Nuestra historia ha estado marcada desde sus inicios por los sentimientos. Todos nuestros actos han estado siempre dictados por ese complejo mundo que es nuestro interior, el instinto, el cariño, el odio, el amor, el miedo… Pero no hay historia más terrible que la que la unión de estos dos últimos escribe, la triste historia de una noche.
I
La puerta crujió y se abrió suavemente, proyectando una difusa luz en el interior de la pequeña y agobiante habitación. Los cientos de libros que se amontonaban por doquier parecían esta noche tambaleantes torres a punto de desplomarse. El amplio sillón de suave cuero rojo hoy no invitaba a la apacible visión de la noche por la única ventana, ya que ni el cielo se mostraba a través de la sucia lámina de cristal. La sombra de Centinela recortó el tenue trazado zigzagueante del aún más oscuro suelo. Y sintió que ahora hasta su hogar se le había revelado. Todo iba mal. Hoy había sentido miedo.
Apartando con las manos aquella presión que le impedía pensar con claridad, condujo su desgarbado cuerpo hasta su puesto. Intentó centrarse, pero cuando se derrumbó como un pesado fardo en el rojo sillón otra vez regresó su fantasma. Un sordo gemido escapó de entre sus labios. Cerró los ojos otra vez, unos segundos, como para cerciorarse de que todo lo que le estaba pasando en verdad acontecía, y la muda respuesta fue raudamente contestada. Clavó los ojos como cada noche en la pequeña ventana, deseando fervorosamente que sus ojos no miraran al subconsciente. Pero solo veía esa imagen.
Aquellos ojos que le miraban, inexpresivos, aquella mueca de indiferencia en el rostro, aquellos labios desafiantes… Hoy su templo interior se había derrumbado con una sola frase, con un solo golpe de vista, provocando en Centinela una inseguridad impropia. Su titilante espíritu se estaba apagando del todo, dando paso a una sombra incierta, que estaba borrando poco a poco el recuerdo de lo que debería ser. El mundo que le rodeaba lo había notado, y se lo estaba haciendo saber.
La tensión, apenas llegó a la tranquilidad de su sillón, había comenzado a martillear su sien, provocando un estado de nerviosismo que no podía controlar. Habían vuelto las ganas de irse, y sabía que perdería demasiado. Evadirse hoy no le serviría, pues tenía su dolor clavado muy dentro, allí donde una vez él colocó ese rostro que ahora le torturaba, la efigie perfecta de lo que Centinela una vez deseó. Ahora solo le apenaban sus pequeñas.
Meditó hasta que ya no pudo soportar el encontrar más dolor, y la única vía que encontró no se hallaba junto a ellas. Eso todavía le atormentaba más cruentamente. Encendió la gastada vela roja que reposaba sobre el pesado candelabro de bronce que dormitaba ante él. La llama comenzó a deleitarle con su danza caótica, pero ni eso podía hacer ya que Centinela hallase el consuelo. Debía quedarse, y para ello el enfrentamiento era inevitable. Y cuanto antes se produjese menos sufriría. El Tiempo era el más cruento de todos.
Se irguió rápidamente, como para infundirse el valor que no tenía. A su espalda su oscuro doble danzaba con la llama de la vela, burlándose de la desgracia de su propia existencia real, ajena en su mundo invisible. Se inclinó para apagar la vela, pero pensó que si tal vez alguna vez volviese, le gustaría encontrar otra vez la danzante viruta de fuego, el único elemento de imperturbable actividad de su existencia. A Centinela le gustaba el fuego. Se irguió de nuevo y dirigió su mirada a sus pequeñas, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que iba a hacer lo que debía.
Temiendo perder la ligera euforia que había sentido durante un segundo, Centinela dio un gran paso hacia la pequeña puerta. En ese momento, toda la agobiante atmósfera de la habitación se le cayó encima, de golpe. Retornó la inseguridad, el miedo. Retornó a sus ojos la imagen, su tortura, hablando de derrota con sus fríos ojos, tal vez porque nadie supo nunca calentarlos. Pensó un momento en aquella nueva apreciación. Tal vez aquella imagen no era dura, sino triste. A lo mejor Centinela había fallado hoy como siempre lo hacía.
Un libro crujió bajo sus pies. Se agachó y acarició suavemente el título de grandes letras doradas con las yemas de los dedos: El país al que nunca se llega… Si, le había buscado. Le depositó en el regazo de su sofá, también él le esperaría. Entonces vio que la Luna le miraba con su faz luminosa, allá en su lejanía, acariciando su rostro con finas manos de plata. Decidido, Centinela se dirigió hacia la puerta, que abrió y cruzó tan suavemente como había entrado. Ahora sabía que no estaba solo…
II
Sus pisadas resonaban sobre el duro pavimento de aquel estrecho callejón, produciendo un débil eco que llenaba el sucio aire. Si no podía irse, debería arrancarse aquel rostro de dentro. El país al que nunca se llega le seducía cada vez más, y Centinela aumentó el discontinuo ritmo de sus pasos. Ya veía a lo lejos aquella puerta. Con suerte todavía estaría allí.
Sentada en el polvoriento descansillo que precedía a la puerta de madera oscura, dormitaba una pequeña figura, de chiquilla. Tan solo su cara de Ángel revelaba que ante Centinela estaba ante mucho más que eso. Vestía con ajustadas prendas multicolores, y su cabeza estaba coronada por un impresionante sombrero de terciopelo rojo, que dejaba escapar jirones de liso pelo hacia sus oscuros ojos. Esos ojos, eso era lo que de verdad asustaba a Centinela.
Toda la inteligencia que Centinela alguna vez había tenido en ellos había sentido, y todavía percibía ese elemento desconocido que tanto le desconcertaba. Nunca conoció a ninguna criatura como la que tenía ahora enfrente. Tal vez por eso nunca la llegara a dar ni lo más ínfimo. Ahora venía a devolverle su ira. No se la merecía.
Niña giró su rostro hacia él. Una sonrisa iluminó su rostro esta vez, ahuyentando el incipiente miedo que había comenzado a minar la moral de Centinela. Grácilmente, Niña se irguió desplegando su misterio entero. Su esbelto cuerpo cantaba himnos de atracción, mientras que sus ojos fijos, clavados en Centinela, le recriminaban todo acto. Ambos rostros se igualaron bajo la parpadeante luz blancuzca que los coronaba. Una ligera brisa hacía que los delicados mechones de Niña acariciasen la temblorosa cara de Centinela.
-¿No te has dado cuenta todavía?
-Al contrario. He venido por eso. Ya nada volverá si Tu no lo traes. Pero he de pedirte algo, y tu has de cumplirlo…
La sonrisa de Niña decreció, y hasta el mundo pareció oscurecerse con ella. No estaba en el derecho de pedir nada, y Centinela lo sabía, pero su vida no podría ser si la petición no era realizada. Era como una necesidad vital si la cual su débil corazón no podría continuar su labor. Recordó a sus pequeñas, recordó aquella mirada de su Luna, recordó aquel día en el pasado.
-Pasó contigo, ya lo sé, pero todo ha de seguir igual sin estarlo.
-¿Y si así no fuera?
-Moriría.
Niña le observó más de cerca. Ahora sus ojos le sondeaban con un aire curioso, intentando descubrir el fondo de lo dicho. A Centinela le pareció estar mirando el interior de la caja de Pandora, el nacimiento de un nuevo mundo, la cuna del ansiado Misterio… Eran dos pozos sin fondo, destino a lo que una vez deseó.
-No puedo hacerlo. Lo que una vez alteraste ya es imposible restaurar. Sigue, ya nada puedes hacer. Yo nada voy a hacer.
El mundo se paró en ese instante, mientras ante centinela se repetían mil veces los movimientos de sus labios. Lentamente el efecto deseado por Niña empapó la esperanza en la que se había escudado Centinela. Pobre. Ahora sus temores flotaban de nuevo, Mientras sus labios intentaban esbozar aquella palabra que nunca consiguió sacar ante ella. Ya era inútil todo
Niña retiró su rostro y ante Centinela ya solo quedó el vacío. Lo esperaba. Miró al cielo pero tampoco allí encontró nada. Lentamente, emprendió el regreso que nunca culminaría. A su espalda, la efigie de Niña se había vuelto a replegar ante la puerta. Ni de su mirada era merecedor. Ya no vería más a sus pequeñas, ya nunca podría permanecer, ya nada volvería a ser igual, siéndolo a cada momento. Y ya no podía oír mas que una palabra, traída por cada eco, cada rumor, cada viruta de viento. Nada…
Pero todo estaba preparado ahora para partir. La niebla comenzó a rodearlo, abrazándolo, tocando y acariciando todo su cuerpo, pero Centinela solo sentía que ya nada sentía. Sus pequeñas regresaron, trayendo una lágrima a sus ojos cerrados, que no fueron capaces de retenerla.
Una lágrima, una sola, inútil en un mundo que ya no podía ser para él. Todo se había dicho. Ya nada, nunca nada, nada.
III
Volvió a crujir la puerta de la pequeña y agobiante habitación. Pero ya todo era diferente. La vela había cesado su danza, sumiendo al cuartucho en una patética penumbra. O eso le parecía a Centinela.
Las altas torres de libros le parecían ahora inofensivas, incapaces de dañarle lo más mínimo. Nadie podría recibir más daño, e incluso la muerte a Centinela le parecía ahora tranquilizadora. Esto era lo más triste. Centinela no podía morir por más que quisiera. Solo le esperaba el tan odiado exilio que ya antes había sufrido en silencio, lejos de todo por lo que había sentido algo remotamente parecido al cariño.
Agarrándose al suave respaldo de su sillón, reprimió sus ganas de gritar. A través del vidrio que tenía enfrente, vio a sus pequeñas perdidas, desorientadas. Le buscaban, pero ya nunca le encontrarían. Por ellas de verdad sufría Centinela. Pero el ya no era útil, ya no podía protegerlas. Su vida aquí había acabado tan rápidamente como había comenzado.
El miedo volvió, pero esta vez era miedo a marcharse, a dejarlo todo de nuevo. Sobre la mullida almohada del sofá vio el libro, esperándole. El país al que nunca se llega… Ahogando un suspiro, se acomodó de nuevo en la protección de su sofá, en un movimiento que ya tenía sobradamente estudiado. Acarició las letras doradas mientras sus ojos buscaban el nombre del autor. Allí estaba: Centinela, escrito en pequeños y elaborados caracteres en brillante cobrizo.
Extendió su mano hacia los restos deformados de la vela y tomó una pequeña porción de la suave y delicada cera. Le recordaba a su piel, a su cara. A lo que ya nunca tendría . Cerrando fuertemente el puño, formó una pequeña bola roja que alzó ante sus ojos entre dos dedos. Todo era tan efímero como aquella pequeña esfera: su mundo, sus sentimientos, su vida. Hizo una leve presión con los dedos hasta que la esfera desapareció en una masa informe. Así desaparecería el, pero solo desaparecería para volver a aparecer otra vez de nuevo. Formó con la cera ahora un pequeño cubo. Era como Centinela llamaba un cambio. Y estaba cansado de cambiar, de abandonarlo todo…
Pensó por un instante en permanecer toda su eternidad estático, inactivo, tranquilo. Pero esa tranquilidad no existía en su universo. Centinela estaba abnegado a cambiar, y cambiar, y cambiar permanentemente. Era su realidad y tenía que aceptarla. Depositó el pequeño cubo cerca del pié del candelabro sucio de cera.
Ahora ya no podía parar nada, era la hora. Agarró firmemente el lomo del libro mientras pasaba lentamente las páginas, una a una. Allí estaba toda su vida, momento a momento, ilusión a ilusión, recuerdo a recuerdo. Mientras sus ojos se humedecían, llegó a la última página escrita, a la palabra temida. Nada. De ahí en adelante, estaba tan en blanco como su futuro. Cogió una pluma cargada de tinta y se dispuso a escribir su nuevo destino, su nueva vida.
Pronto despertaría de nuevo, en otro lugar totalmente diferente al anterior. Y tal vez por fin Centinela encontraría su país, el país al que nunca se llega.
* * * * *
Esta noche es paralela, esta noche nunca sucederá, pero lo que es seguro es que algún día todo pasará. Y cuando el nuevo día despierte, los sentimientos habrán cambiado. Pero lo que es seguro es que como siempre nos seguirán dominando. Y volverán a cambiarnos. Y se volverán a encontrar otra vez, provocando historias como la de esta noche. Somos humanos…