¿Tal vez sea verdad lo que me dijiste?
Desde los solitarios parajes que rodeaban la pequeña colina verde llegaban diariamente ingentes cantidades de susurros. Susurros vivos de pena, aullidos en baja voz que expresan tristeza, lamentos sin cuerpo… Son los últimos vestigios de una batalla perdida, de la guerra con la muerte que nunca llegará a tan olvidados lugares, a recoger los despojos que dejaron de desear la vida incontables años atrás. La pequeña colina verde, al contrario, dormitaba entre toda esta desolación con la inocente alegría de ver que hay mas allá. Ella dominaba todos los confines de su isla, una isla muerta con un corazón muy vivo.
Entre el verdor de la cumbre descansaba una pequeña cabaña de brazos de madera y grandes ojos de cristal azul, desde los que se podía ver siempre el calmado mar que acunaba permanentemente la isla con el poderoso abrazo de los eternos. La puerta estaba abierta, y ante ella, siempre apoyado en el marco, un viejo marino dejaba que el humo de su pipa jugase con el viento mientras él observaba el incesante movimiento cíclico de las olas a lo lejos, siempre quieto, siempre expectante.
Ya hacía tiempo que había dejado de preguntarse que era lo que esperaba, cual era la fe que lo movía a observar la delgada e inestable línea azul del horizonte, día y noche. Pero aquel viejo marino, que había dado toda su vida al mar, y sin saber porqué, estaba seguro de que este un día se le entregaría también, la recompensa a un amigo fiel. A veces sentía también el impulso de mirar abajo, cuando algo que no podía determinar flaqueaba en su interior. Allí veía los yermos sumergidos en tristeza, y volvían a atacarle los ignorados susurros, las ancestrales letanías. En esos momentos el también se sumergía en las sordas notas de su melancolía, y esto le recordaba a sus años de vida, a su añorado pasado, haciendo que su vista se volviese a levantar al mar, otra vez a su eterno momento.
¿Tal vez porque todo cambia…?
Sintiéndolo allí profundo, todo el paso de su infinito tiempo acumuló silenciosamente las grandes cantidades de desidia que la isla le lanzaba en invisibles bocanadas, que tan solo la pequeña colina verde conseguía casi detener. Nada era suficiente.
Cada vez la melancolía era mayor, cada vez las miradas abajo eran mas largas, cada vez todo cambiaba más rápido… Las risas de su colina dejaban de oírse tapadas por los aullidos de la isla, pero aún así nada podía tapar el sonido de las lejanas olas, aunque cada vez las sentía más alejadas de sí. La eternidad seguía, pero ahora el tiempo dejaba una huella cada vez más profunda; pasaba…
Cada día sus miembros le pesaban más, cada día su fiel compañera, su pipa, tenía un sabor más amargo, como a derrota, cada día veía el cielo un poco menos azul, y los yermos oscuros de la isla un poco más arriba en su colina. Cada día se hacía un poco más viejo. Y cuando todo el tiempo que había transcurrido le atacó con un único y certero golpe, se planteó la única duda, la única pregunta que durante todo el tiempo que había gastado en la pequeña colina verde mirando al mar había tratado de eludir.
¿Y lo que dejaste atrás?
Con su mano rozó la madera oscura de la puerta, sintiendo su tacto áspero. La pipa resbaló entre la comisura de sus labios, emprendiendo una ignorada caída hacia ninguna parte. Decidió no pensar más y, dando un paso atrás, entró otra vez en su casa abandonada. Solo los lamentos de la isla acompañaron a la despedida muda de la colina.
-No llores por el, mi pequeña. No es tristeza, es alegría
Ha vuelto…