Vi la gran X en el suelo y me puse a excavar. Pasaron tres lunas que me miraban sardónicas y tres soles que se frotaban sospechosamente el dedo en sus sienes. Cuando la cuarta luna se asomó al agujero descubrí la calavera.
Era pequeña. De niño, de niña quizás. En la parte de atrás los huesos presentaban un pequeño orificio circular. De bala, pensé, pero seguro que no es esto lo que la X señalaba. Cogí la pequeña calavera y la puse en mi saco, arriba entre los cada vez más alto montones de tierra.
Seguí excavando, y la cuarta luna se marchó mirándome fijamente, aunque no me preguntó nada. Era una de esas lunas tímidas, comenzaba ya a reducirse… Creo que luego fueron otros dos soles y dos lunas las que se asomaron al agujero, pero ya estaba demasiado profundo y no veían más que los puñados de tierra que lanzaba arriba en mi carrera tras el secreto que la X marcaba. Hacía varias horas que la última luna se había marchado, y un sol iluminaba con saña el agujero, cuando entre la tierra encontré un pequeño libro.
Tenía las negras tapas de piel tan desgastadas que rezumaban historia, aunque yo no podía entender su mensaje. Miré dentro, pero sus páginas tan solo contenían garabatos sin sentido. Eran creo que cien páginas, y en cada una de ellas un garabato sin sentido dormitaba, en todas. Lo cerré, ¿de qué puede servir un libro que no puedes entender? Lo metí en el saco junto a la pequeña calavera y continué excavando.
La tierra empezaba a cambiar allá abajo. Se hacía más negra, lo que hizo que, junto a la imposibilidad del sol de llegar con sus rayos hasta mí, una oscuridad total empezase a rodearme. Pero seguí excavando. Ya no podía contar el tiempo que pasaba, tampoco podía ver nada. Tan sólo seguía excavando, más y más. Abajo, siempre abajo, hasta que mis uñas arañaron algo suave. Subí hacia arriba para mirarlo. Era de noche.
En mis manos tenía una pequeña rebeca de lana roja, que refulgía a la luz de la luna, ya tan solo el esbozo de una sonrisa de luz. En cada hebra, entrelazado con los otros hilos rojos que conformaban las hebras de lana, un finísimo hilo de plata se enroscaba en espiral, dotando a la rebeca de un tacto especial. La comparé con el pequeño cráneo. Juntos formaban el esbozo de un pequeño cuerpo infantil. En el pecho tenía bordado un nombre. Ana… Metí otra vez la calavera, ahora envuelta en la rebeca en el saco y volví abajo a seguir excavando.
Empecé a toparme con piedras pequeñas, angulosas, que me desgarraban las manos y me rompían las uñas. La sangre empezó a manchar la tierra que no cesaba de manar hacia los montones de tierra de arriba, que ya se semejaban a los montones de tierra que se pueden ver alrededor de un hormiguero. Las hormigas me atraían como lo hacía mi sombra. Aunque cada vez las piedras eran más numerosas, seguí encontrando un camino entre la tierra blanda, que me condujo hasta una pequeña cajita de metal.
El sol me cegó durante varios minutos cuando intenté abrir la caja en el exterior. Mi vista, al fin y al cabo, había dejado de ser tan importante, así que antes de que mis ojos se hubiesen acostumbrado de nuevo a la luz la cerradura ya se había abierto. En su interior, enterradas entre un fino polvo plateado, ocho pequeñas pulseras esperaban una muñeca, o varias… En cada una de ellas se podía leer una frase en un idioma desconocido. Pronto desistí de entenderlas. Volví a cerrar cuidadosamente la caja, invirtiendo el complicado mecanismo, y la metí en el saco junto al resto de mis hallazgos. Con una sensación cada vez más imperiosa, volví a introducirme en el agujero.
Cada vez era más difícil avanzar, y cada vez el aire era más sofocante. Mi frente se perlaba de sudor, aunque eso no conseguía fatigarme. Al contrario. Cuanto más difícil se hacía avanzar más ahínco ponía en ello. Cada puñado de tierra me descarnaba las manos, haciendo que mis dientes rechinasen con un dolor que comenzaba a calarme muy hondo. ¡Pero me sentía ya tan cerca! De pronto mi brazo se hundió, quedándose penduleando en el vacío. Abrí más el agujero hasta conseguir descolgarme en una pequeña sala. Palpé toda la superficie del suelo buscando algo que quemar para obtener algo de luz. Tanto el suelo como las paredes eran de una piedra lisa, desgastada por el aire muerto de su interior. Volví a la superficie y saqué el pequeño libro de garabatos.
Arranqué la primera de las hojas y la prendí con mi mechero. Mientras duró encendida, una luz tenue dibujó las paredes de la sala, mucho más cercanas unas a otras de lo que yo pensaba. Otro garabato se veía medio borrado en una de ellas. La hojita se consumió antes de que pudiese observarlo. Arranqué otra hoja y la prendí, Otra más, y otra… Sin pensarlo arranqué una por una las cien hojitas y formé con ellas una pequeña hoguera que alimentaba poco a poco. El garabato de la pared permitía intuir un tímido rostro femenino, nacido de la mano de un niño. O de una niña… Palpándolo noté como la superficie donde reposaba el garabato era diferente a la piedra de las paredes. El humo comenzaba a acumularse en el techo. Siguiendo un impulso lancé un puñetazo con todas mis fuerzas hacia el garabato. Mi puño destrozó el dibujo, atravesando la falsa pared hasta toparse con otro pequeño tomo. Tuve que reposar con los ojos cerrados unos minutos, intentando soportar el dolor que ascendía desde mis manos descarnadas. El humo me anestesiaba, por lo que llené mis pulmones. Apagué los restos de la pequeña hoguera con puñados de tierra espesa y subí el libro al exterior.
Esperé una hora tumbado en lo alto de uno de los montones de tierra, mientras la luna me acariciaba, curiosa, totalmente plena de luz. Cuando abrí de nuevo los ojos y vi el libro rojo entre mis manos, noté como la sensación que me impulsaba a avanzar se había desvanecido ya. En las pastas mi sangre seca formaba figuras azarosas. Me miré las manos y tan solo vi una casi informe masa manchada de tierra. Cada uno de los movimientos de mis dedos me hacía estremecer. Abrí la primera de las páginas, en la que pude leer, en grandes letras azules: Diario de Ana. Comenzó a palpitarme el corazón cuando, agarrando la esquina inferior de la primera página, me dispuse a leer el diario…
No pude hacerlo. Cerré violentamente el libro rojo y, apretando los ojos, intenté aplacar la velocidad de mi respiración. Abrí el saco y desenvolví la pequeña calavera de la rebeca. La tomé entre mis manos y, poniéndola a la altura de mis ojos, pregunté creo que al aire: ¿Y ahora? Metí el diario en el saco y, tras volverla a enroscar en la rebeca, metí también la pequeña calavera. Volví a bajar a la pequeña salita de piedra.
El denso humo negro se había hecho dueño del techo y las paredes, aunque la oscuridad no permitía que viese su negrura. Era difícil respirar. Deposité el saco en el centro y, una vez arriba en compañía de la luna, comencé a arrojar de nuevo los montones de tierra al interior del agujero.
Pasaron muchos soles, muchas lunas, muchos amaneceres y atardeceres que me formulaban preguntas silenciosas. No quise responderlas. Los montones de tierra empezaron a descender vertiginosamente, empezó a deshacerse el hormiguero. Las heridas empezaron a cerrarse y el recuerdo se empezó a disipar en el viento del exterior. Cuando toda la tierra regresó de nuevo a su sitio, en mi mente apenas quedaba ningún recuerdo del contenido del saco. Ni aquel libro de recuerdos, ni aquellas pulseras, ni aquellos ojos vacíos… Tan sólo una sensación de fracaso.
Miré al suelo que, imperturbable, se desplegaba a mis pies. Tracé de nuevo una gran X donde hace tanto tiempo pude verla por primera vez y emprendí de nuevo mi camino.