Lágrimas de cristal

Escrito por Dr. SeROne
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Los últimos rayos del sol jugaban a introducirse en las lágrimas que los grandes ojos castaños de Shimo, el pequeño Gnomo, derramaban, y a salir de ellas multiplicados hasta el infinito. Muchas veces le habían dicho que llorar cuando ya todo había acabado era inútil, pero no podía dejar de cubrir de lágrimas el frágil e inerte cuerpo pálido de Eena, su compañera. Cada pequeña flor, cada retazo de brisa, cada brote de musgo sobre los nudosos troncos de los árboles… Todo en el bosque le recordaba ahora que ya no tenia nada.

Con sumo cuidado, depositó su cuerpo sobre un improvisado lecho de líquenes y musgos, recostando delicadamente su cabeza sobre una almohada de lirios. Eran sus flores favoritas. Rozando con su callosa mano el rostro de su compañera, Shimo se puso en pié, en medio del claro en oscuridad creciente. Se acercaba la hora, y también el seguiría los pasos del destino al que habían empujado a Eena. Se acercaban los humanos.

Y es que sobre ellos caía la peor de las maldiciones: la codicia del ser humano. Cuando alguno de ellos, los Gnomos, morían, todas sus lágrimas se convertían en perfectas cuentas del más puro cristal. Shimo conocía perfectamente el cruel método que los mortales utilizaban para procurarse estas lágrimas. No en vano, antes su bosque estuvo lleno de vida con ellos. Ahora Shimo contemplaba por última vez su bosque, mientras que este contemplaba por última vez a la pequeña gente. Con el moriría la esperanza. Y era inútil intentar evitarlo.

Siempre habían dicho que era un espectáculo irrepetible el ver el cuerpo de la Gnomo iluminado por las brillantes lágrimas de su compañero a la hora de su muerte. Shimo solo lamentaba el no poder ver a Eena en este momento. Miró a su alrededor aguzando su fino oído. Ya estaban llegando, destrozando todo a su paso. Como siempre hacían.

Lentamente, como disfrutando de esta última acción, se recostó junto al cuerpo inmóvil de su compañera en el lecho de líquenes y musgo. Todo seguía su curso. Tras matar a la Gnomo, ahora tan solo quedaba dar caza a su compañero. Luego todos los sueños materiales de los hombres se realizarían en esas lágrimas de cristal.

Con la última mirada ellos irrumpieron en el claro, soltando sus espantósos gritos de júbilo. Lo habían conseguido, otra vez. Shimo contuvo el impulso de cerrar sus ojos. Por una vez, el tambien asistiría a un gran espectáculo. El brillo del filo de los pesados hachas hacía que el claro se llenase de destellos danzantes cuando estas marcharon raudas hacia su cuello.

Tal vez era un espectáculo un poco caro…

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