercó curioso a Miguel y le preguntó si veía algo.

Miguel no contestaba, solo cerraba los ojos y una lágrima cayó por sus mejillas. Había conseguido meterse en la piel de Enoc, como había matado al portero y a cuatro personas más, con una sangre fría que temía, y como había cambiado la ropa a un aterrorizado hombre y le había dado la mascara obligándole a meterse dentro del bar lloriqueando… Miguel sintió como las balas atravesaban su cuerpo, vio a uno de los hombres muertos acercarse y pegarle otro tiro en la cabeza… Pablo impidió que Miguel cayera al suelo. Por primera vez se había metido en la mente de Enoc.

-¿Hay nota? -preguntó Miguel cuando se recuperó.

-No, no ha dejado nota esta vez -contestó Pablo.

-No es propio de Enoc -afirmó Miguel-. ¿Donde esta la chica?

-En la ambulancia, la están atendiendo… está bien, pero está muy asustada… y parece algo trastornada -contestó Pablo-. ¡Ey, alegra esa cara, por una vez vas a hablar con un testigo vivo!

-Pablo, yo no se como no te metiste a cómico -sentencio molestó Miguel saliendo del bar.

Seguía lloviendo Mientras se acercaban a la Ambulancia donde estaba la chica, Miguel se preguntó por que se había vuelto tan descuidado dejando la mascara con sus huellas y una testigo. En la ambulancia estaba una chica guapísima de unos 16 años, ojos azules muy claros, tenia los rasgos faciales de una muñeca de porcelana. Vestía con un top ajustado y una minifalda muy corta, las dos prendas cubiertas de sangre que no era suya, no paraba de llorar. Miguel apartó los cabellos rubios de su cara y la miró a los ojos.

-Hola, me llamo Miguel, tranquila, ya pasó todo -dijo tranquilizándola.

-Sonia -dijo tímidamente la muchacha.

Miguel observó las marcas de pinchazos en sus delgados brazos y sintió pena por aquella muchacha.

-Dime niña, ¿que pasó? -pregunto Miguel.

-El diablo entró, mató a todos y se llevó al señor Joaquín al infierno con él.

Miguel sabía que los policías siguieron el rastro de sangre que dejó al arrastrar al mafioso conocido como Joaquín Núñez… pero el rastro había desaparecido una calle más allá, sospechaban que se lo había llevado en un coche.

-¿Sabes por qué se lo llevo? -preguntó Miguel. Sonia afirmó con la cabeza.

-Porque era malo, y el diablo se lleva a la gente mala -contestó Sonia con una mueca que parecía una sonrisa-. Ahora seré buena, pues el diablo me ha dado una segunda oportunidad.

-Me alegra oír eso -dijo Miguel mientras pensaba en el destino de la pobre muchacha. Y, viendo que no podía sacar nada más de ella, la dio un beso en la frente diciéndola que ya el diablo no volvería a por ella y se alejo de Sonia.

-También se lo llevó porque conocía a su padre -Miguel se dio la vuelta y miró a los ojos a Sonia.

-¿Que has dicho?

-Que el diablo se llevó a al señor Joaquín porque este conocía al padre del diablo. ¿Pero como el diablo puede tener padre? -y la muchacha volvió a ponerse a llorar. Miguel la abrazo fuertemente. Mientras la lluvia seguía cayendo limpiando la sangre de las calles.

Pecado VIII

-¡Deja de golpear a mama! -gritó el pequeño Carlos sujetando la pistola de su padre y apuntándole. Pero su padre la golpeó más fuerte. Tan fuerte que cayo al suelo y no se movía. “Dispárale” le gritaba una voz al pequeño Carlos, “dispárale”, pero no podía apretar el gatillo.

-Hijo, devuelve el juguete a papá y no te haré daño -dijo el padre sonriendo.

-¡Aléjate de mí, no te acerques! -le grito Carlos… pero no hizo caso y cada vez estaba más cerca de él.

-Vamos niño, suelta eso o dispárame, ¿eres un cobarde? -preguntó el padre acercándose más y más.

-¡No te acerques o disparo! -volvió a gritar. Pero su padre se acercó, tanto que lo tenía cara a cara.

-Vamos cobarde, demuestra que eres hijo mío -pero Carlos no pudo disparar y su padre le quito la pistola, luego le dio un golpe seco con ella.

-Me voy a trabajar, Joaquín me espera para un negocio… -de repente el padre se fijo que su mujer no se movía…-. ¿Carla? -preguntó agachándose y agitándola suavemente para que se moviera… pero no se movía, estaba muerta.

El padre empezó a llorar, a pedirla perdón mientras Carlos observaba impotente sangrando por la cabeza. El padre se fue corriendo sin darse cuenta que su hijo estaba allí mezclando sus lagrimas con la sangre.

Carlos no podía soportar ver la cara de su madre así… Ella que había sido una gran actriz de teatro, la encantaban las mascaras. Carlos cogió una de las mascaras de la pared del cuarto de su madre. Era su favorita una preciosa mascara blanca de expresión triste y llorando dos lagrimas de plata. Esa mascara Carlos se la puso a la cara destrozada e inerte de su madre. Y se quedo allí hasta que la policía llegó.
Era la primera vez que veía un asesinato.

Su padre fue el primer asesino que conoció Carlos.

“Despierta Enoc”. El se despertó otra vez en el sueño de un pasado que no era suyo…

-Lo siento, mi señor, me he dormido -contestó Enoc a la voz de su cabeza.

“¿Que hace el aquí?” -Enoc miró al un hombre crucificado en la pared con los intestinos sacados, veía como sangraba y sangraba.

Enoc se acordaba como le había taladrado las manos y los pies a la pared, crucificándole. Luego le había estado torturando sacando poco a poco los intestinos del hombre por un agujero de bala que tenía, mientras confesaba y suplicaba. ¿El que? se preguntó Enoc. ¿Que tenia que confesarle este pecador a la ira de Dios?. El crucificado era un hombre gordo, con entradas y pelo negro teñido. Tenia la cara pálida y una expresión de horror en sus ojos negros.

“Enoc, has cometido un error al traerlo aquí, la policía pronto vendrá a por ti, huye”, le dijo la voz de Dios.

-Gracias, mi Señor, dame fuerzas para acabar con las fuerzas del mal y cumplir tus deseos -rezó Enoc. Éste observó que el hombre gordo crucificado todavía respiraba. Se acerco al taladro y lo cogió.
“Enoc, date prisa, ya les oigo venir”.

-Mátame, por favor, acaba con esto Carlos -Enoc se paró al oír este nombre. ¡Era el mismo que el niño de sus sueños!

-¿Cómo me has llamado? -preguntó al gordo que estaba a punto de desmayarse.

-Carlos, el hijo de Felipe el trucha, fue mi mejor amigo hasta que fue a la cárcel por matar a tu madre… -el hombre gordo y moribundo perdió el sentido. Enoc le devolvió la consciencia tirando un poco de los intestinos medio sacados, el hombre pego un grito.

-¿Por qué mientes? -pregunto Enoc.

-Sabes que no miento, mátame por favor, déjame morir -susurró el hombre.

Enoc cogió una mascara de un armario donde tenia multitud de mascaras de la tragedia con dos lagrimas plateadas. Encendió el taladro y lo acercó poco a poco a la cabeza del hombre.

-Gracias -susurró el hombre antes de que el taladro le taladrara la cabeza y el celebro, salpicando de sesos y sangre la mascara de Enoc.

“Si has terminado ahora tenemos almas que salvar” -dijo la voz de su cabeza.

-No, tenemos un alma que salvar. Porque lleva mucho tiempo esperando la redención y se la voy a dar -contestó Enoc.

“amen”

Pecado IX

Miguel al oír el teléfono sonar a los cinco minutos de haberse echado encima de la cama, se dio cuenta que en 5 días había dormido solo esos cinco minutos. Pero el sueño desapareció al oír a Pablo decir:

-Le tenemos, sabemos donde vive Enoc.

Minutos después estaba en el coche de Pablo cargando su revólver. Mientras Pablo le contaba como las huellas dactilares de la máscara coincidían con un chico de 23 años llamado Carlos Arranz Tarres. Su madre era una actriz de teatro que murió victima de su padre Felipe Arranz Segura llamado el trucha.

-¿Sabes de quien era amigo su padre? -preguntó con tono de ironía a Miguel.

-Sorpréndeme -contestó Miguel mientras se guardaba el arma en el bolsillo.

-¡Miguel, eres un civil! ¡Ni se te ocurra usar ese arma! Vas conmigo porque eres amigo mío y estas ayudando a la investigación del caso, ¡pero no eres un policía! Recuérdalo -dijo severo Pablo. Miguel le respondió con una sonrisa, realmente en sus 5 años como detective privado nunca había empuñado una arma. Pero este caso lo cambiaba todo.

-Bueno advertido quedas. Quiero que cuando entremos, estés siempre detrás de mí -siguió advirtiendo Pablo.

-Si, papa -contestó irónicamente Miguel.

-Gilipollas -dijo Pablo mientras meneaba la cabeza-. En fin, como te decía… El padre de nuestro amigo era antiguo socio de Joaquín Núñez, El tío que se llevo en el bar.

Miguel miró sorprendido a Pablo. ¿Y si Enoc no había elegido al azar a sus victimas?

-Al morir Carlos fue a un internado católico. Y adivina, ¿quien dirigió el internado durante su estancia allí? -preguntó otra vez con ironía Pablo.

-Don Pedro, la primera victima -contestó Miguel anticipándose a la respuesta de Pablo.

-Bingo, todo tiene relación… bueno todo no. Seguimos sin saber por que coño puso la bomba, y porque se llevó las tripas del cura y le rellenó de pétalos de rosas… Pero sabemos que estudio hasta tercer año de medicina luego lo dejó no sabemos por qué, pero era uno de los mejores de su promoción. Desde pequeño todo dieces, es un superdotado… y un psicópata.

Miguel miró la foto de los informes, era él, era Enoc… pero en la foto no veía la mirada de maldad de sus negros ojos. No sentía el deseo de matar ni de odiar a todo.

Cuando llegaron, la policía tenia acordonada la zona. Algunos estaban detrás de sus coches con sus armas desenfundadas, otros se hallaban en cada lado de la puerta principal cubriéndose aparentemente de un enemigo invisible.

Pablo sacó su arma y se dirigió hacia el portal seguido por Miguel de cerca.

-¿Cuál es la situación? -preguntó Pablo a uno de los asustados policías que había en el lado derecho de la puerta principal.

-El sospechoso esta atrincherado en el piso tercero, ha matado a dos policías y a herido gravemente a otro, intentamos sacarlo pero estamos en su línea de fuego. Hemos probado con gas lacrimógeno… pero el cabrón debe estar preparado para una guerra nuclear. De todas maneras hace 20 minutos que no hace nada -dijo el policía.

-Voy a subir… -dijo decidido Pablo- y tu te quedas aquí abajo hasta que aseguremos la zona -advirtió amenazante a Miguel. Dicho esto subió las escaleras pegado a la pared; el humo del gas lacrimógeno se disipaba dando un toque fantasmagórico al edificio. Pablo se puso una mascara de gas que le pasó uno de los asustados policías. Subió al tercer piso. Allí los policías se encontraban rodeado una puerta rota. No paraban de gritar y maldecir. Todos callaron al ver a Pablo.

-Pasadme un espejo para ver como están las cosas dentro -ordenó Pablo intentando darles un aire de seguridad.

Le dieron un espejo pegado a un palo, con el que Pablo intentó ver el interior del piso. Dentro había tres policías en el suelo con las mascaras de gas puestas. Uno de ellos se arrastraba lastimosamente en un charco de sangre. En la pared había un tío gordo crucificado y con las tripas sacadas y algo le goteaba de la cabeza. Pablo intento guardar la compostura pero tenia ganas de vomitar.

-Esta bien chicos, acabemos con esto de una vez. Vamos a entrar. -al oír esto los policías empezaron a temblar y a sujetar con fuerza sus armas.

-A la de tres -dijo Pablo-. Uno, dos, ¡tres! -entraron corriendo dentro de la casa apuntando a todos lados con sus armas.

-Lleváoslo de aquí -gritó Pablo refiriéndose al policía herido que todavía se arrastraba por la casa. Los demás policías se acercaron a sus otros compañeros muertos… en la casa había un pasillo oscuro con tres puertas. Las paredes estaban empapeladas con trozos de periódicos y hojas de libros.

Pablo miró al hombre gordo crucificado con clavos clavados en sus manos y pies. Tenia los ojos abiertos y un gran agujero en la frente por donde caía todavía un chorro de sangre y material viscoso. Mientras oía los gritos de los policías que intentaban sacar y tranquilizar a su compañero herido. Pablo, junto a otros dos policías que se habían quedado con él, fue caminando por el oscuro pasillo. Pablo dio una patada a la primera puerta derribándola… dentro se hallaba una cama desecha y una mesa llena de papeles. Pablo se acercó a la mesa donde había un cuaderno grande y viejo donde en su portada ponía un titulo escrito con sangre “EL EVANGELIO SEGÚN SAN ENOC”. Salió de la habitación y se dirigió a la siguiente puerta derribándola también de una patada.

“Joder”, pensó Pablo al ver la habitación… Era un autentico arsenal de armas: pistolas de todos los calibres, katanas, cuchillos, granadas, rifles, chalecos antibalas mascaras antigas, ametralladoras… En un armario había decenas de mascaras con expresión trágica y lagrimas de plata por sus mejillas.

Mientras Pablo estaba en la segunda habitación uno de los dos policías el más joven y impulsivo dio una patada a la tercera puerta.

Pablo al darse la vuelta junto al otro policía vio la expresión de terror detrás de la máscara antigas del joven.

-Mierda -dijo lamentándose el joven policía y una explosión arrastró al muchacho, convirtiéndole en una masa de carne carbonizada y humeante.

La onda expansiva hizo salir por una ventana de la segunda habitación al otro policía que grito hasta aplastarse contra un coche patrulla que se hallaba fuera. Y lanzó a Pablo contra una estantería de armas sintiendo este como se fracturaba varias costillas. Como pudo se arrastró hasta la puerta humeante de la tercera habitación.

“Dios mío, que hijo de puta”, pensó al ver lo que había dentro. Mientras fuera solo se oía gritos y ambulancias acercándose y alejándose.

Pecado X

A Miguel no le había hecho gracia el no haber subido con Pablo al piso de Enoc… presentía que algo malo iba a pasar y no le gustaba como los demás policías le miraban como un bicho raro y con miedo en sus ojos. En ese momento vio aun hombre gordo desnudo con las manos y los pies agujereados. En su frente poseía otro agujero sangrante. Se acerco a Miguel y le susurró al oído:

“No le dejes escapar”, mientras señalaba a un hombre joven desnudo que no poseía el tórax, se lo habían extraído con una precisión quirúrgica. Miguel podía ver los órganos vitales del joven, su corazón los pulmones… todo estaba allí sin vida. Las costillas habían sido serradas al igual que la caja torácica. El joven se acercó a Miguel diciéndole.

“Sálvalos de Enoc”, y dicho esto los dos hombres desaparecieron.

Miguel estaba pálido como petrificado y no paraba de temblar. Ningún policía se acercó a él, le tenían miedo y ahora le miraban todavía con más desconfianza. En ese instante por la puerta del diminuto portal se oía a un hombre gritar.

-¡Policía herido, policía herido! -en ese momento salieron cuatro policías del portal dos de ellos llevaban casi arrastrando a otro policía con su mascara de gas puesta. Tenía el pecho empapado en sangre. Miguel miró al policía herido que lo metían rápidamente en una de las muchas ambulancias que habían llegado. Vio como un aura de maldad en él… una maldad conocida.

-¡Alto! -gritó Miguel a los policías cuando le introducían en la ambulancia al mismo tiempo que sacaba su pistola. En esos instantes se produjo una explosión el tercer piso donde estaba el piso de Enoc y todos vieron como un policía atravesaba una de las ventanas debido a la onda expansiva y se precipitaba sobre uno de los coches patrulla.

Todo estaba confuso, a Miguel le pitaban los oídos. Por un momento pensó que Pablo estaba dentro del edifico… pero luego recordó todo al oír a la ambulancia alejarse.

-¡Paren esa ambulancia! -gritó mientras empezaba a correr detrás de la ambulancia sin que ningún policía le hiciera caso. Estaban todos sin poder moverse sobrecogidos por la escena. Mientras corría pudo comprobar como los cristales traseros de la ambulancia se teñían de sangre.

-¡No, Enoc! -siguió gritando Miguel mientras corría tras la ambulancia y apuntaba con su arma una de las ruedas. A un lado suyo oyó como si un coche frenara y al mirar vio a un coche rojo que le atropello arrojándole contra el cristal delantero. El conductor del coche salió asustado y le ayudo a levantarse mientras le preguntaba que tal estaba. Miguel se incorporo dolorido, sangraba de la frente y lo veía todo nubloso.

-Voy a coger su coche prestado -dijo Miguel con un hilo de voz al hombre que no dijo nada al ver la pistola. Los policías se acercaban a Miguel también corriendo sin comprender lo que estaba pasando.

-¡Enoc esta en la ambulancia, idiotas! -les gritó mientras montaba en él coche arrancándolo con furia y yendo tras la ambulancia que ya estaba a mucha distancia.

Miguel pisó el acelerador todo lo que pudo, acercándose más y más a la ambulancia.

De repente la ambulancia empezó a hacer zigzag en medio de la carretera adelantando y a veces empujando a otros coches que se chocaban entre sí.

Miguel no paró de perseguir la ambulancia y esquivaba como podía el rastro de coches que esta dejaba.

Salieron fuera de la ciudad. Miguel rompió con su pistola la luna medio rota por el impacto de su cuerpo contra ella. Apunto como pudo a las ruedas de la ambulancia. Disparó una vez pero dio al intermitente, disparó otra vez dando a la matricula, a la tercera dio a la rueda provocando que la ambulancia perdiera el control y volcara dando varias vueltas de campana.

Miguel paró y salió del coche, cojeando por el golpe antes sufrido y se dirigió hacia la ambulancia destrozada y volcada.

Se dirigió hacia la parte delantera de la ambulancia. Dentro en el techo había un cuerpo con el cuello cortado y mirada perdida. Lentamente se digirió a la parte de atrás de la ambulancia y abrió las puertas cuyos cristales rotos tenían restos de sangre. La luna y los faros del coche iluminaban la zona. Miguel abrió la puerta allí había dos hombres de pie junto a sus cuerpos; cuando se acercó uno de ellos pudo observar como le habían clavado una jeringuilla en el ojo derecho y vio como su cuerpo estaba a su lado atado a la camilla. El otro parecía mirar a su cuerpo tenia cortes en la cara y dos grandes quemaduras en la sien producidos por una unidad de electroshock que estaba en el techo de la volcada ambulancia.

También vio un tórax completo serrado y tirado en el techo, sangrante con unas ropas de policía a su lado.

-¿Dónde esta? -pregunto Miguel a los difuntos.

“Se ha ido, y nosotros tenemos que partir… vénganos y salvaros a ellos de él”, y los dos espíritus se fueron dejando allí sus cuerpos. Miguel gritó mientras los coches patrulla que le habían seguido se oían a lo lejos.

-¡Enoc no escaparas! ¡Esto se acaba Enoc! ¡Y no podrás esconderte de mí!

Solo le contestó el silencio.

Confesión

-¿Amigo, esta seguro de que no quiere que le lleve a un hospital? -Mauricio no solía coger a la gente en la carretera pero al ver al joven sangrando por la frente y con varios golpes. No pudo pasar de largo, el muchacho le había pedido muy cortésmente que no le llevara a ningún hospital y aunque él chico no lo había dicho, Mauricio suponía que pertenecía a una pandilla de algún tipo y alguna banda rival lo habría destrozado. Pero era una teoría, ya que el muchacho tenia una pose elegante y no tenía pinta de pandillero.

-No, gracias, prefiero ir a casa -declinó Carlos. “¿Cómo he llegado a que Enoc me controle tanto?”, pensó, estaba dolorido por la huida en la ambulancia. No quería hacer daño a nadie más… tuvo que permitir a Enoc que surgiera para poder escapar… era necesario, estaba muy cerca de conseguir su objetivo y nadie ni nada podría impedirlo. De todas maneras no podía dejar de sentir pena por él joven policía que en medio de la confusión por los botes de humo Enoc había cogido y le había arrastrado al servicio; allí con un bisturí y una pequeña sierra eléctrica, mientras el chico seguía vivo mirándole con ojos de terror sin poder gritar debido a un trapo metido en su boca, le extrajo el tórax mientras el chico no dejaba de tener compulsiones hasta que murió, luego Enoc se puso su ropa y el tórax del chico para parecer herido. Y después de poner una carga explosiva entre los pulmones del chico le dejó sentado en la taza del water… se arrastró hasta el salón donde se hallaban los cuerpos de otros dos policías y el cuerpo crucificado de Joaquín. Después los policías le sacaron sin que se dieran cuenta de quien era. Le llevaron hasta la ambulancia. Carlos también pensó en los pobres enfermeros de la ambulancia a los que Enoc mató por orden de Dios de forma brutal. Y recordaba los gritos del tipo alto con gabardina y perilla con su pistola humeante gritándole que no podría escapar, mientras él se arrastraba sin que el hombre de la gabardina le viera.

-Esta ciudad no es tan segura como antes, ¿sabe? -empezó hablar Mauricio intentando romper el incomodo silencio-. Antes era una ciudad turística tranquila, no pasaba casi nada… pero ahora hay droga, prostitución, atracos. ¡Nunca había visto tanta policía tocarse los cojones! Encima esta ahora ese pirado que esta aterrorizando a la ciudad… yo ya no dejo salir por ahí a mis hijas, no hasta que ese chiflado este encerrado o muerto.

-Sus hijas tienen mucha suerte de tener un padre que se preocupe tanto por ellas -dijo Carlos. En ese momento pensó en todo lo que había pasado…

Recordó a don Pedro, que también le había tratado en el orfanato; ahora estaba muerto. Recordó como le gustaban las rosas y como don Pedro trataba a cada una de su jardín como a una hija, mimándola y cuidándola… Enoc sabia lo de las rosas, por eso le arrancó las tripas, poniendo en su lugar pétalos de rosa. Como una demoníaca metáfora de que las rosas eran parte de él.

Carlos no pudo impedir que una lágrima saliese de su pupila al pensar el triste destino del párroco… pero fue necesario, igual que la bomba, igual que la matanza del bar o la de los policías en su casa… La sangre necesaria para que el Dios de Enoc estuviera contentó y así poder controlar a Enoc para su venganza…

-Parece que va a haber tormenta… ¿Donde me dijiste que querías ir? -preguntó Mauricio.

-A la residencia de ancianos Lago Azul… tengo familia allí -contestó Carlos.

Arrepentimiento

-Has tenido suerte -dijo Miguel a Pablo, que estaba tumbado en su cama del hospital.

-Más que esos pobres chicos… -Pablo miró serio a Miguel-. ¿Cómo alguien puede ser tan cruel? ¿Cómo le puedes arrancar el tórax a un chico vivo y luego ponerle dentro una bomba?

-No lo sé -contestó Miguel, el cual no paraba de leer los informes; sabía que se le escapaba algo, algo importante del caso, la clave del próximo asesinato, estaba en alguno de esos malditos papeles. Miguel tenia una venda en la pierna y la cabeza debido al atropello. La cabeza le dolía como si tuviera dentro pequeñas explosiones. Los médicos le habían dicho que tenia una pequeña conmoción, pidiéndole que se fuera a casa a descansar y guardar reposo. Pero eso no estaba dentro del vocabulario de Miguel; no descansaría hasta asegurarse de que Enoc no volviera a matar.

-¿Qué has encontrado en su evangelio? -preguntó Pablo mientras se encendía un cigarro.

-Nada interesante… diarios de un loco… habla de la redención de los hombres… que han traicionado a su Padre, también habla de como Caín fue realmente el primer profeta de Dios porque comprendió con su castigo eterno y divino la verdadera maldad del hombre y como amar verdaderamente a Dios, también habla de que el fin de los días empezara el día que Dios perdone a Caín gracias a él. Sobre todo compara el perdón de Dios con la muerte… -Miguel miró serio a Pablo y en un rápido movimiento quito de su boca el cigarro apagándolo con el pie en el suelo-. ¡Compórtate, coño, esto es un hospital!

-¡No me digas! -contestó irónico Pablo-, no me había enterado -Pablo resoplo, no le gustaba estar en una cama tumbado sin poder hacer nada. Pero sobre todo no podía olvidar la cara horrorizada del joven policía antes de que explotara la bomba.

Miró a Miguel: tenia pinta de haber sobrevivido desde hace días gracias al café. Su característica gabardina marrón estaba agujereada y manchada con pequeñas gotas de sangre. Tenia una barba de al menos cinco días y sus ojos negros todavía poseían alguna legaña.

-¡Dios mío! -dijo Miguel lanzándole una hoja del informe-. ¿Cómo hemos podido ser tan idiotas?

-¿Qué has descubierto? -preguntó sobresaltado Pablo.

-Su padre sigue vivo… -contestó Miguel mientras cogía las llaves de su coche y se marchaba corriendo-. ¡Hemos encontrado a Caín!

Pablo leyó el papel mientras observaba como Miguel se alejaba.

Felipe Arranz Segura: 75años, jubilado residente en la residencia de ancianos Lago Azul.

Confesión

La residencia de ancianos Lago azul. No era una residencia de ancianos lujosa, más bien todo lo contrario. Al ser pública, los lujos eran un sueño para sus habitantes, los residentes y enfermeros. Pasear por ella por el día y por la tarde era pasear por un futuro cementerio, donde los ancianos sentados en sus sillas de ruedas esperaban a una muerte que por alguna extraña razón incompresible para ellos, se había llevado antes a sus mujeres o maridos. Algunos estaban animados lanzando cortés pero descaradamente los tejos a los enfermeros o enfermeras más guapas. Otros preguntaban por hijos que nunca venían a visitarles y que confundían con lágrimas en los ojos con otros visitantes o enfermeros. Los horarios para las comidas eran poco flexibles y las medicinas se distribuían cada dos horas. La mayoría eran calmantes para que los ancianos estuvieran quietos.

Aquella noche el guardia de seguridad sentado en su mesa del recibidor de la residencia se lamentaba de su suerte. El turno de noche en la residencia era el más aburrido, solo le quitaban la rutina Miriam una enfermera joven y hermosa que le traía siempre un café. O cuando por la noche a un anciano le daba un ataque y se moría.

Un joven se acercó a la puerta. Con las ropas rotas, parecía que le hubiesen metido una paliza.

-Por favor, ¿puedo entrar? -dijo el joven. El guardia se levantó de su asiento y se dirigió a la puerta de cristal, donde el joven se estaba empapando por la fuerte lluvia que caía junto a los truenos y los rayos.

-¿Qué le ha pasado? -le preguntó el desconcertado guardia.

-Me han dado una paliza y me han abandonado aquí… creo que tengo un brazo roto… por favor, ábrame -contestó lloroso el joven.

El guardia, nervioso, abrió la puerta y ayudó a entrar al joven, el cual casi se desplomo en sus brazos.

-Lo siento pero no se nada de medicina, espere que llamo a una enfermera -dijo nervioso al joven mientras casi le arrastraba a la sala de espera donde podría tumbarlo en un sofá mientras venía un medico. En ese momento sintió una pistola en su mandíbula.

-No importa, no hace falta, tranquilo, yo te perdono -dijo con voz completamente diferente el joven. Fue lo ultimo que oyó el guardia de seguridad antes de que sonara un trueno y una bala atravesara su cerebro.

Pasaron diez minutos. Enoc arrastro el cadáver por la recepción dejando un surco de sangre y sesos. Oyó pasó de tacones que se acercaban. Enoc oculto el cadáver debajo de la mesa.

-Alfonso, te he traído café con leche templada como a ti te gusta… -la enfermera se paralizó al ver el surco de sangre en el suelo, tirando el café a este. Antes de que pudiera gritar, la mano de Enoc cubría su delicada boca.

-Sssssssssh, gracias por el café, pero tu amigo esta meditando el por qué no debe dejar entrar a desconocidos un día de tormenta -la voz de Enoc era suave y educada-. Ahora señorita, si es tan amable, podía indicarme donde esta cierto paciente… si quiere vivir. Comprenda usted que si grita o pide ayuda tendré desafortunadamente que matarla.

Miriam se dio la vuelta llorando pero sin gritar, miró al despiadado hombre que tenia enfrente. Tenia una máscara medio rota en la cara, la máscara poseía dos lágrimas plateadas por las mejillas y una expresión de tristeza en su boca. Pero ella sentía que detrás de esa máscara el monstruo de ojos negros y profundos que había segado la vida de su amigo sonreía.

Andaron despacio por los pasillos de la residencia. Miriam no paraba de llorar. Rezaba por que algún enfermero o medico del turno de noche se dieran cuenta de la situación y llamaran a la policía. Enoc le había pedido que le llevase a la habitación de uno de los pacientes llamado Felipe Arranz Segura, le conocía, era uno de los muchos viejos verdes que se pasaban todo el día mirándola el culo e intentando tocárselo. Por lo demás era un viejo mal humorado que necesitaba un respirador portátil para poder moverse.

“¿Que querrá ese psicópata de un pobre viejo como ese?”, no paraba de pensar Miriam.

-¿Miriam, eres tu? -preguntó una voz familiar al otro lado del pasillo. La reconocía, era la voz de Blas, uno de los médicos.

-¡Blas corre! ¡Llama a la policía, ha entrado un psicópata!

Blas se encontró en el pasillo con Miriam y un hombre con una máscara apuntándola con una pistola en la nuca.

-¡Corre Blas! -y este lo hizo, corrió por el pasillo mientras la lluvia caía fuertemente sobre la ventana. Blas dejó de correr cuando una bala atravesó su cabeza cayendo muerto sin comprender el por qué de su muerte. Sonó un trueno.

Enoc sin inmutarse, todavía con el cañón de la pistola humeante, volvió a puntar a la cabeza de Miriam, la cual no paraba de gritar y llorar por la nueva muerte.

-Aclaremos las cosas… no soy un psicópata, soy un enviado de Dios… Dime cual es la habitación del viejo -la mirada de Enoc era fría, ya no había educación en su helada voz.

-La 359 -contesto Miriam asqueada ya de tanta muerte-. ¿Ahora me vas a matar? -se atrevió a preguntar sin mirarle a los ojos.

-Si -contestó fríamente-. Yo te absuelvo de tus pecados, ve con la gracia de Dios misericordioso -Miriam cerró los ojos mientras oía el “clic” del seguro del arma. Su vida pasó por delante de ella, miró los sueños que no podría cumplir, los amantes que ya no volvería a ver, los familiares y amigos que la iban a llorar. Pero entonces oyó una voz que gritaba.

-¡Enoc! ¡Suelta el arma! -Enoc se quedó parado conocía esa voz, la había oído gritar su nombre antes. Miró al hombre que le apuntaba firmemente. “¡Es él!, ¡es el hombre de la gabardina!”, pensó Enoc.

-Deja en paz a la chica -gritó Miguel. Enoc seguía a puntando a la nuca de la enfermera. Podía ver brillar su máscara a causa de los rayos que caían muy próximos al edificio.

-¿No quieres que esta furcia de Satán tenga su redención? ¡Dios me pide que la mate! -la voz de Enoc había perdido toda la calma, no se había preparado para esto, Dios no le había avisado de ello.

-Solo sé que como la toques un pelo tu serás el próximo en ver la redención -contestó furioso Miguel apuntando a la cabeza de Enoc mientras este seguía apuntando a una llorosa Miriam.

-¡Blasfemo! -gritó Enoc-, ¡el señor arrancará tu lengua en las llamas del infierno! ¡Ahora atrás o mato a la chica! -Miguel dió un pasó hacia atrás muy lentamente. Enoc también retrocedió sin parar de apuntar a Miriam. Cuando Enoc llego a la esquina de otro pasillo salió corriendo, metiéndose en él.

Miguel salió detrás de él pero cuando se asomó al otro pasillo ya no estaba, había desaparecido.

Miguel se acercó a la aterrorizada enfermera.

-¿Está usted bien? -preguntó Miguel sin saber que decir.

-Tenía mujer y un niño de un año -dijo ella tartamudeando señalando el cuerpo sin vida de Blas.

-Tranquila, no volverá a matar a nadie -sentenció Miguel.

Penitencia

En la habitación 371 don Felipe dormía como podía. Odiaba dormir, sólo el combinado de medicamentos que le daban le obligaba a hacerlo. Cuando dormía sus pecados de juventud y los de adulto surgían en su mente como viejos fantasmas. Caras de victimas muertas en sus manos… oía las risas suyas y de Joaquín cuando torturaban a un chino que no pagaba la protección de su negocio. Tantas caras pidiéndole justicia… pero sobre todo una mujer rubia con los ojos negros profundos que lloraba… Era Carla su mujer. La mujer que había matado hace 15 años… y estaba recordándoselo todos los días de su vida. De repente en medio de sus pesadillas sonó una voz.

-Despierta, padre, despierta -decía la voz.

Felipe abrió los ojos. Vio aun hombre apuntándole con una máscara en la cara… una máscara que conocía de algo.

-hola Caín, ¿has dormido bien? -preguntó el hombre.

-¿Quién eres? ¿Por qué me llamas así? -preguntó asustado Felipe.

-padre, no niegues tu nombre, Dios ya no esta enfadado contigo, he venido aquí para darte la redención -Felipe escuchaba esto atónito sin saber que decir, pero de repente un nombre apareció en su mente.

-¿Carlos? ¿Eres tú, chico? -el desconocido soltó una carcajada y le dió tan fuerte con su arma que le tiró de la cama.

-No padre, ese débil se fue hace mucho… soy Enoc, Caín, tu hijo Enoc… y ahora levántate y anda, no tenemos mucho tiempo… las fuerzas de Satán están también aquí y quieren impedir tu redención.

-¡Te has vuelto loco, Carlos! ¿Que opinaría tu madre de esta actitud? -la contestación de Enoc fue una patada en los riñones de Felipe.

De repente Enoc empezó hablar solo.

-¡No te metas en esto, llorica infiel… la voluntad del Señor será cumplida! ¡No, he esperado mucho para la venganza, he hecho cosas horribles para conseguirla y ahora no me la quitaras…! ¡Idiota, el Señor nos dió el poder y tú lo vas a estropear todo!

Enoc cayó de rodillas con las manos en la cabeza, parecía que una batalla se desatase en su mente.

Felipe no perdió la oportunidad, se levanto como pudo apoyándose en su cama y, cogiendo su bombona de oxígeno, golpeó a Enoc en la cabeza, el cual cayó al suelo. Por la boca blanca y triste de la máscara empezó a caer un hilo de sangre. Él viejo Felipe cayó al suelo agotado por el esfuerzo, le faltaba aire en sus pulmones. Pudo coger la máscara de la bombona abollada por el golpe, colocándosela como pudo en la cara y cogió unas bocanadas de oxígeno. Intentó incorporarse, pero no pudo, con lo cual decidió arrastrarse hasta llegar a la puerta para pedir ayuda. Pero una mano le cogió el pie… Era Enoc, se había quitado la máscara y un chorretón de sangre le manaba de la cabeza.

-Has sido muy malo, papá -dijo con voz seria-, eso no se hace a un hijo, ¡joder! ¿Es que no puedo ni reflexionar tranquilo, padre? -Enoc se levantó a duras penas y arrastró a Felipe de un pie hasta el pasillo fuera de la habitación.

-¡De rodillas! -le grito Enoc casi lanzándole por el suelo del pasillo.

Felipe se puso de rodillas casi llorando. Seguía teniendo esa mirada de odio en sus ojos, característica a pesar del paso de los años.

-Carlos por fa… -antes de poder decir nada más Enoc le había metido el cañón de la pistola en la boca, rompiendo los pocos dientes que le quedaban a Felipe.

-¿Y ahora que, papá? Esto no es por dios, ni por mama, ni por nadie, esto es por mí. He venido para decirte que he crecido… que ya tengo valor para apretar el gatillo.

-¡Enoc, no lo hagas! -grito Miguel detrás de este.

-Otra vez tu… -se lamentó Enoc-, empiezas a ser molesto.

Miguel veía a Enoc y a su padre rodeados de espíritus. Podía ver el aura de maldad de Enoc debilitándose, no comprendía que estaba pasando.

De repente Felipe sintió un pinchazo en el corazón se llevó la mano en el pecho y sintió como su brazo izquierdo se dormía. El pecho empezó a dolerle como una de esas puñaladas que le dieron en sus años jóvenes en el estomago, pero más fuerte. Se llevo la mano al pecho y se tiró al suelo sacando la pistola de su boca… sentía como cada vez le costaba más tomar unas bocanadas de aire hasta que dejó de respirar.

-¿Papá? ¡Cabrón, no te mueras! ¡No me puedes fastidiar mi venganza ahora! ¡No puedes! ¡Te prohíbo que te mueras! -pero los gritos de Enoc no podían impedir la muerte del viejo Felipe.

Nada más salir de su cuerpo el espíritu de Felipe fue abordado por los espíritus que estaban a su alrededor. Miguel no podía soportar los gritos de dolor del espíritu de Felipe, soltó la pistola y se puso de rodillas ante la estupefacción de Enoc que no comprendía lo que estaba pasando.

Miguel vio como los espíritus se metían dentro del alma de Felipe y la devoraban hasta que ya no quedó nada del espíritu del anciano. Solo soltó un ultimo grito agónico antes de desaparecer con los demás espíritus.

“Mátale, la culpa es suya, es el que ha impedido la redención”, sonó en la cabeza de Enoc.

Miguel todavía con la cabeza a punto de estallar intento arrastrarse para coger la pistola pero, mientras se arrastraba a por ella, sintió el frío acero de la pistola de Enoc en la cabeza.

-Carlos, todo ha acabado, suelta el arma -Enoc sonrió mientras seguía cayendo por su cara un gran chorro de sangre.

-Lo siento, pero Carlos ya no esta y el señor quiere tu sangre satanista, yo te perdono en su nombre.

Se oyó un disparo en el pasillo, después un trueno.

Enoc cayó al suelo muerto, sangrando con el corazón atravesado por una bala, preguntándose por que Dios le había abandonado.

Miguel miró sorprendido a la enfermera de pie, temblando todavía, con la pistola del guardia de seguridad en sus manos. Observo al cadáver de Enoc, y como su espíritu le miraba atónito.

-De verdad que solo quería acabar con la culpa de mi padre -dijo el espíritu.

-¿Y como se la ibas a quitar si no la quitaste de tu corazón? -respondió Miguel.

En ese momento miguel vio como una mujer rubia con rasgos casi de muñeca de porcelana y con unos ojos negros profundos se acercó al espíritu de Enoc.

-¿Mama?- preguntó él. Ella no respondió nada simplemente toco su cabeza y este empezó a convulsionarse violentamente. Después, todos los espíritus de la gente que había matado, el cura, las personas del atentado incluyendo al niño que Miguel había visto, los delincuentes y mafiosos del bar de Joaquín incluido este, los policías muertos, los enfermeros de la ambulancia, el guardia de seguridad y el medico de la residencia, entraron y devoraron una parte del alma de Enoc mientras este gritaba y suplicaba a su Dios. Después desaparecieron todos.
La enfermera ayudó con lagrimas en los ojos a Miguel a levantarse.

Este cogió la máscara con sangre del suelo de la habitación.

“Se acabo”, pensó Miguel mientras miraba la máscara con dos lagrimas plateadas cayendo por las mejillas.

Redención

Al tirarse en la cama exhausto Miguel recibió una llamada.

-¡Hola, hombre del año! -gritó Pablo desde el otro lado.

-¡Dios mío! ¿No tienes las llamadas restringidas en hospital? -contesto riéndose Miguel.

-que gracioso, bueno, que sepas que mañana el alcalde quiere hablar contigo, ¡incluso está a punto de darte una medalla por los servicios prestados a la ciudad! -grito Pablo eufórico.

-Que ilusión -dijo Miguel medio dormido.

-Bueno, que sepas por lo menos que el jefe ya ha firmado tu cheque, mañana lo tendrás.

-Hombre, eso si que me hace ilusión -exclamo Miguel-, podré pagar el alquiler de este mes…

-Pero desgraciado, después de este caso… te van a llover las ofertas -volvió a gritar Pablo-. Miguel, este caso a sido tu salvación.

-Pablo.

-¿si, amigo mío?

-No vuelvas a utilizar ese término -sentenció Miguel colgando el teléfono.

Después durmió… algo que no había hecho en mucho tiempo.

PERO LA BESTIA FUE APRESADA, Y CON ELLA EL FALSO PROFETA, QUE CON SUS PRODIGIOS ANTE LA OTRA BESTIA HABÍA SEDUCIDO A LOS QUE LLEVABAN LA MARCA DE LA BESTIA Y HABIAN ADORADO SU ESTATUA. Y FUERON ARROJADAS VIVAS LAS DOS A UN ESTANQUE DE FUEGO, DE AZUFRE ARDIENTE (APOCALIPSIS 19, 20-21)

FIN

EL SEÑOR ESTÉ CON VOSOSOTROS.

Amén.

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