Luna

Escrito por Dr. SeROne
Bajo licencia Creative Commons Atribución-No derivados-No comercial

Nunca se había dado cuenta de que la astronomía era tanto para el, hasta que ella apareció en su vida. Cada noche la veía allá, siempre luminosa aunque su faz se oscureciese, pero hasta hacía tan solo unos pocos días, ella no significaba nada. Ahora no podía dejar de contemplarla durante horas, asomado a su ventana, como embrujado por un poderoso hechizo de seducción, como encantado por luz de plata. Ahora ella lo era todo, ahora sabía con certeza que ya no podría vivir sin su reflejo en el cristal de su ventana. Ya no podía estar sin su Luna.

Durante los días posteriores al mágico momento del encantamiento, se dio cuenta de que, si meditaba sobre las cosas o la gente alguna vez había querido, todas estas se podían equiparar a aquellos astros que pueblan el reino celeste. Al igual que con algunas cosas o gentes que podía decir que… odiaba. Nunca sabía si en verdad había odiado alguna vez a alguien. Nadie le dio jamás un sistema infalible para diferenciar sus continuos resentimientos a casi todo lo que le rodeaba de lo que llamamos odio.

Su vida se pobló de eternos viajes celestiales instantáneos. Frecuentemente se dejaba llevar por los recuerdos de su Luna, siendo ella su anfitriona en los largos paseos que entre aquellos astros, luminosos y alegres algunos, oscuros e inquietantes los otros. Y siempre sobresaliendo entre todos estaba ella. A veces le mostraba su cara alegre, jovial, conciliadora. En esos días le consolaba y alegraba provocando juguetones reflejos con sus rayos blancos sobre toda superficie que tuviese cerca. Otras veces le mostraba su cara triste, meditabunda, melancólica y ante todo misteriosa. Estos eran los días en que ella más le atraía. Encontró en ese misterio una gran pena, y deseó ayudarla como ella le había ayudado tantas veces con sus aflicciones.

Pronto ese afán de descifrar el misterio de su Luna se tornó en obsesión. El peso del misterio se notaba en todas sus acciones cotidianas, y pronto empezó a abandonar las actividades de su anterior vida para dedicarse plenamente a su Luna. La gente que le rodeaba notó el cambio, y empezó el acoso. En su escuela se empezaron a preguntar el porqué de aquel terrible descenso en su rendimiento escolar. Los profesores le acosaban a preguntas acerca de su vida, de sus problemas. Pronto empezaron a llegar a su casa aquellas cartas de la dirección de su escuela, y sus padres empezaron a realizarle las mismas estúpidas preguntas. ¡Todo le iba bien! No lo entendían. Hasta que un día llegó el hombre alto.

Cuando llegó a su casa lo vio sentado en su sillón favorito, en el pequeño recibidor de su casa. Como siempre, el llevaba bajo el brazo ese libro sobre la Luna que se había comprado, y en el que había invertido todos sus escasos ahorros. De todas formas, ahora no tenía tiempo para gastarlos fuera. El hombre alto sonrió y exclamó con un falso tono afectivo un saludo demasiado estudiado. Empezó a hacerle preguntas, para conocerle mejor. Había venido para ayudarle. Deseé decirle “Muchas gracias, pero a mí no me pasa nada”, pero no serviría de nada.

Ya le esperaba desde que llegó la última carta de la escuela. Desde su habitación oyó hablar a sus padres por teléfono. Buscaban a alguien que pudiera ayudarle… y ellos ni siquiera lo habían intentado. Ya estaba acostumbrado a que sus padres se comunicaran con el a través de otras personas. Siempre lo hacían. Y el se había acostumbrado a no recurrir a ellos… pero algunas veces sentía el deseo de comunicarles el misterio, de quitarse parte del grán peso que llevaba solo compartiendolo con ellos. Pero nunca había encontrado la oportunidad, y ellos no la propiciaban.

En los días siguientes, siempre que llegaba de la escuela se encontraba con el hombre alto, llegando a convertirse en un astro más de su vida, en uno de esos astros oscuros y enigmáticos. Se dio cuneta que delante tal vez tenía la oportunidad de encajar una de las piezas que formarían la puerta hacia el misterio de su Luna. Empezó a seguirle el juego.

Cada tarde, desde su habitación escuchaba la conversación del hombre alto con sus padres. Algunas veces eran unas palabras, y otras veces estaba largo tiempo hablando con ellos. Cada vez sus informes eran mas favorables, aunque el seguía con sus actividades de siempre. Era inteligente el hombre alto, pero había caído con el.

Pese a todo, su estado de ánimo estaba decayendo cada vez más. Su ilusión inicial por ayudar a su Luna, su mejor amiga, su silenciosa confidente, se había convertido en una tremenda impotencia. ¡Había pasado ya mucho tiempo y el no había conseguido nada! Tal vez el no fuera capaz de ayudarla, tal vez ella se había equivocado al escoger esta vez. Entonces lo vio claro.

En sus libros había leído que la humanidad siempre había recurrido a ella, y nunca les había defraudado. Su Luna siempre había actuado desinteresadamente, pero hasta ella también necesita recibir recíprocamente. Meditó acerca de su trato con su Luna. Aquellos paseos diarios con ella, agarrado de su mano, aquellas noches en que su llanto se había aplacado con esa sonrisa invisible… Siempre ella se daba entera, pero nadie la había correspondido nunca.

Apareció en el ese sentimiento de culpa que a veces le atormentaba, pero esta vez llegó de golpe y en una proporción descomunal. El peso del misterio de su Luna empezó a torturarlo, y la obsesión creció hasta el punto de no poder mirarla. Cada noche su Luna le regalaba aquella imágenes hechas de plata, y cuando el las miraba el sentimiento de culpa volvía a aflorar, mordiente, haciendo que la sola visión de esos destellos le quemase la conciencia. Y se escondía bajo las mantas de su cama, intentando huir del peso que el mismo había cogido y que ahora no podía abandonar. Y cada día le llamaba para pasear entre las estrellas. No podía rechazar su mano extendida, su hechizo nuca se desvanecería, pero ahora el paseo era tortuoso. No podía dejar de sentir que el no merecía el cálido tacto de su mano. Quería llorar y no podía, porque ante ella nadie podía llorar.

Cada día que pasaba intentaba encontrar una única forma en que él pudiera corresponderla. Y siempre llegaba al final del día con el mismo resultado. El no podía ayudarla, y lo sabía. Se había estado engañando todo el tiempo, y su Luna le había animado incluso sabiendo que no podría hacerlo. Esto le llenaba de una rabia interior que le impedía vivir.

Empezó a volverse menos sociable, y esta nueva actitud volvió a inquietar a sus profesores en la escuela. Volvieron a llegar cartas a su casa, y otra vez llegó el hombre alto. Otra vez estaba en su sillón favorito del recibidor, mirándole con cara prepotente. De nuevo comenzó el asedio diario de preguntas, y ahora sintió que el hombre alto le ganaba la partida. No podía contarle la pena que le afligía, no le entendería, y eso minaba las defensas que tenía hacia el acoso del hombre alto. Cada vez era mas ancha la sonrisa prepotente que iluminaba su cara, y cada vez eran más largas las conversaciones que tenía por las tardes con sus padres.

Creía saber porqué el se aislaba del resto de los chicos, creía saber porqué no podía concentrarse en las clases… creía conocerle y no tenía ni idea. Mientras intentaba ayudarle, el se iba sumiendo cada vez más en esa desesperación que le embargaba. Y estaba empezando a no soportarlo. Ya no podía dormir pensando que con no mirarla la negaba hasta su generosidad en forma de esas figuras de plata que ella le dispensaba cada noche. Ya no estaba a gusto ni despierto, porque sabia que ella vendría a dar un paseo por el cielo con el, y no podría negarse.

Su estado era cada vez más lamentable, hasta que una tarde, desde su habitación oyó hablar al hombre alto. Recomendaba a sus padres que le vieran otros como el, en un hospital, que tal vez tuviera que estar algún tiempo allí. A lo mejor eso era lo que le hacía falta. Alejarse de su vida actual pudiera ser la solución que andaba buscando, aunque lo trataran como a un vulgar… Da igual, tampoco allí le entenderían. Nadie se podía imaginar lo que estaba sufriendo.

No se opuso cuando sus padres le dijeron “Tenemos que hablar contigo”. Tampoco se opuso cuando le propusieron pasar una temporada donde el hombre alto trabajaba, ni se sorprendió al ver las blancas paredes de aquel hospital. Desde el principio le trataron como a un niño, algo que desde que encontró a su Luna ya no era. Pero el se dejaba, y les seguía el juego como ya hizo con el hombre alto.

Allí no oía las conversaciones del hombre alto, pero cada vez mas hombres y mujeres desconocidas le iban a hacer preguntas “… para conocerte mejor”. Y a todos les seguía el juego. Le gustaba ver como sus caras prepotentes se desmoronaban al final de cada infructuosa sesión. Pero por las noches seguía sin librarse de la amistad que su Luna se empeñaba en entregarle.

Una noche cuando luchaba por no aceptar las figuras que su Luna dibujaba en el cristal de su ventana, descubrió el secreto que afligía a su luna cuando le mostraba su cara misteriosa y melancólica. Fue repentino, tan rápido como el más devastador terremoto. Se descubrió lentamente la cabeza aprisionada por la cálida manta azul y allí estaba ella, radiante, sonriendo porque en verdad había descubierto que le pasaba. Su Luna estaba sola.

Por primera vez en mucho tiempo sonrió, mientras pegaba su cara al frío cristal. “Siento haber tardado tanto” parecía decirle con sus ojos fijamente clavados en ella. Su Luna estaba hoy más radiante y luminosa que nunca, como compartiendo la alegría por el descubrimiento. Abrió suavemente la ventana para no provocar ningún ruido, y se sentó en la inestable y estrecha cornisa.

Su Luna volvió a extender su mano, con ese gesto que solo ella podía expresar. Sus rayos de plata le decían que nunca le abandonaría, y su faz brillante le animaba a coger la mano que ella le ofrecía. Pero por una vez el tendría que alcanzar su mano. ¡Venga, acércate un poco más! El extendió su mano un poco más, tambaleándose en la cornisa, hasta que pronto se sintió flotando.

Ahora por fin la alcanzaría…

Algunos astrónomos vieron como esa noche una lejana estrella se apagaba. Debido a la explosión y a un efecto de reflexión de la luz, parte de esa explosión fue reflejada por la luna, causando una brillo anormal en nuestro satélite durante unos breves minutos. Esa noche, un chico de once años se suicidó en un hospital psiquiátrico. Nadie sabe el motivo. Tampoco a nadie le importó.

Deja un comentario