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	<title>MundoLiterario</title>
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	<description>Un mundo de literatura a tu alcance. ¡Lee, descubre y comparte!</description>
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		<title>Concierto improvisado</title>
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		<pubDate>Sun, 08 Aug 2010 01:45:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
				<category><![CDATA[Dr. SeROne]]></category>
		<category><![CDATA[cantante]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
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		<description><![CDATA[Ella miraba el violin que el chico sostenía inseguro entre las manos. Se paró ante él y le dijo: -¡Eh! Toca una canción para mi, ¡por favor! Él alzó la mirada, sorprendido. -Pero&#8230; ¡yo no se tocar! -exclamó. Pero, tras pensar un segundo, añadió-. Está bien, tocaré si tu cantas para mi. -¿Cantar? ¡Yo no [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ella miraba el violin que el chico sostenía inseguro entre las manos. Se paró ante él y le dijo:</p>
<p>-¡Eh! Toca una canción para mi, ¡por favor!</p>
<p>Él alzó la mirada, sorprendido.</p>
<p>-Pero&#8230; ¡yo no se tocar! -exclamó. Pero, tras pensar un segundo, añadió-. Está bien, tocaré si tu cantas para mi.</p>
<p>-¿Cantar? ¡Yo no sé cantar! No&#8230;</p>
<p>Ambos se miraron en silencio durante varios segundos, y entonces él empezó a tocar y ella empezó a cantar. Los transeuntes que pasaban por aquella calle tuvieron que taparse los oidos y apartarse de allí, horrorizados, pero para ellos fue el mejor concierto que jamás habían escuchado&#8230;</p>
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		<title>Tenía que haberlo sospechado</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Jul 2010 07:13:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
				<category><![CDATA[Federico Manuel Rodríguez Sluismans]]></category>
		<category><![CDATA[barcaros]]></category>
		<category><![CDATA[caballeros]]></category>
		<category><![CDATA[capitalismo]]></category>
		<category><![CDATA[historia]]></category>
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		<description><![CDATA[Tenía que haberlo sospechado, yo, que soy catedrático de historia. Haber sabido leer los indicios y alertar a la sociedad de un futuro tan poco esperanzador. Al menos, tenía que haberme preparado para lo que se nos avecinaba… ”No dejes de correr”. —¿Cómo que corporativismo? ¿Qué coño es eso? Mi amigo y colega Stephan no [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tenía que haberlo sospechado, yo, que soy catedrático de historia. Haber sabido leer los indicios y alertar a la sociedad de un futuro tan poco esperanzador. Al menos, tenía que haberme preparado para lo que se nos avecinaba…</p>
<p>”No dejes de correr”.</p>
<p>—¿Cómo que corporativismo? ¿Qué coño es eso?</p>
<p>Mi amigo y colega Stephan no compartía mi opinión en absoluto.</p>
<p>—Te han traumatizado los martillos desfilantes de “Pink floid”<span id="more-115"></span> —continuó tratando de quitar hierro al asunto.</p>
<p>Rellené su copa con un poco más de vino. Stephan era de las pocas personas que resultaban brillantes cuando compartían sin prisas una buena botella. Su capacidad de síntesis y de relación siempre explotaba en una asombrosa conclusión, que ansiaba escuchar.</p>
<p>—Es inevitable, lo sabes. Las únicas empresas que sobrevivirán a la crisis son las que se unan. Surgirán macro empresas, que irán absorbiendo a la competencia; y estos monopolios, con el paso del tiempo, irán ganando un mayor poder político. Hasta tal punto que la idea de estado no tendrá sentido…</p>
<p>Realicé una pausa para permitir alguna objeción, pero Stephan mantenía la mirada perdida en su copa. Era evidente su preocupación.</p>
<p>—… Porque el sistema de créditos, lo que paradójicamente ha provocado la ruptura del capitalismo a nivel general, será la base económica de esta nueva era a nivel particular. La gente dejará de ganar dólares o euros, ganarán derechos y créditos por su trabajo en la compañía. La compañía será quien cuide de tu salud, la compañía será quien eduque a nuestros hijos. Y si eres medianamente feliz, será gracias a los privilegios disfrutados en la compañía…</p>
<p>Tomé la copa de la mesa y mojé los labios. ¿Por qué no reaccionaba Stephan?</p>
<p>—Los grandes accionistas serán los nuevos caballeros feudales, y no dejarán de vivir bien, porque tendrán millones de esclavos que trabajarán en una sociedad muy jerarquizada. Trabajarán por nada, sólo para conseguir una mejor posición laboral, que será sinónima de la social.</p>
<p>—¿Has terminado?</p>
<p>—Sí, sólo añadir que en esta sociedad no habrá grandes revueltas ni violencia… que todos serán moderadamente felices con la vida que les toque, pero no serán conscientes de que no tienen libertad,… ni alternativa para decidir. Seremos autómatas: comer, trabajar, dormir; comer, trabajar, dormir…</p>
<p>—¿Has visto la película “Mad max”? Esa será tu sociedad venidera, todo lo demás es un reflejo de tu mundo interior, de tus miedos y esperanzas.</p>
<p>Recuerdo no haber manifestado sorpresa alguna, pero era obvio por la sonrisita de Stephan, que nuevamente me había sorprendido. ¿Reflejo de mi mundo interior?¿”Mad max”? Aún pensaba en Mel Gigson cuando aparcaba el coche, al día siguiente, en el aparcamiento reservado para profesores, en el campus universitario de Toulouse.</p>
<p>“No te pares”.</p>
<p>—Todos comprenderán que la caída del imperio romano, ante los invasores bárbaros del norte, no se produjo en un solo día —explicaba a mis alumnos—. ¿Alguien sabe por qué?</p>
<p>Unas pocas manos se levantaron en el aula. Nadie rompía el respetuoso silencio que provocaba mi autoridad. Dirigí mi sonrisa complaciente a una joven de aspecto tímido.</p>
<p>—Las tribus del norte no estaban organizadas —respondió. Simplemente probaban fortuna por libre…</p>
<p>—¡Exacto! —grité.</p>
<p>Creo que no ocultaba bien mi predisposición por Susane, sabía aún antes de corregir sus exámenes que aprobaría, que rozaría la excelencia.</p>
<p>—El senado no podía aprobar nuevos presupuestos para el mantenimiento de sus fronteras… Se puede decir que la conquista de Britannia supuso el primer paso hacia la ruina de las arcas del estado, porque no se obtuvieron los beneficios esperados, por los costes que suponía mantener la paz en un territorio constantemente acosado por tribus hostiles.</p>
<p>—Los ciudadanos romanos quedaron abandonados a su suerte… —añadió Susane, que aún permanecía en pie.</p>
<p>—Cierto, te puedes sentar. Pero afortunadamente para esas pobres gentes que confiaban en el imperio, los bárbaros eran personas de instintos básicos. Ya sabéis, comer, procrear y que nadie les molestara mientras disfrutaban de las cosas buenas de la vida…</p>
<p>—Los bárbaros no comían y procreaban… ¡Violaban y saqueaban! —protestó Susane desde la tribuna.</p>
<p>—Desde luego, pero como en todo, es una simple cuestión de perspectiva. Desde su punto de vista, sólo molestaban un poco, un precio demasiado pequeño para mejorar la raza de esos decadentes individuos del imperio romano… ¡No tenían ambiciones políticas! ¿No os dais cuenta? Ni políticas, ni artísticas ni tecnológicas. Su presencia dejó un vacío en la historia…Fueron años oscuros, pero los antiguos ciudadanos romanos sobrevivieron. Se mezclaron costumbres, ritos, creencias… aparecieron nuevos dialectos.</p>
<p>La clase acabó con el sonido de una campana, pero Susane no la dio por concluida.</p>
<p>—El imperio se desmoronó a poquitos, ¿verdad? —me preguntó acercándose a mi mesa.</p>
<p>Asentí con la barbilla. Dos jóvenes se sumaron a nosotros.</p>
<p>—Cada tribu asentada normalmente permanecía en sus tierras ocupadas, a no ser que las rencillas con otra tribu rival los expulsara y acabaran avanzando más hacia el sur, ocupando nuevos territorios que apenas ofrecían resistencia a su paso. ¿Si fueras un bárbaro y no tuvieras que comer, no te irías al sur habiendo escuchado cientos de historias que hablan de paraísos sin custodia, paraísos de abundancia, de trigo, de buen ganado, de bellas mujeres?</p>
<p>—Es como la inmigración ilegal de ahora —se aventuró un joven de pelo largo—. Se cuelan en los Estados Unidos o en España pensando que encontrarán un paraíso y se encuentran con otro infierno, tal vez más civilizado.</p>
<p>—Interesante —admití— pero hay una pequeña salvedad. Los bárbaros eran los fuertes del momento, eran los futuros señores feudales de la edad media, porque tenían todo el poder que su espada y caballo pudieran abarcar y mantener. Y los romanos eran los débiles. Ahora recibimos invasiones de gentes que buscan un presente mejor, pero ellos son los débiles y en el mejor de los casos acabarán como mano de obra barata, y nosotros… —un escalofrío me sacudió la espalda— seremos los que dictan las reglas del juego.</p>
<p>—Tal vez los romanos sintieran la misma prepotencia que nosotros… —opinó el joven de pelo largo, creo que era la pareja de Susane, por el modo posesivo con el que trataba de retener la mano de ella entre las suyas.</p>
<p>Un segundo estremecimiento me sorprendió.</p>
<p>—Entiendo, una gran civilización como la nuestra nunca puede desaparecer…</p>
<p>Los tres chicos mostraron cara de sorpresa.</p>
<p>—Eso es lo que pensaría un romano —añadí y al instante surgieron gestos de aprobación.</p>
<p>“Sigue corriendo”.</p>
<p>Hacía mucho calor y ya no se encontraba en las farmacias, desde hacía mucho tiempo, inhaladores contra el asma. Sí, padezco esta enfermedad respiratoria, pero desapareció en la adolescencia con el desarrollo corporal. Que vuelva a tener accesos de tos poco tiene que ver con el vínculo emocional que las provoca, a no ser que una pandilla de gamberros con cadenas y mazas corriendo detrás de ti, no sea suficiente estímulo…</p>
<p>¿Pero que pretenden? No hay dinero, no tengo nada que les pueda valer. “Sigue corriendo, que no sospechen que estás enfermo… Tal vez abandonen la persecución por otro más débil. Nada, no se cansan. ¿Qué habrá sido de la policía?”.</p>
<p>—¡Socorro! ¡Policía!</p>
<p>El eco mezcló mi lamento con las risas de mis perseguidores. En las calles vacías no circulaban coches, la basura se amontonaba sin orden en las aceras, y nadie prestaba atención a las cacerías. Me acordé, sin saber por qué, de Susane. Me acordé de una de las últimas clases que había impartido en la universidad, hace unos años… Ya entonces estaba preocupado por este presente.</p>
<p>“¿Has visto Mad-Max? Esa será tu sociedad venidera”, afirmaba un Stephan preocupado y atemporal. “Los bárbaros no comían y procreaban… ¡Saqueaban y violaban!”, me recordaba Susane desde la memoria. Y luego, estúpido de mí, no pude reprimir mi respuesta: “Exacto, pero como en todo, es una cuestión de perspectiva”. ¿Desde qué perspectiva se supone que tengo que ver las cosas ahora? ¿Mi pedantería me salvará el culo?</p>
<p>No existe ningún tipo de orden, nadie ayuda a nadie… Se respira una anarquía absoluta. A los que se esconden, a los que fingen que no pasa nada, les grité:</p>
<p>—¡Algún día os tocará a vosotros! ¡Cabrones!</p>
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		<title>Rutinas</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jul 2010 09:02:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
				<category><![CDATA[Federico Manuel Rodríguez Sluismans]]></category>
		<category><![CDATA[arma]]></category>
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		<description><![CDATA[Mi nombre no tiene importancia, pero diré que me llaman Ray, el sargento Ray “Smile”, porque nunca sonrío; que pertenezco a la cuarta brigada de la primera división de infantería, de Fort Knox, en Kentucky. Y confieso que amo a mi patria… —¡Arrrgh! —graznó un ave de llamativas plumas de colores. …y a mi loro, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mi nombre no tiene importancia, pero diré que me llaman Ray, el sargento Ray “Smile”, porque nunca sonrío; que pertenezco a la cuarta brigada de la primera división de infantería, de Fort Knox, en Kentucky. Y confieso que amo a mi patria…</p>
<p>—¡Arrrgh! —graznó un ave de llamativas plumas de colores.</p>
<p>…y a mi loro, aunque no hable. El hombre de la tienda de mascotas me aseguró que con un poco de paciencia el animal acabaría por mantener conversaciones, un poco surrealistas me atrevería a decir yo, pero conversaciones al fin y al cabo. Para alguien que siempre ha vivido solo tiene mucha importancia verbalizar los pensamientos<span id="more-112"></span>, exteriorizar sentimientos; y aun más para un tipo como yo (al menos eso es lo que mantienen los psicólogos del ejército).</p>
<p>—Son animales muy intuitivos —afirmaba el hombre de la tienda de mascotas—, son ellos los que juegan con nosotros&#8230; ¡Nos estudian! Son capaces de repetir determinadas palabras que saben que nos divierten, nos molestan o nos entristecen… Comprar un loro no es comprar una mascota, es tener un amigo en casa.</p>
<p>El vendedor sostuvo la mirada en silencio. Sólo faltaba su mano encima de mi hombro, para convencerme de que no podía haber hecho mejor elección. No importaba el hecho de que aparentara ser un tipo anormal, incapacitado para las relaciones sociales; aceptaba los prejuicios que pudiera tener sobre mí, porque no tendría más trato con esa persona. Pero ay de él si hubiera puesto esa mano en mi hombro… “Le habría dislocado el brazo por tres sitios”.</p>
<p>—Está bien, amigo, me ha convencido —dije sin poder reprimir la idea absurda de que cuando ese hombre llegara a su casa se encontraría con la misma mujer de los últimos veinte años de matrimonio, que le recibiría con un gruñido y que en la cama el único calor lo encontraría con el roce de las mantas. “Yo sin embargo me follo a unas putas buenísimas siempre que quiero y nunca me dan el coñazo en casa”. Sonreí, ya estábamos en paz. El vendedor me devolvió la sonrisa.</p>
<p>—Hola… hola… hola… —dije yo nada más llegar a casa y ubicar la jaula en el salón.</p>
<p>Tal vez le intimidaba que le observara como a un recluta, estudiando sus rasgos, deduciendo su carácter y sopesando una respuesta probable, porque el loro retrocedía en su jaula. No lo puedo evitar, siempre miro a los ojos&#8230; y cuando no los tienen, como un tanque o un helicóptero, me los invento en la boca del cañón o en el cristal que protege al piloto.</p>
<p>—Hola… hola… hola…</p>
<p>Traté de suavizar mi voz, de dulcificar el tono, de no taladrarle el cráneo con la mirada…</p>
<p>Pero mi loro nunca habló, ni una palabra. Sólo gritaba, agudos exabruptos que ponían a prueba mi paciencia. No importaba, soy un producto del gobierno republicano y sé que no hay nada que resista a la rutina, a una vida regulada al cumplimiento estricto de unas normas.</p>
<p>De este modo procedí al saludo triplicado en cuanto llegaba a casa, normalmente a media tarde, después de comer, y por la noche. También saludaba por triplicado por las mañanas, nada más levantarme de la cama. Eran las únicas palabras que le dirigía al testarudo animal, y hasta que no se las aprendiera no iba a dirigirle otras.</p>
<p>Habían transcurrido casi tres meses desde la adquisición de mi nuevo “amigo” alado, pero todavía no había aprendido a decir “hola”, y sólo cuando estaba de buen humor se dignaba a contestar a mi saludo con sus estridentes gritos. Probé a retirarle el alimento en las horas diurnas y dosificar lo justo por la noche, para que se alegrara de verme —al satisfacer su necesidad más perentoria— y me hablara.</p>
<p>No hubo manera.</p>
<p>—¡Arrrrrgh! —chilló el loro.</p>
<p>Me encendí un cigarrillo y procedí a desmontar mi arma reglamentaria, una beretta 92. Era una rutina más de las que regulaban mi vida. Limpiar y engrasar sus partes me ayudaba a calmar la ansiedad, incluso en los días que no había tenido ocasión para su uso. Me ayudaba a dormir. Amartillé el arma varias veces, para confirmar el comportamiento perfecto del arma.</p>
<p>El característico sonido de sus piezas metálicas en fricción era música en mis oídos. “Soy un hombre de acción”, suspiré anhelando una bocanada de gasolina quemada de un vehículo de guerra. “No te estás pudriendo, Ray…”</p>
<p>—¡No te estás pudriendo en este campamento de mariquitas!</p>
<p>Suspiré otra vez, había gritado una vez más. Tenía que calmarme, controlar la agresividad, los psicólogos y sus dichosos cuestionarios podrían provocar un cambio de destino aún peor, como ordenanza de algún alto cargo que la burocracia militar siempre necesita. El loro me ayudaría.</p>
<p>Y me volví hacia él con una sonrisa torcida. Todavía no había pronunciado mis tres “holas” cuando el loro retrocedió acobardado. Sería tan fácil estrangular ese gaznate hacedor de ruidos desagradables, ¿quién me lo impediría? ¿Los psicólogos? Estiré la mano y… apagué el interruptor de la luz. Me dormí con mi habitual desasosiego, imaginando vidas en las que yo era feliz hasta que el sueño misericordioso me arropó de inconsciencia.</p>
<p>—¡Clic clack! ¡Clic clack!</p>
<p>Ese ruido era reconocible de entre un millón, y sólo lo producían las armas automáticas al amartillar el percutor. A las cinco y cuarto de la mañana, era obvio que no lo había hecho yo, a no ser que fuera sonámbulo y tuviera un arma en las manos. No era el caso… ¡Había alguien que se disponía a dispararme!</p>
<p>Con el sabor de la adrenalina en la boca salté de la cama, rodé por la moqueta de la habitación hasta situarme detrás de la cómoda y traté de recomponer la escena desde una situación menos peligrosa. Amartillé mi arma.</p>
<p>—¡Clic clack! —sonó mi arma— ¡Estoy armado y voy a disparar a matar! —grité.</p>
<p>—¡Clic clack! ¡Clic clack! —amartillaron nuevamente unas armas desde el salón.</p>
<p>“¿Pero cuántas veces van a desencasquillar estos capullos, si todavía no han disparado?” Una sospecha relampagueó en la oscuridad de la madrugada. Obviando toda protección me alcé y prendí la luz del salón. No había nadie, sólo el loro que se arrellanaba en el fondo de la jaula.</p>
<p>—Has sido tú, ¿verdad, cabronazo?</p>
<p>Sentía el corazón a punto de reventar en el pecho. Apagué la luz, no quería que mi nuevo amigo me viera al borde de un ataque de nervios. Ya no descansé en lo que me quedaba de noche. Cuando sonó el despertador tenía pocas ganas de saludar al puñetero loro, pero… soy un hombre de principios.</p>
<p>—Hola… hola… hola…</p>
<p>Un saludo, tres palabras repetidas mecánicamente, y ninguna respuesta, como siempre. Hablar no hablaba, pero tenía una habilidad extraordinaria para reproducir sonidos mucho más complicados. Me sonreí… “¡Joder con el loro! ¡Cómo desencasquilla el cabrón!”.</p>
<p>Por la noche, antes de poner los granos en el comedero de la jaula, insistí en la rutina del saludo. Obtuve los mismos resultados de siempre. Amartillé el arma reteniendo el impulso irracional de usarla contra ese montón de plumas tocapelotas, chillón, que llenaba de mierda no sólo la jaula sino buena parte del salón —parecía esforzarse en llegar hasta el dormitorio— y que, además, se divertía asustándome de madrugada.</p>
<p>—¡Tira las armas, no tienes ninguna posibilidad! —grité al loro.</p>
<p>Desamartillé el arma, enfadado. Vi una película de acción, de esas con poco argumento y muchos tiros; justo lo que necesitaba para relajarme. El amplificador de sonido del “Home cinema” vibraba a la máxima potencia con cada explosión del televisor, me quedé dormido bajo el dulce sonido de ráfagas de ametralladoras. Decenas de soldados caían despedazados al suelo, soñaba que era yo quien apretaba el gatillo.</p>
<p>La función “sleep” cumplió perfectamente su cometido, una hora y media más tarde la tele se apagó sola permitiéndome dormir en el sofá. No era la primera vez que cabeceaba en el salón, normalmente acababa por acostarme en la cama de madrugada, incomodado por una mala postura o con sed, ocasionada por las cuatro o cinco latas de cerveza que bebía cada noche.</p>
<p>Esta noche no fue así, la fricción de los metales de un arma automática reverberó en el salón, advirtiendo que un instante después lo último que escucharía sería una detonación. Desperté sobresaltado, maldiciendo haber dejado mi arma reglamentaria tan lejos del sofá.</p>
<p>Me arrojé cuerpo a tierra, sobre los botes vacíos de cerveza. Mi mano aplastó uno y en un momento lo partí por la mitad. Un arma blanca un poco miserable, pero bien usada podría ser de utilidad.</p>
<p>—¡Clic clack! ¡Clic clack!</p>
<p>Nuevamente habían amartillado las armas… entonces comprendí. En la casa no había nadie. Aun antes de encender la luz de la estancia, y recibir una luz bendita que exorciza los rincones oscuros, sabía que el loro se apretujaría contra el fondo de la jaula… riéndose en silencio.</p>
<p>Miré el reloj de pulsera, eran las cinco y cuarto de la mañana. “¡Otra vez!”, maldije en silencio. Esto se convertía en una nueva rutina, yo trataba de enseñar al loro que dijera “Hola” y el loro me contestaba a las cinco y cuarto de cada madrugada… ¿Qué pretendía? ¿Que lo matara?</p>
<p>—¡Juro por dios, loro tocapelotas, que como mañana me hagas lo mismo te mato! ¡Te mato!</p>
<p>Me acosté enfadado, sabiendo que daría vueltas en la cama sin dormir hasta que el despertador sonara cinco minutos antes que la corneta del campamento.</p>
<p>—Hola…”cabrón” —pensé—. Hola… “hijoputa” —añadí mentalmente—. Hola… “mariconazo” —completé para mis adentros.</p>
<p>El loro no gritó, hizo bien en no darme una excusa para lanzarle una mesa encima. No regresé a casa para comer, no quería ver al animal. Y la verdad es que me desahogué con los reclutas. En los últimos días les di más caña de lo normal… “¡Que se jodan, para eso son machacas!”.</p>
<p>Es cierto, cuanto más exijas mejor responden. Muchos de esos mariquitas ahora son hombres de provecho. Sí, gracias a mí. ¡No es tarea fácil corregir en unos pocos meses años enteros de mimos de mamá! Enderezar actitudes y conductas exige primero destrucción de vicios, y los mandos saben que hay pocos tan bien dotados como yo en esos menesteres.</p>
<p>Y no hay nada mejor que un loro cabrón para acentuar mis virtudes naturales. No, no me voy a permitir remordimientos por ese recluta, ¿cómo cojones se llamaba? Qué importancia tiene, llorará hoy y me lo agradecerá mañana. Como siempre.</p>
<p>—Hola… hola… hola… —saludé al loro buscando un poco de afecto.</p>
<p>No tenía grandes expectativas de que me respondiera. Hasta la fecha se cumplía las advertencias del vendedor como negras profecías: no podía evitar sentirme un poco la mascota del loro. Me preparé unos emparedados de jamón de yorck y queso para cenar. Me acosté en la cama, desmonté el arma para el engrase y limpieza de sus partes, y amartillé y disparé varias veces sin bala en la recámara y sin el cargador. Funcionaba correctamente. Apagué las luces.</p>
<p>Si esta madrugada, al loro le apetecía jugar conmigo de nuevo se llevaría una buena sorpresa. Hasta entonces había reaccionado con benevolencia; hoy no sería tan indulgente, porque tampoco me molestaba demasiado corregir vicios de conducta a un loro al más puro estilo sargento “smile”.</p>
<p>Y me dormí, pero con ese estado de alerta especial del que está prevenido porque sabe que lo van a despertar. Y no falló, a las cinco y cuarto de la madrugada, según marcaba los dígitos fosforescentes del despertador, del salón llegó el esperado sonido de un arma amartillándose.</p>
<p>—¡Clic clack!</p>
<p>Fingí dormir, en caso de que el loro se pusiera pesado le arrojaría un cubo de agua fría que tenía preparado al pie de la cama.</p>
<p>—¡Clic clack! ¡Clic clack!</p>
<p>La sensación de “dejà vu” desapareció en cuanto encendí las luces del salón y tres encapuchados, sorprendidos por mi repentina aparición, levantaron sus pistolas hacia mí. El cubo que tenía en las manos no era el arma más apropiada para la ocasión.</p>
<p>—¿Qué hacemos ahora? —susurró unos de ellos.</p>
<p>Eran armas del ejército americano, hablaban con acento americano. Los pasamontañas servían de poco para ocultar su juventud, y el mero hecho de llevarlos puestos indicaba que no pretendían matarme. “Jodidos reclutas, mañana sabré quienes sois”.</p>
<p>—Seguir el plan…</p>
<p>—Si os vais por donde habéis entrado mañana no habrá represalias… —advertí con mi natural tono de autoridad, dulcificado por las circunstancias.</p>
<p>—¿Represalias?</p>
<p>Y utilizó el arma, con toda la contundencia del frío metal contra mi cara. Dos veces.</p>
<p>—Mírate, por dios… ¡Das asco! Sangras igual que un cerdo… ¿Sabes cómo tratamos a los cerdos en mi pueblo? —interrogó el que me había golpeado, sacando una navaja de afeitar.</p>
<p>—¿Afeitándoles la cara? —repliqué con sorna.</p>
<p>Todavía creía que sólo pretendía darme una lección.</p>
<p>De nuevo el metal de su arma besó mi piel, con la pasión violenta del que mucho ha sufrido. El loro gritó asustado, agitaba las alas dentro de la jaula. Sus estridencias reverberaban por el salón sin cesar. Escupí sangre. El golpe me había afectado esta vez el oído, es posible que tuviera la mandíbula fracturada. Ya no podía responder.</p>
<p>—Primero lo capamos, y después lo degollamos… —aclaró uno.</p>
<p>—Creo que tu loro está hambriento —advirtió el que me había golpeado por tres veces. —Habrá que darle de comer… ¡Bájate los pantalones!</p>
<p>El loro inesperadamente se calló. Casi era un alivio, aguantaba mejor los golpes de los encapuchados que los gritos del animal. Me disponía a bajar los pantalones del pijama, cuando una voz tronó en el salón.</p>
<p>—¡Tira las armas…! ¡No tienes ninguna posibilidad! —gritó una voz metalizada por un megáfono.</p>
<p>Las luces amarillas de un camión de basuras destellaron a través de las ventanas del salón.</p>
<p>—¡Es la policía militar! ¡Nos han pillado joder! —gritó uno quitándose la capucha.</p>
<p>En su nerviosismo pensaba que deshaciéndose de objeto tan delator de delito podría pasar por recluta de servicio. El sonido de una ráfaga de ametralladora envolvió la estancia. Ni un solo impacto se advirtió en las paredes.</p>
<p>—¡Es un aviso! ¡Nos van a machacar! —gritó otro tirando al suelo su pistola.</p>
<p>—¿Sabes cómo tratamos a los cerdos en mi pueblo? —sonó la voz metalizada de un megáfono, era algo más que una amenaza.</p>
<p>—¡Tienen hasta micrófonos!</p>
<p>El jefecillo de la banda tiró la navaja y la pistola, automáticamente los tres levantaron los brazos en señal de rendición. Circunstancia que aproveché para recoger las armas.</p>
<p>—Todos afuera —exigí sintiendo un profundo dolor en la quijada.</p>
<p>Por nada del mundo quería que se perdieran el gran momento de su detención. La puerta se abrió, las luces amarillas saltaron enloquecidas hacia el interior, y allí, con estupor, descubrieron al camión de basuras vaciando los contenedores de mis vecinos. No había soldados ni policía militar, no había coches patrulla ni hombres con megáfono… No había nada.</p>
<p>—Pero… pero… la ametralladora… ¡Todos la oímos!</p>
<p>Quien llevaba armas listas para disparar en ese momento era yo, sentía un intenso dolor de cabeza y llevaba tres días durmiendo mal… No, no me dieron ninguna razón para disparar. Todos se quedaron quietecitos, estupefactos, al descubrir una extraña amistad entre el loro y yo.</p>
<p style="text-align: center;">Arrrrrgh (fin, según mi loro)</p>
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		<title>Recuerdos Vanos</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Jun 2010 08:13:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
				<category><![CDATA[Jull Antonio Casas Romero]]></category>
		<category><![CDATA[embolia]]></category>
		<category><![CDATA[futuro]]></category>
		<category><![CDATA[medianoche]]></category>
		<category><![CDATA[metáforas]]></category>
		<category><![CDATA[recuerdos]]></category>

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		<description><![CDATA[Es mas de medianoche en el rincón más aletargado de mi mente, ya quedan solo minutos antes de que pierda por completo la lucidez del ayer y me sumerja en el abismo del mañana para reclamar a la semiinconsciencia aquellas imágenes que quiero olvidar pero que están omnipresentes, las imágenes del pasado cercano o tal [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Es mas de medianoche en el rincón más aletargado de mi mente, ya quedan solo minutos antes de que pierda por completo la lucidez del ayer y me sumerja en el abismo del mañana para reclamar a la semiinconsciencia aquellas imágenes que quiero olvidar pero que están omnipresentes, las imágenes del pasado cercano o tal vez remoto, no se inclusive si alguna vez estas existieron o son solo figuras fantasmales en las sinapsis de mis deseos, o si son metáforas de las ilusiones difusas que se abren  a menudo desde las páginas del libro de los recuerdos.</p>
<p>Por un momento recobro la lucidez, estimulado por un mensaje emergente de mi ordenador, un aviso de correo entrante<span id="more-110"></span> con un tema extraño… <strong>No olvides el mañana&#8230;</strong>, eso dice el tema y no entiendo el porqué de la invitación, no quiero abrir el mensaje tal vez tenga algún virus que dañe mi ordenador y haga que pierda la poca información que queda después del la ultima hecatombe informática, pero por elección involuntaria de mis dedos, el mensaje se abre y muestra a mis ojos el siguiente mensaje textual….</p>
<p style="padding-left: 30px;"><em>Escribo esto desde un mañana improbable y que tal vez no exista si es que tu nunca leas o hagas caso a este mensaje; es un día adelante en el tiempo y te escribo a ti navegante del pasado para que decidas si yo y todo lo que paso en mi tiempo sean una realidad,</em></p>
<p style="padding-left: 30px;"><em>Si te quedas despierto 10 minutos mas sufrirás una embolia que te dejara paralitico desde el cuello hasta los pies y tendrás que escribir este mensaje con un lápiz, digitando una por una las teclas de este mensaje; hoy son las 9 am y no llegarás a realizar nada de lo que quieras en el futuro porque estarás paralitico ante esta misma pantalla escribiendo este mensaje que te advierta de lo que te pasará…</em></p>
<p>Lógicamente y gracias a mi mentalidad escéptica envío este mensaje a la papelera, nunca hago caso a las cadenas ni mensajes graciosos de mi correo, estoy completamente despierto ahora y creo que navegare hasta que pasen los diez minutos solo para demostrarme a mí y la razón que este fue un mal chiste enviado por algún gracioso de la red, hay cada tontera que envían y nunca creí en nada de lo que se menciona por allí donde estaría si haría caso a esas falacias de algún inútil que no tiene más arte que inventar mensajes subliminales,  no es posible que eso pase y lo probare escribiendo hasta que pase el tiempo determinado, es mas ya pasaron 9 minutos y me rio de lo que pusieron… que decían ah sí&#8230; que me daría una embolia&#8230; Pero eso no es posible, yo soy alguien muy sano y no tengo antecedentes de ello….</p>
<p>Ya quedan unos segundos…  si sigo escribiendo será porque la razón triunfo a un vano recuerdo no sé si real pues aunque vuelvo a buscar el mensaje en mi bandeja no lo encuentro… si no escribo….</p>
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		<title>Relatos de la inundación</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Jun 2010 00:10:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
				<category><![CDATA[Lidia Ester Lobaiza]]></category>
		<category><![CDATA[agua]]></category>
		<category><![CDATA[inundación]]></category>
		<category><![CDATA[lluvia]]></category>

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		<description><![CDATA[Llueve lluvia, llueven lágrimas, llueve tanta desgracia junta; y es tan grande su avanzada pluvial, que no hay límites precisos entre la tierra y el cielo, porque todo es de un mismo color: color agua y desesperanza. Llueve…sobre los tejados, los árboles, el asfalto, el río, los caminos, los campos…las quintas, donde ya sobrevuelan las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Llueve lluvia, llueven lágrimas, llueve tanta desgracia junta; y es tan grande su avanzada pluvial, que  no hay límites precisos entre  la tierra y el cielo, porque todo es de un mismo color: color agua y  desesperanza.</p>
<p>Llueve…sobre los tejados, los árboles, el asfalto, el río, los caminos, los campos…las quintas, donde ya sobrevuelan las golondrinas de adelantada; aquellas que colocaron mulching, fertilizantes, y están plantando en los surcos rectilíneos los ejemplares más cotizados, los que con ayuda de Dios, nos darán la “primicia”; la frutilla , que en la ciudad –mercado de Buenos Aires, alcanzará el precio máximo del año; preludio de pagos, <span id="more-107"></span>de nuevas plantaciones, de alegrías para peones y patrones.</p>
<p>Pero siguen cayendo gotas, miles, millones…y de pronto una inmensa sábana líquida se abalanza destruyendo el trabajo,  pero aún creemos que el agua pasará, porque la arena de Coronda absorberá todo,  y de nuevo reiniciaremos la siembra. Pero no, no hay pausas, y cada vez con más fuerza, se desata un nuevo diluvio- no predicho en la Biblia,  no se perfilan los surcos, y escapan los naylon  asustados, y como una nueva especie de camalotes allá van aterrorizadas, girando sin compás, las costosas “primicias”, llevándose los sueños, los sudores, el pan, las promesas.</p>
<p>Ahora son torrentes que bajan, sobrepasan canales, murallas, zanjas, desagües, borran el curso de los arroyos y de las cañadas, de la autopista, y como víboras se escurren , borrando límites, sembrados, alambrados, árboles, ante los ojos desorbitados de las liebres y perdices, de las nutrias y carpinchos, de teros y garzas, y de aves, tantas aves, que buscan sus nidos , huevos, pichones, una rama en la cual posarse..</p>
<p>Cuatrocientos, quinientos milímetros, así, como si tal cosa, como si fuera algo conocido, mientras el primitivo silencio se llena de gritos, de llamados, porque ya el arroyo abrió su enorme boca y fagocitó el puente; no hay tiempo para escapar, no hay refugios, dónde guarecerse; mugidos, relinchos, retumbo de pezuñas, balidos de agotamiento, lanas chorreantes, vuelos abatidos, cachorros, crías, todo, todo desaparece por el aluvión de esa lava cristalina, que puja, puja, hasta parir, la más atroz inundación.</p>
<p>Nada respeta, es una cimitarra de gotas: cercena, destruye, y crece, crece, se eleva, leva como un pan de muerte, se abalanza sobre la Colonia Corondina, cubre sus históricas calles, el “camino real”; en cuya arena transcurrió mi infancia, tapa las ventanas de mi antigua casa, y las de mis vecinos, y sigue velozmente,  como un rayo cruza la ruta, es entonces cuando el miedo y el llanto se conjugan a la vez; son un mismo gemido en Santa María, Tiro Federal, Guadalupe, Barrio Pérez, Lafuente, Basualdo, la otrora Clínica de conducta, el punto más bajo de Coronda; cuya cancha de fútbol se convierte en una  catarata, y luego en un arroyo de tres metros de profundidad- algo impensado como destino turístico-; “baja desde los muros, jazmín de lluvia con olor a ausencias”; e intrusa, con rugido de puma, se  desquita sobre las casas, repta hasta los muebles, rompe, arrastra,  barre como una inmensa escoba destructora; la gente pide ayuda de tantos lados, de todos lados… y para colmo, agua también llega desde otros lugares, como una visita desagradable, a quien nadie invitó, sólo para llenarnos de más miedo, de horror, de espanto.</p>
<p>Atropella las escuelas rurales, empapa las Banderas, desparrama libros, tizas, bancos, archivos, comedores, mapas, riquezas logradas entre padres, alumnos y maestras.</p>
<p>Me duele en el alma la “Pablo Pizzurno”; porque ella funcionó, hasta levantar su propio edificio, en casa de mis suegros, entonces era conocida cono”la escuela de Rivera”. Y en ella aprendieron mi esposo y sus hermanos; mis primos, los amigos, donde la querida”Chila Rapuzzi”, fue su eterna docente..</p>
<p>En nuestra quinta, nada podemos hacer, ahora también es un nuevo río.</p>
<p>Pero algo sí,  debemos realizar. Allí están las camionetas, el tractor, los carros.</p>
<p>Y zigzagueando entre el barro y el agua, sacamos la gente que pudimos, algunos pocos enseres, el atadito de ropa, los niños, descalzos, llorosos, los mocos colgando, llenos de miedo, los bebés hipando, prendidos a los pezones de sus madres, los hombres con la mascota en brazos, empapados; lo plasmamos porque son nuestros hermanos, aquellos que hace un rato trataban de salvar, de aferrarse inútilmente a las plantitas de frutilla.</p>
<p>Después, a la zona sur; y es allí donde recién doy rienda suelta a tanto espanto y dolor; cuando veo la casa de Aldo, mi buen amigo Aldo, lamida por minúsculas olas, como latidos de impotencia, y es porque recuerdo cuánto tiempo trabajó mi padre junto a su familia.</p>
<p>La casa de Manolo está cercada, con pasos de gigante, la insidiosa avanza. Luis saca el auto (que después descansará en mi cochera); María Angélica carga cuanto puede, hasta mi nieto Ulises colabora. Van y vienen, y cuando el agua arrasa, recién pueden rescatar a Felisa, la cuñada, mojada hasta arriba de la  cintura.</p>
<p>Cargan gente, muebles, llantos. El carro ya no da más. Se bambolea. La camioneta empieza a moverse, dificultosamente, entre la corriente.</p>
<p>Los que quedan, corren un gran peligro, gritan pidiendo ayuda. Todos sentimos un hierro caliente en el corazón. Y suplican: -¡llevame el perro, aunque sea!</p>
<p>De pronto pareció que me ahogaba, como si el agua me sobrepasara; pero eran mis ojos, mis manos y mi desesperación…porque vi, lo que jamás hubiera querido ver.</p>
<p>La querida Alba, seño de música de mi nieto, muy enferma; es sacada por algunas personas de su casa inundada y llevada en una lanchita, rumbo a un centro médico.</p>
<p>Y unos días después…a lo mejor, confundida, sin saber si el cielo estaba en el agua, o el agua en el cielo, con una gran sonrisa, subida a una escala musical, se internó entre las nubes, y se fue a enseñar con toda su dulzura, canciones, rondas, y notas, a los niños que partieron antes, y la están esperando con alas y candelas.</p>
<p>Yo vi personas buenas  trabajar, ayudar, reconfortar: Intendente, instituciones, maestras, médicos, enfermeras, policías, medios de comunicación, bomberos, empleados municipales, particulares; haciendo brechas,  con palas, con máquinas, con bombas,  con camiones, camionetas, caballos, salvando abuelos, niños, padres, madres, discapacitados, llevándolos a los Centros de evacuados, donde otras tantas manos anónimas donan , reciben, clasifican, entregan , ropa, comida, consuelo. Y creo, firmemente, que los medios de comunicación, se llevaron las palmas, señalando lugares, escuchando, concurriendo, listos para dar el alerta donde fuese necesario</p>
<p>Vi otra Coronda: solidaria, donde “todos éramos inundados”, con espíritu lleno de luz, como en una distinta navidad.</p>
<p>Aunque los años hayan dejado al descubierto lo mejor y lo peor de cada uno; en ese momento, nos unió una catástrofe sin precedentes. Pudimos rescatar la esencia de nuestro pueblo, y afirmarnos en la premisa de volver a empezar.</p>
<p>Ahora que el agua pasó… recorro las calles, los barrios, veo los rostros aún más angustiados de la gente. Tanto daño a tanto esfuerzo…borrando hasta los más caros recuerdos…las raíces, los rastros de nuestras vidas.</p>
<p>Y este sol que me calienta el alma me hace pensar en la mirada de Dios,  que desde arriba nos exhorta, con su infinita bondad, a que no nos dejemos estar, porque si bien la lluvia ya pasó, hay tanto por reconstruir, por levantar las obras necesarias, devolvernos el puente, ayudar a  los más humildes, a los que todo perdieron; en el menor tiempo posible. Esta advertencia del Creador, significa no olvidar y  que jamás torne a suceder. Para que no nos vuelva a rondar el miedo, la angustia, el dolor. Para que Coronda  progrese y todos sus habitantes, tengamos la ciudad que  merecemos.</p>
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		<title>Bravo, lindo y peleador</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Jun 2010 23:29:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
				<category><![CDATA[Lidia Ester Lobaiza]]></category>
		<category><![CDATA[bagre amarillo]]></category>
		<category><![CDATA[pez]]></category>
		<category><![CDATA[rio Praná]]></category>

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		<description><![CDATA[Un día de intenso calor, deseoso de refrescarse, el Padre del cielo dibujó una larga , sinuosa y profunda raya en el suelo. De allí, en un momento, brotó agua fresca y abundante, hasta formar un hermoso río. Zambulléndose en sus aguas, el Creador pensó en bellas islas, multitud de arroyos, árboles diversos, hierbas abundantes, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un día de intenso calor, deseoso  de refrescarse, el Padre del cielo dibujó una larga , sinuosa y profunda raya en el suelo. De allí, en un momento, brotó agua fresca y abundante, hasta formar un hermoso río.</p>
<p>Zambulléndose en sus aguas, el Creador pensó en bellas islas, multitud de arroyos, árboles diversos, hierbas abundantes, animales diferentes, y muchos, muchísimos peces . Y a medida que imaginaba, la naturaleza tomaba la forma de su pensamiento, hasta hacerse realidad un paisaje de esplendor inigualable.</p>
<p>- ¿Cómo llamaré a esta aguas? &#8211; se preguntó.  <span id="more-104"></span>Bueno, tengo tiempo  para pensarlo, ahora voy a nadar un rato.</p>
<p>Y mientras braceaba de aquí para allá,  se vio rodeado de peces igualitos unos a otros, en tal  número , que tuvo que salir , y acomodarse en un tronco de sauce , para desde allí, escuchar lo que cada uno quería decirle.</p>
<p>- Padre , te agradecemos la vida- dijo el más osado- pero nos gustaría que nos dieras una característica particular, porque así nos confundimos todos. ¡ Ni siquiera sabemos cómo llamarnos!.</p>
<p>- Me parece una buena idea- dijo el Creador, después de pensarlo un poco. &#8211; ¡A ver, a ver!. Pónganse en fila, y de a uno me exponen su deseo personal. ¡Che, che, che, no empujen!, ¡ no se peleen!, ¡ dejen de pegarse con la cola!. ¡Les prometo que a todos los voy a atender, y les concederé  lo que quieran!.</p>
<p>Alentados por el envite, cada uno de los peticionantes expuso sus pretensiones.</p>
<p>Las yabebuí o rayas dijeron los suyo: &#8211; Yo quiero ser la brava o negra.</p>
<p>- Y yo la fina- pidió la otra.  Y tener las dos una chuza para defendernos.</p>
<p>-         Sea- sentenció el Gran Padre.</p>
<p>A continuación desfilaron muchos peces. La enorme familia de las mojarras y dientudos , no se anduvo con chiquitas, y obtuvo características y nombres tales como: mojarra común, gata, monjita, machete y añamembuí; las palometas, consiguieron los de palometa brava, la amarilla y la mora, carniceras, depredadoras; los pacú ,vegetarianos, quisieron tener sus ocho o diez kilos de peso.</p>
<p>-         Nosotros vamos a ser los armados, che Padrecito-</p>
<p>- ¡ Dejá  hablar a los otros, chancho !- y allí nomás se le pegó ese nombre. Y claro, otro quiso tallar también .- ¡Yo voy a ser el gallego!.- ¿Por lo porfiado?- se rió el Creador.  – Y yo el común.  ¿Y vos , che?.- ¿Yo?. ¡Apretador!-  exclamó- entre la algarabía de todos los animales que escuchaban desde la costa.</p>
<p>Le tocó después  a los ejemplares de carne muy apreciada: -¡Me llamaré manduví!.- ¡Sí!, ¡ja, ja, ja!, ¡y cabezón además!.</p>
<p>-Y puede que alguno te diga también manduvá o manduvé- le aclaró el Padre del cielo.</p>
<p>-Yo seré el manduvé fino- aclaró otro, que se creía  muy importante y no alcanzaba  a pesar un kilo.</p>
<p>A continuación el Padrecito tuvo un sobresalto: -¡La pucha!. ¡ Se me fue la mano pensando!. Mirá vos que pedazo de pez!. Decime: ¿Cómo te vas a llamar?.</p>
<p>-         Manguruyú- Che Padre- Y quiero tener mis sesenta kilos. Y pertene-</p>
<p>cer a la familia de los bagres.</p>
<p>-         ¿Y quién más quiere tener ese parentesco?- preguntó el Hacedor.</p>
<p>-         ¡Nosotros, nosotros!- dijeron varias voces.</p>
<p>Y así se les concedió ese deseo al surubí pintado  o manchado, al enorme surubí atigrado o rojizo; al bellísimo patí, el moncholo blanco. Y otros se llamaron sólo bagres, algunos el  manchado, el bagre sapo, el lagunero. Los demás  buscaron nombres más importantes y prefirieron el apelativo de : manduvé cucharón, y  manguruyú chico,</p>
<p>Así durante tres días con sus noches, el Creador estuvo concediendo dones y nombres ,porque continuaron las viejas del agua, los sábalos, las bogas, el pirayú o dorado, también llamado tigre del río por su vigor y pelea. ¡Concedió tanto ¡.  A unos les dio colores brillantes, a otros, dientes fuertes, a otros , radiantes escamas, peso, cuerpo, aletas, colas , carne, sabor.</p>
<p>Terminado ese período, el Hacedor estaba agotado, a pesar que disfrutaba de su obra. Después de cabecear una siestita, decidió refrescarse un rato, zambulléndose como un pez más, en aguas tan deliciosas.</p>
<p>De pronto sintió que a su lado, imitando sus movimientos , un animal acuático descolorido e insignificante , le tocaba el costado, mientras con voz débil le decía;-  Señor, ¡te olvidaste de mi!.</p>
<p>-         Y vos . ¿quién sos?. ¿Qué querés, si todos ya pidieron algo?.</p>
<p>-         No sé quien soy, puesto que no me has dado nombre.</p>
<p>-         Decime,  a ver, ¿qué cosas de las que he creado  te gusta más?.</p>
<p>- ¡El sol !. ¡ Me gusta el sol! .¡Es tan lindo, tan lindo, tan luminoso..</p>
<p>-         ¡Eso es ¡- exclamó el Señor.  Vas a quedar lindo, muy lindo, pequeño, sabroso, y ambarino. Desde hoy te llamarás amarillo.</p>
<p>-         ¡Gracias, Padre!. Y pensar que no me arrimaba a vos porque decían mis compañeros que te ibas a enojar mucho si te molestaba.</p>
<p>-         Pero te arrimaste&#8230;</p>
<p>-         ¡Claro!, no les hice caso. Yo sé que sos muy bueno.</p>
<p>-         ¡Y además,  sos bravo!- exclamó entre risas el Creador.</p>
<p>Así fue. Y así es hoy. Un pez de pequeño porte, de hasta un kilogramo de peso, llamado también bagre amarillo, o simplemente amarillo. Muy buscado por el pescador deportivo, porque ofrece lucha antes de rendirse, de carne riquísima  y muy cotizada, que abunda en los arroyos interiores y en nuestro río. Porque no todos los peces creados  se quedaron en nuestras aguas&#8230;algunos se fueron más arriba, en busca de más calor y alimento.</p>
<p>La otra sorpresa que nos tenia reservada el Hacedor: fue llamarlo  Río  Coronda.,si el Padrecito conoció su nombre desde el momento en que lo creó para regocijarse, El mismo, de la frescura de sus aguas&#8230;como hacemos hoy nosotros en cada verano que nos convoca  a  disfrutar de su curso, de sus playas, de sus frutos, de su maratón y de su fiesta de los pescadores de sueños, con trasmallos de luz y canoas como pájaros balanceándose al sol</p>
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		<title>Renuncia</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Jun 2010 23:27:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
				<category><![CDATA[Jean Pierre Bravo Zapata]]></category>
		<category><![CDATA[despedida]]></category>
		<category><![CDATA[maltrato]]></category>
		<category><![CDATA[odio]]></category>
		<category><![CDATA[renuncia]]></category>
		<category><![CDATA[señora]]></category>

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		<description><![CDATA[“Estimada señora: Disculpará la brevedad de esta notita pero tuve que escribirla mientras usted salía de compras con su amiga la Chela. Me estoy yendo de su casa porque en realidad usted como patrona es mala, siempre insulta y todo, y una se cansa porque tiene su orgullo pues. Como ya se habrá dado cuenta, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>“Estimada señora:</p>
<p>Disculpará la brevedad de esta notita pero tuve que escribirla mientras usted salía de compras con su amiga la Chela. Me estoy yendo de su casa porque en realidad usted como patrona es mala, siempre insulta y todo, y una se cansa porque tiene su orgullo pues. Como ya se habrá dado cuenta, me llevé el televisor de la sala, no crea que por maldad, sino porque ya estaba muy acostumbrada a la telenovela de las seis. También me estoy llevando el adornito de muñequitas que tanto me gusta y sus joyas, menos la sortija esa que fue de su mamá, para que no diga que soy mala gente. Disculpe que se lo diga pero usted siempre fue una mierda, quizá por eso no tiene hijos ni esposo. Le dejo el almuerzo en el microondas. Hasta nunca.</p>
<p style="text-align: right;">Felicia”.</p>
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		<title>Feliz Navidad</title>
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		<pubDate>Sat, 20 Mar 2010 12:07:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
				<category><![CDATA[Antonio Fassa]]></category>
		<category><![CDATA[cuchillo]]></category>
		<category><![CDATA[navidad]]></category>
		<category><![CDATA[santa claus]]></category>

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		<description><![CDATA[Dejé de creer en Santa Claus cuando mi madre me llevó a verlo en unos grandes almacenes y el me pidió un autógrafo. (Shirley Temple) Santa Claus bajó de su rutilante trineo y, emprendió la escalada hacia el cenit ceniciento de la firme chimenea que, coronaba la elegante mansión de los Collins. Una vez en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 150px;"><em>Dejé de creer en Santa Claus cuando mi madre me llevó a verlo en unos grandes almacenes y el me pidió un autógrafo.<br />
(Shirley Temple)</em></p>
<p>Santa Claus bajó de su rutilante trineo y, emprendió la escalada hacia el cenit ceniciento de la firme chimenea que, coronaba la elegante mansión de los Collins. Una vez en la cima, se introdujo casi a presión dentro del humeante y oscuro orificio, deslizando su oronda figura, hasta aterrizar en el interior de la lujosa vivienda.</p>
<p>Sacó uno de los regalos de la enorme bolsa de arpillera, y lo colocó bajo el iluminado abeto.</p>
<p>El joven Phillip Collins no lograba conciliar el sueño, estaba nervioso, y empezaba a escuchar el torpe y delatador ruido que hacia Papá Noel<span id="more-98"></span>, mientras colocaba la codiciada mercancía, sobre el tronco inerte del árbol de Navidad.</p>
<p>-Al fin te tengo ante mí, gordo seboso -dijo Phillip arrugando la frente-. Te voy a dejar seco, maldito tripón.</p>
<p>-¡¡Hijo mio, suelta ese cuchillo por todos los diablos!! -gritó Papá Noel temeroso, he iracundo al mismo tiempo-. Vas a cometer el más grave de los magnicidios. ¡¡No puedes matarme mocoso!!</p>
<p>El niño, asió el frío estilete por la hoja y la arrojó sobre el dadivoso gordinflón con fuerza inusitada, como si de un lanzador de puñales circense se tratara. El cuchillo, voló a toda velocidad dando vueltas, y más vueltas, hasta clavarse igual que una mortífera saeta, en el corazón del entrañable personaje.</p>
<p>El señor y la señora Collins, irrumpieron en el salón principal, aterrorizados debido a los alaridos lastimeros que aquel moribundo Santa Claus, lanzaba en forma de insoportables bramidos.</p>
<p>-¡¡Dios mio!! ¿pero que has hecho? -vociferó Sophie Collins traumatizada, ante tan dantesca escena.</p>
<p>-¡¡Voy a acabar contigo maldito asesino!! -sentenció Henry-. ¡¡Te voy a matar asesino!!</p>
<p>El señor Collins, arrancó de cuajo el cuchillo de cocina del pecho de Santa Claus y, se dirigió enérgicamente hacia su hijo, con intención de asestarle todas las puñaladas posibles, quizás hasta llegar a la la extenuación; pero en ese preciso instante, el enorme árbol cayó sobre él, aplastándole y, electrocutándole en el acto, a consecuencia de su destellante entramado eléctrico.</p>
<p>La señora Collins, emitió un grito que parecía la melodía de un orgasmo, y el pequeño Phillip, contemplaba boquiabierto los dos cuerpos, uno, junto a un reguero de sangre que parecía la prolongación líquida de su rojizo atuendo, y el otro, calcinado y humeante, como el resultado fallido de un asado navideño.</p>
<p>-Soy feliz -sentenció Phillip Collins mientras se hurgaba la nariz-, muy feliz mamá.</p>
<p>-Feliz Navidad -musitó Sophie.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://delugaresynaufragios.blogspot.com/">http://delugaresynaufragios.blogspot.com/</a></p>
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		<title>Arrols</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Feb 2010 14:18:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
				<category><![CDATA[Nathalie Evrevin]]></category>

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		<description><![CDATA[Cada anochecer, cuando los últimos rayos del rey se desvanecian en un roce amoroso sobre las colinas, un airecillo húmedo y refrescante se liberaba de las mazmorras verdes del bosque Plir. Cada anochecer, cuando el tiempo parecia ralentizarse y la eternidad tomaba el protagonismo, cuando la tranquilidad sussurraba lindos secretos en el corazon de los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p lang="es-ES">Cada anochecer, cuando los últimos rayos del rey se desvanecian en un roce amoroso sobre las colinas, un airecillo húmedo y refrescante se liberaba de las mazmorras verdes del bosque Plir. Cada anochecer, cuando el tiempo parecia ralentizarse y la eternidad tomaba el protagonismo, cuando la tranquilidad sussurraba lindos secretos en el corazon de los seres vivos, una flor de un color pálido pero reluciente se abría en las profundidades de este mundo. Una cancion dulce empezaba a bailar entre las hojas de las grandes torres del bosque, despertando así a<span id="more-93"></span> los <em>savios</em> oscuros. La melodia empezaba timida, deslizandose en los largos brazos de la brisa. Dejándose llevar por ella, mantenía sus finos y delicados dedos tendidos hacia los grandes <em>savios</em>, acariciando asi sus cortezas gruesas y duras. Arrols esperaba alli, entre la muchedumbre, quieto e inquieto por el momento en que aquellos dedos llegarian a rozar su cuerpo inmenso. La melodia se oía cada vez más fuerte y más veloz. Cuando las hojas empezaran a bailar, la melodia ya habría hecho presa de el en un instante. Sentiria la sinfonía de la vida. En el tiempo que dura un abrir y cerrar de ojos sentiria cómo sus raices se despegaban del suelo y su tronco se estiraba hasta la flor de las profundidades. Sentiria que existía, sin mas, sin ninguna razon necesaria, su existencia se liberaria de cualquier apego con significados estériles, estaría muerto, por fin libre.</p>
<p style="text-align: center;" lang="es-ES"><img class="aligncenter" title="Arrols" src="http://farm3.static.flickr.com/2752/4348903336_5b0a045a2f.jpg" alt="" width="378" height="500" /></p>
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		<title>Estrellas caídas</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Feb 2010 17:20:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
				<category><![CDATA[Nathalie Evrevin]]></category>

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		<description><![CDATA[Érase una vez en un pueblecito lejano, muy lejano de estas tierras donde vivimos los duendes, dos niñas humanas Sandra y Maomé. Sandra y Maomé eran amigas desde largos años ya, desde siempre. Desde nunca, se habían separado las dos amigas. Siempre juntas habían compartido todo, tanto los juegos de princesas, dragones y ranas, como [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Érase una vez en un pueblecito lejano, muy lejano de estas tierras donde vivimos los duendes, dos niñas humanas Sandra y Maomé.</p>
<p><img class="alignleft" style="margin-left: 10px; margin-right: 10px;" title="Estrellas caídas" src="http://farm5.static.flickr.com/4030/4330695298_4599230f9d_b.jpg" alt="" width="200" />Sandra y Maomé eran amigas desde largos años ya, desde siempre. Desde nunca, se habían separado las dos amigas. Siempre juntas habían compartido todo, tanto los juegos de princesas, dragones y ranas, como los paseos por el campo en búsqueda de flores y hadas, los baños con las sirenas en el río de Fandir, las fechorías hechas y rehechas al señor Fermín, o las increíbles historias del abuelo Andrés sobre la magia de los arboles, sobre duendes y gnomos. Siempre las estrellas se habían reflejado en sus grandes ojos de carbón, y así juntas habían compartido multitud de aventuras maravillosas.</p>
<p>Cuando Sandra cayó enferma una noche de invierno, y las estrellas dejaron paso a la<span id="more-84"></span> niebla en los ojos de la pequeña Sandra, Maomé sintió que tendría que ayudarla. Tras haber pensado qué hacer durante días enteros, la niña decidió emprender un largo viaje junto a su amiga. Un viaje en búsqueda de las estrellas perdidas, para que así se recuperara. Y así lo hicieron, pues Sandra siempre había confiado en Maomé.</p>
<p>Con lo que llevaban puesto empezaron a caminar rumbo al noreste, hacia el bosque de los gigantes. Estuvieron todo el día andando cogiditas de la mano mientras Maomé contaba y volvía a contar los cuentos maravillosos del abuelo Andrés. Mientras la sombra ganaba terreno las dos amigas sintieron como el aire helado penetraba cada vez con mas violencia en sus pieles finas. Y el silencio se instaló entre las dos niñas, ya no muy seguras de este viaje.</p>
<p><img class="alignleft" style="margin-left: 10px; margin-right: 10px;" title="Estrellas caídas" src="http://farm3.static.flickr.com/2718/4330695540_ce8b572532_b.jpg" alt="" width="200" />Temblando, Maomé miro los pies descalzos, heridos por el frío, los suyos y los de su amiga. El color morado destacaba con el color purpúreo que salía de las grietas. Una lágrima saltó de sus grandes ojos cayendo en sus piececitos como para calentarlos un tanto. La lágrima fue arrastrando tras ella la tierra pegada en su piel. Maomé que pensaba no sentirles ya, sintió como la lágrima escocia hasta los huesos, la sintio como si fuera una cuchilla. Mientras se deslizaba otra lágrima salada en sus labios pálidos una sonrisa apareció, la queja de sus pies atestaban de su presencia. Miró a su amiga Sandra, que llevaba largo tiempo sin hablar, su cara color ceniza arrastraba una mirada sin fondo por la tierra del camino. Maomé sintió como aquello la entristecía, y como la tristeza se convertía en dolor.</p>
<p>Ya sin fuerzas las dos niñas se sentaron. El sol, cansado de tanto andar en el frío invernal, se acostaba ya tras las nubes grises.</p>
<p>En las profundidades de aquel bosque inmenso los troncos de los arboles eran tan grandes que ni tres hombres en cadena podrían abrazarles. Según el abuelo Andrés era allí, en aquellos troncos en las entrañas del bosque, donde los seres vivos del bosque vivían, tanto los pájaros como los zorros, los conejitos, o los duendes.</p>
<p>En la niebla espesa que ya recubría las raíces de los arboles, Maomé distinguió de pronto un esplendor&#8230; un esplendor intenso a ras del suelo que bailaba al ritmo de la brisa. Se quedó boquiabierta, dejando escapar su aliento que formó al instante una nubecita frente a ella. Un copito de nieve vino a pasar a través de la nube templada. A pesar de su gran cansancio, de las quejas de su cuerpo, sin saber como, la pequeña Maomé se levantó y empezó a andar hacia la luz llevándose de la mano a su amiga.</p>
<p>&#8220;estoy cansada y tengo mucho frío&#8221; dijo Sandra con una vocecita débil, &#8220;volvamos a casa&#8221;.</p>
<p>Pero Maomé no la hizo caso, en la brisa del anochecer parecía moverse una melodía suave y dulce, un murmullo como una nana silenciosa. Los árboles del bosque cantaban. A cada paso dado hacia aquel esplendor, la nana parecía ganar en substancia. La canción tomaba forma. Las notas empezaron a oirse cada vez mas nítidamente, la brisa que la transportaba rozaba la piel de la niña en unas caricias maternas. Entonces, como un bebe que se deja llevar por el ritmo de su cunita, Maomé empezó a menearse sin darse cuenta. Asi fue avanzando poco a poco la pequeña Maomé, hacia la luz que tanto la atraía. Y a Sandra no la quedó más remedio que seguirla a las profundidades de aquel bosque.</p>
<p>Cuando llegó por fin hasta ella, el sol había dejado su trono a la luna. Las estrellas, colgadas de las infinitas ramas de los árboles, sonreían ya. Los copos de nieve seguían deslizándose por el aire como si fueran plumas diminutas, arropando así la tierra de un manto pálido. La niebla se desvanecía dejando paso a una luz hermosa. Sobre la nieve una gran luz reflejaba toda su esplendor, dejando así la ilusión de estar rodeada de innumerables diamantes.</p>
<p>&#8220;Que será?&#8221; murmuro Maomé</p>
<p>&#8220;Es una estrella!&#8221; saltó bruscamente una vocecita, sobresaltándola. &#8220;Perdona&#8221;, dijo la voz. &#8220;No quería asustarte&#8221;.</p>
<p>Maomé le miro con gran asombro. Era un hombrecillo, diminuto y delgado. Sus orejas terminando en punta hacia el cielo oscuro, su piel pálida y delicada, sus ojos verdes respingones y sus pestañas igual a las de un caballo hicieron pensar a Maomé que podía ser un duende silvestre. El abuelo Andrés, las había contado muchos cuentos sobre aquellas criaturas de los bosques. El duende las miraba con ojos risueños, las manos en los bolsillos, meneandose sobre sus pies como para calentarse un tanto.</p>
<p>&#8220;Me llamo Asfasio. ¡Pero no os quedéis ahí, con los pies en la nieve, hace mucho frío, entrad!&#8221;. Diciendo esto, señaló la entrada de su vivienda &#8211; tronco. Una vivienda peculiar. Desde fuera, una nubecita se escapaba de una abertura que aparecia a la altura de las primeras ramas del árbol, una nubecita y un olor a comida que prometían a sus huéspedes una acogida especialmente agradable.</p>
<p>Asfasio se impacientaba, se meneaba cada vez mas aprisa y cada vez subía mas arriba sus piernecitas como si quisiera tocarse las rodillas con la punta de su nariz, arrancándole así a Maomé una carcajada.</p>
<p>Maomé fingió aceptar su invitación, y entonces sin esperar más, Asfasio se metió a toda prisa al calorcito del tronco. Tiritando, Sandra siguió el paso del duende.</p>
<p>A Maomé la costo mucho desprender su mirada de aquella perla blanca, cuando de pronto el árbol que acogía al duendecillo y ahora a Sandra también empezó a cantar.</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" title="Estrellas caídas" src="http://farm5.static.flickr.com/4045/4330695666_c2c59f694f_o.jpg" alt="" width="500" /></p>
<p>Su voz era mas fuerte aun que las voces anteriores, parecía dividirse en una muchedumbre de voces silvestres como si todo el bosque expresara ahí una dulce melancolía a través de un solo ser. Maomé se giro y miro hacia él, desconcertada. Cuando de repente sintió como un cosquilleo bajo sus pies helados, se dio cuenta que el árbol cobraba cada vez mas vida. La nieve empezó a moverse cuando las raíces empezaron a deslizarse en ella igual a innumerables serpientes. El miedo rompió el hechizo de la canción que seguía creciendo cada vez mas, y Maomé no se atrevió a dar un paso mas. Alzo la mirada hacia el cielo estrellado, el árbol que unos instantes antes parecía acogedor a los ojos de la niña tomaba ahora la apariencia de un terrible ser. Inmenso y diez veces mas grueso que sus cercanos se movía ahora con furor. El tronco y las ramas antes plácidas se agitaban nerviosamente sacudiendo así las estrellas que colgaban de ellas y dejando caer la nieve de donde anteriormente había podido tomar refugio.</p>
<p>Maomé le miraba aterrorizada e inmóvil, cuando de pronto salio Asfasio, el duende, a toda prisa.</p>
<p>&#8220;Despréndete de tu espanto niña, y corre para dentro!&#8221; gritó con toda su fuerza Asfasio para que se le oyese por encima del estruendo de voces ahora completamente caóticas.</p>
<p>Entonces, Maomé cogió la manita tendida del duende y echó a correr hacia el interior, en la vivienda-tronco. La entrada se cerró sobre ellos justo a tiempo. Cuando ya estuvieron a dentro a salvo de pronto se oyeron unos ruidos aterradores, como de apedrear el árbol y sus alrededores. El tormento dejó sitio a una tranquilidad asombrosa, igual que el llanto de un bebe deja sitio al la tranquilidad de un sueño tranquilo y profundo. El duende y Maomé se miraron preocupados. Asfasio se empinó hacia la pared, y la pared dejó sitio a una abertura pequeña hacia el exterior. Cuando Maomé se acercó sus ojos no pudieron creer la vista que se les ofrecía. Ya no se podía distinguir la gran luz antes reluciente en el suelo. Ahora una muchedumbre de ellas yacían ahí formando allí un día nocturno. Con gran asombro una palabra pareció escaparse de los labios de la pequeña Maomé.</p>
<p>&#8220;Estrellas&#8230;&#8221;</p>
<p>&#8220;Si efectivamente, mas y mas estrellas&#8221; suspiró desesperado el duende.</p>
<p>Cuando por fin sus ojos decidieron desprenderse de aquel tesoro, Maomé descubrió su alrededor. Las paredes gruesas del viejo árbol daban cobijo en una única sala redonda y bastante espaciosa para albergar un duende tan diminuto y delgado. El interior de la vivienda-tronco parecía desde sus adentros mucho mas espacioso que lo que se habría podido imaginar estando fuera&#8230; prestando atención, Maomé se dio cuenta de que las paredes se movían en un ritmo regular, fingiendo así la respiración de un gigante. A cada movimiento un airecillo levantaba la melena de la niña, y despertaba unas cosquillas suaves y agradables. Sintió tranquilidad. Asfasio, se movía por su casa , silenciosamente con aire pensativo. Un hueco en el tronco prestaba cobijo a Sandra ya acurrucadita y dormidita. A Maomé le pareció que de pronto se le había olvidado a Asfasio la presencia de sus invitadas. Pero casi como en reacción a este pensamiento el duende sacó del fuego, única fuente de calor y de luz de este hogar, un puchero y al instante dos cucharas pequeñas. El duendecillo poso el puchero humeante con dificultad en el suelo de tierra y se sentó al lado de rodillas.</p>
<p>&#8220;Toma una cuchara para ti, ¿o prefieres dejarte caer en las profundidades de los sueños sin comer como Sandra? &#8221; le dijo con voz dulce a la niña.</p>
<p>Maomé se aproximo tímidamente y tomó sitio al igual que su nuevo amigo. La cuchara era tan pequeña que la costó cogerla sin dejarla caer al suelo, sin embrago el puchero era casi tan alto y ancho como tres duendes abrazados. El olor tan suculento que desprendía despertó de pronto el hambre de Maomé. Llevaba todo el día sin comer. Estuvieron buen rato comiendo, charlando y contándose cuentos hasta que se acabo el alimento.</p>
<p>Cuando por fin el duende fue a levantarse, una luz fugaz igual a las que yacían en el exterior atrajo la mirada de la niña. Maomé se dio cuenta de que Asfasio llevaba una estrella en la bolsita.</p>
<p>&#8220;Estoy buscando estrellas Asfasio, quiero curar a mi amiga Sandra&#8221;. &#8220;Me podrías hablar de ellas, y del árbol que las lleva?&#8221;.</p>
<p>La expresión de Asfasio cambio de la sonrisa a la seriedad. Unos pliegues en la piel se dejaron deslizar revelando asi una vida larga y llena de preocupaciones. Sin decir nada se levantó y avanzó hacia el otro extremo de la gran sala. Un bulto inmenso destacaba. Estaba cubierto por una enorme sábana. Asfasio agarró una esquina con sus manos pequeñas, y mirando hacia la niña descubrió lo que tenia escondido. De allí surgió una luz que de lo intensa que era en contraste con el fuego de la vivienda hizo girar la mirada de Maomé. Allí estaban acumuladas las unas encima de las otras centenares de carretillas de madera todas repletas de estrellas.</p>
<p>&#8220;Sabes Maomé , yo, soy el encargado en recoger las estrellas que caen del gigante, yo soy el guardián de las estrellas caídas, y el que las distribuye&#8221;. Dijo muy suavemente el duende, como si estuviese contándole un gran secreto a la niña.</p>
<p>&#8220;Entonces tu puedes salvar a Sandra, tu puedes darle una estrella!&#8221; dijo con voz suplicante Maomé.</p>
<p>&#8220;No&#8221;.</p>
<p>A pesar de la distancia que les separaba ahora, Maomé se sorprendió de oírle tan nítidamente, tan cercano. Mientras el duende seguía contando, la niña sintió que el sueño se apoderaba de ella, la voz fue acercándose más y más, y cada vez parecía acercarse más a Maomé. Ella ya tan solo oía murmullos ininteligibles. Murmullos en la lengua silvestre, la de los árboles. Maomé ya no distinguía ni lo dicho, ni quien estaba murmurando así. Lo que formaba su alrededor, todo, las luces, estrellas, los olores de alimento, el calor del fuego, la tierra a sus pies, los arboles, el árbol, el duende Asfasio, todo&#8230; Parecía difuminarse en una única cosa. Tanto se acercó que suavemente, como una caricia la voz se introdujo en su mente, hasta parecer ser la voz de su mismísima mente. Una sensación un tanto desconcertante se introdujo en ella, una sensación de vacío, y de lleno, de no ser nada y a la vez de serlo todo. Sintió el frío de la nieve, el calor del hogar, sintió el sudor de la madera sobre su piel,&#8230; Sintió la esperanza, la desesperanza&#8230; Todo junto a la vez, pero todo parecía claro. Y lo que parecía inentendible unos instantes antes, pareció entonces tomar forma. De pronto una idea se hizo en su mente:</p>
<p>&#8221; Las estrellas pertenecen a los que las buscan&#8221;.</p>
<p>Unas voces familiares fueron las que despertaron a las pequeñas humanas cuando el sol despertaba en el horizonte. Habían dormido toda la noche en el tronco del gigante.</p>
<p>&#8220;Que alivio veros sanas y salvas niñas&#8230;&#8221; se oyó decir a una voz dulce y aguda. &#8220;Menos mal que encontrásteis un huequecito en este viejo árbol al resguardo del frío y de la nieve&#8221;.</p>
<p>Cuando Maomé fue a salir del tronco, vio que Sandra ya estaba en los brazos de su mamá y de su papá, arropadita con una gran manta, diez veces mas grande que ella. Los padres de Maomé también estaban allí.</p>
<p>&#8220;Que hacéis las dos en este bosque?&#8221;. El tono duro de las palabras de su padre mostraban consonancia con sus ojos llorosos, llenos de alivio y alegria. Maomé se dejó poner el abrigo que le había traído su madre, y cogió la mano que le tendía su padre.</p>
<p>La pequeña Maomé le tiro suavemente del brazo y dijo:</p>
<p>&#8220;Queria curar a Sandra, hemos venido a por estrellas, pero hemos fracasado&#8221;. Diciendo esto, una lágrima resbalo en su mejilla.</p>
<p>Su padre la miraba y parecía intentar comprender a su hija. Entonces, los ojos llenos de diamantes Maomé empezó a contar la aventura que habían vivido las dos amigas en las profundidades del bosque, el encuentro con los gigantes, el encuentro con un nuevo amigo, la noche en la vivienda-tronco, y sobre todo la enigma de las estrellas caídas. Contó largo tiempo la pequeña Maomé, pero no logró compartir aquella multitud de aventuras maravillosas. Ni siquiera Sandra parecía entender lo que estaba contando. Las estrellas no se reflejaban en ninguno de aquellos grandes ojos de carbón.</p>
<p>Desconcertada, cuando ya emprendieron la marcha para regresar al pueblo, Maomé se dio la vuelta. Allí seguía el árbol-vivienda tan majestuoso, las estrellas colgadas de las ramas o caídas aunque menos relucientes que en la noche anterior por el brillo del sol; allí estaba Asfasio, el duende guardián de las estrellas caídas llenando de nuevo otra carretilla de madera. Pero, nadie parecía verlos.</p>
<p><img class="alignright" style="margin-left: 10px; margin-right: 10px;" title="Estrellas caídas" src="http://farm5.static.flickr.com/4069/4330695884_f52a34dde8_b.jpg" alt="" width="200" />Entonces el duende se puso recto un momento para decir adiós a Maomé.</p>
<p>El viejo duende Asfasio la guiñó un ojo, y una sonrisa creció en sus labios arrugados. Una mano fue a caer en su bolsita. Y sin dejar de mirar a su amiga la dió la vuelta. Estaba vacía. Maomé sintió como su corazón se apretaba en su pecho. Con emoción, y despacito como para no asustar a un pajarillo anidando, metió la mano en su bolsillo. Una esfera completamente redonda había tomado cobijo en su bolsillo.</p>
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		<title>Notas de autor</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 14:55:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
				<category><![CDATA[David R. Grégoris]]></category>

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		<description><![CDATA[Últimamente me estaba dando cuenta de que mis relatos eran violentos&#8230; ¡Vale, eran muy violentos! Y yo no solía usar esa clase de recursos para escribir mis historias&#8230; siempre la violencia había sido figurada nunca la mostraba (o casi nada), además quería retarme a escribir algo corto porque mi anterior relato me había ocupado 21 [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Últimamente me estaba dando cuenta de que mis relatos eran violentos&#8230;</p>
<p>¡Vale, eran muy violentos! Y yo no solía  usar esa clase de recursos para escribir mis historias&#8230; siempre la violencia había sido figurada nunca la mostraba (o casi nada), además quería retarme a escribir algo corto porque mi anterior relato me había ocupado 21 paginas de mi ordenador y eso era una pasada para alguien como yo. Nunca pasaba de las 6 paginas 9 a lo sumo&#8230; ¡pero 21 no!. Con 21 nunca te admitirían en ningún concurso literario y hay pocas cosas que den tanta rabia como cortar un<span id="more-78"></span> relato. Es como si te dijeran: &#8220;lo siento pero  tu pierna es demasiado larga&#8230; te vamos tener que cortar un trozo&#8221;. En fin. En día en una de mis cafeterías preferidas decidí escribir mi relato corto definitivo.</p>
<p>Tenía todo lo imprescindible; café, (droga legal muy necesaria para mi sistema nervioso), unas hojas de papel, un bolígrafo negro marca desconocida, el viejo loco del bar que me solía hablar y música flamenco rock cuyo nombre del grupo desconocía.</p>
<p>Al rato me di cuenta de que prestaba más atención a una mosca volando a mí alrededor que a mi nuevo relato. Era un síntoma preocupante&#8230; decidí  empezar poco a poco, aclararme las ideas, ¿de qué genero sería? : policíaco, comedía, autobiográfico, dramático, romántico, ciencia-ficción, misterio, aventuras&#8230; Como he dicho antes me preocupaba un poco el exceso de violencia en mis relatos así que sabiamente me decante por el genero romántico pero con algo de drama (mi estado de animo no me pedía comedía).</p>
<p>¿Cómo serían  mis protagonistas? Era la pregunta que rondaba ahora por mi cabeza&#8230;</p>
<p>En ese momento como salido del cielo paso por la calle un hombre  en silla de ruedas. ¡Eso es! ¡ Sería un invalido!</p>
<p>Vale, suena un poco cruel eso de que utilice la desgracia de otro para escribir mi historia&#8230; Pero un buen escritor coge algo siempre de su vida para escribir&#8230; y bueno, ese pobre hombre era ya parte de mi vida.</p>
<p>Mi personaje sería un joven de 25 años que por culpa de un accidente de tráfico donde murió su novia (¡toma drama!) y su mejor amigo (¡más drama!). A mi criatura le daría el nombre de Nacho&#8230; ¿por qué? Pues&#8230; no sé&#8230; me sonaba bien y punto.</p>
<p>Sería un hombre medio calvo con ojos marrones y expresión siempre triste. También sumamente delgado, ya que desde el accidente apenas comería. ¡Ja, ya esta!<br />
En aquel instante entraron dos chicas en el bar, no me fije casi en la primera chica&#8230; pero en la segunda si, era una chica rubia preciosa, de ojos azules claros&#8230; no era muy alta pero su cuerpo sin duda era hermoso, tenía unos labios carnosos (o tal vez era producto del carmín) y la boca tal vez un poco grande, pero tenía una sonrisa preciosa. Vestía con unos vaqueros azules oscuros y una sudadera roja marca Reebok (¿puedo usar marcas?). Era sin duda perfecta para el personaje femenino. Sería la alegre chica que intentaba devolver las ganas de vivir a su amigo nacho y tal vez estaría enamorada de él.</p>
<p>La chica (la de verdad) fumaba, así que decidí que su personaje también fumara compulsivamente. Para el nombre intente oír algo de su conversación, por si su amiga la llamaba por su nombre&#8230; pero no. En cambio mencionaron a una tal Gema&#8230; ¡Gema! ¡Me encantaba! Era un nombre para mi precioso. Me recordaba a una chica muy guapa que conocí por Internet.</p>
<p>Las dos chicas terminaron sus coca colas y se fueron. Cuando llevaban los vasos a la barra me dí cuenta que efectivamente mi personaje femenino estaba muy bueno&#8230;</p>
<p>En fin, ya tenía el principio de mi historia&#8230; pero me faltaba un desarrollo&#8230;</p>
<p>Me tome mi tiempo para este proyecto&#8230; unos días más tardes cambie de bar para poder terminarlo.</p>
<p>El bar era una taberna irlandesa donde ponían pop (bueno, mientras no fuera Cristina Aguilera y compañía no habría problema). Me senté en la mesa más apartada. La camarera, una chica morena no muy fea pero con una cara de tonta, me había puesto en vez de un café un capuchino, como me cobró el precio de un café no me queje, y disfrute de la espuma.</p>
<p>En ese momento se me ocurrió una idea brutal, rompedora. ¿Y si nuestro desgraciado amigo se enamora de una lolita? ¡Sí!</p>
<p>Frente a su ventana hallará una niña de 14 años. Morena, ojos azules, y dos coletitas que le darían un toqué de inocencia. Siempre iría con su uniforme de colegio católico; camisa blanca y falda corta a cuadros verde oscuro.</p>
<p>¡Uf&#8230;! ¡Pero como llamar a tan inocente criatura&#8230;! ¡Eva! ¡Sí! Era el pecado&#8230; la fruta prohibida para nuestro héroe.</p>
<p>Nuestro héroe no puede dejar de mirarla, le recuerda a su novia muerta. Ve en ella una segunda oportunidad.</p>
<p>La espía por la noche, simplemente para verla dormir tiernamente. Por supuesto Gema no lo sabe, se da cuenta que algo obsesiona a nacho pero no comprende él que. ¡Cada vez me gusta más la historia!</p>
<p>Pero estoy convencido que algún idiota dirá lo de siempre: &#8220;¡que poco original! Es una mezcla de lolita y la ventana indiscreta&#8221;. ¡Imbeciles! No verían la buena literatura aunque les diese esta una colleja. En fin&#8230; intento colocarme un poco&#8230; Realmente la cafetería no esta mal, pero es de lo más incomoda, no llevaba ni media hora y ya me dolía la espalda&#8230;</p>
<p>Continuo, el clímax de la historia llega cuando Eva se da cuenta de que Nacho la observa&#8230; pero en vez de asustarse, ¡le gusta! Le gusta que la miren&#8230;</p>
<p>¡Joder, que de ruido!&#8230; a llegado mogollón de gente a la taberna gritando y hablando en voz alta sin dejar que me concentre&#8230; bueno sigamos. Eva la gusta sentirse observada, ser el objeto de deseo de Nacho.</p>
<p>Hace todo lo posible para que Nacho la vea, se desnuda y se viste delante de él sin pudor, consciente de sus jóvenes y aun no maduros encantos (que erótica a quedado esta parte).</p>
<p>Un día va a ver a Nacho porque en cierta forma ella se siente muy atraída por su desconocido voyeur. Después de una conversación en plan esto no esta bien, los dos se acuestan juntos. A partir de aquí  Eva sabiendo que tiene el control del corazón de Nacho, mantiene una turbia relación prohibida por la sociedad con él. (Primera duda: ¿ si es paralítico, como  puede tener relaciones con él?. Puedo arreglarlo diciendo que solo perdió la movilidad en las piernas y que otras partes funcionan a la perfección).</p>
<p>Nacho vuelve a tener ganas de vivir, vuelve a ilusionarse por el futuro.</p>
<p>Gema se alegra por  él, e intenta conquistarle ahora que no parece deprimido. Pero nacho la rechaza, solo puede pensar en Eva (creo que voy a meter muchas escenas eróticas en este relato).</p>
<p>Bueno tengo que reconocer que me gusta la historia&#8230; pero&#8230; he prometido escribir algo corto, así que es hora de terminarla.</p>
<p>Por supuesto semejante historia tiene que tener un final dramático. Pero en un alarde de imaginación sin limites, tengo varios&#8230;</p>
<p>1º. Un día Gema descubre a Eva en la cama de Nacho&#8230; todo el mundo se entera y los padres de Eva le denuncian y meten a Nacho en la cárcel por abuso de menores y Eva se suicida.</p>
<p>2º. Eva sale con chicos de su edad, Nacho loco de celos mata a Eva y luego se suicida&#8230; la única que llora en la tumba de Nacho es Gema.</p>
<p>3ª. En el coche de Gema, Nacho confiesa su relación con Eva porque se siente culpable, Gema esta tan furiosa que no mira a la carretera y chocan contra un coche. Nacho muere y Gema se queda parapléjica&#8230; todo termina con Gema espiando a una desconsolada Eva y se pregunta por qué no pudo ser ella.</p>
<p>4º. Nacho se da cuenta que Eva es una cría y no es su novia muerta reencarnada, abandona a Eva y empieza una relación con gema&#8230; Eva, loca de amor y celos, mata a Nacho con una pistola (su hermano es policía&#8230; por ejemplo). Cuando intenta matar a Gema esta se defiende y forcejean&#8230; se oye un disparo y Eva cae muerta. Mientras Gema llora sobre el cuerpo muerto de Nacho.</p>
<p>Buff. Siendo sincero y leyendo mis notas sobre este relato&#8230; Me a quedado como una de esas historias de sobremesa basada en hechos reales. En fin la dejare aparcada en un rincón del disco duro de mi ordenador&#8230;</p>
<p>Eso si, es corta, no ocupa ni tres folios, pero es muy mala.</p>
<p>Tal vez le falte algo más de violencia&#8230;</p>
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		<title>La maldición de una mujer</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 14:54:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Eeeerase una vez&#8230; en un mundo de cuento un vasto país de cuento. Sus habitantes eran tan humanos como los humanos de los mundos que no son de cuento, y tan sólo tenían una peculiaridad que los diferenciaba: sus hijos e hijas eran exactamente iguales que sus progenitores, una copia de ambos, como si sus [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Eeeerase una vez&#8230; en un mundo de cuento un vasto país de cuento. Sus habitantes eran tan humanos como los humanos de los mundos que no son de cuento, y tan sólo tenían una peculiaridad que los diferenciaba: sus hijos e hijas eran exactamente iguales que sus progenitores, una copia de ambos, como si sus rasgos se hubiesen fusionado. El color del pelo, el tamaño de la nariz, las pequitas de los hombros&#8230; Todo era exactamente igual, y en el mismo sitio, más joven o<span id="more-76"></span> más viejo.<br />
Esta similitud a veces podía traer algún que otro problema si según crecía el hijo de alguna feliz pareja éste no tenía la característica mezcla de rasgos de su padre, sino que en él sólo se podían ver los rasgos de su madre jugueteando con los de un vecino, con los de aquel amigo cercano o con los de un anónimo padre. Si esto pasaba así, las estrictas normas que el rey había impuesto en aquel país de cuento se ponían en práctica, y tanto la madre con su hijo como el padre real de la criatura eran expulsados del país.<br />
A pesar de estos pequeños percances que sucedían más a menudo de lo que el rey deseaba todo marchaba bien, como sucede en los cuentos. Pero el tiempo pasa inexorable, y un día el rey se percató de que el país que los renegados habían formado en las tierras que colindaban con su país de cuento era aún más grande y próspero que el suyo. Allí no importaba que los descendientes no tuviesen los rasgos familiares. Es más, debido a la mezcla de decenios, ya los hijos no portaban rasgos familiares exactos; tan sólo una vaga aproximación.<br />
&#8220;Son una sociedad decadente&#8221;, pensaban los reyes que se iban sucediendo uno tras otro en un país de cuento se quedaba sin mujeres.<br />
Y por fin lo peor sucedió. Habían pasado casi quinientos años desde que se instauró la ley que permitía exiliar a aquellas mujeres infieles con los hombres y los productos de la infidelidad, y el rey Enil III firmó por última vez una orden de exilio; habían expulsado a la última mujer plebeya del reino.  La corte se convirtió en un sinfín de maridos engañados, jóvenes y viejos, sin ningún niño o niña que diese algo de vida a las calles ahora silenciosas y tristes del país de cuento, pues todas las madres exiliadas se habían llevado a sus pequeños. Los únicos ojos femeninos que contemplaron la decadencia fueron los de la reina, Neria, que aún no había conseguido darle descendencia a Enil III.<br />
Los ojos de deseo comenzaron a abrirse muy muy grandes en los hombres, y la mayoría de ellos, desesperados, se marcharon al vecino país de los exiliados a intentar recuperar a sus mujeres y volver a la tranquilidad de su anterior vida olvidando el pasado.<br />
Pese a todo a los ojos del rey todo seguía marchando bien en su país de cuento de mil hombres y una sola mujer, ya que por fin se había anunciado la buena nueva de que la reina daría a luz un heredero que daría un nuevo rumbo al demacrado país. Todos fueron pasto de las fiestas y alegres sucesos de los que el rey plagaba cada uno de los rincones del país para contagiar a sus vástagos de su alegría; y lo consiguió. Así los ciudadanos olvidaron durante años que vivían en un país acabado y la vida volvió a ser dichosa, como en todos los cuentos.<br />
El retoño del rey vio la luz un luminoso día de primavera, justo cuando se cumplían quinientos años de la instauración de la ley del engaño. Creció bajo la atenta mirada de su padre, que vio con horror como según pasaban los años el príncipe no desarrollaba sus reales rasgos, sino que se perfilaba como un apuesto joven de tez rubicunda, muy lejos de la piel oscura y cubierta de pequeñas pecas claras del rey. Nada dijo a su corte hasta que el príncipe cumplió los diez años. En ese día el rey mandó encerrar a la reina, que proclamaba a gritos su inocencia, y se sentó en su trono durante tres largos días abrazando a su hijo, que lo miraba confundido sin saber que pasaba a su alrededor. Cuando terminó su reflexión mandó a su guardia que trajesen a todos y cada uno de los hombre del país ante él. Durante una semana desfilaron todos mostrándole sus caras, que el rey comparaba con los rasgos desconocidos del pequeño príncipe, el cual seguía los hechos ajeno y divertido. Mas pasó el último y ninguno compartía los rasgos de su esposa.<br />
&#8220;Habrá huido al país de los infieles&#8221;, se dijo amargamente. &#8220;La ley se ha de cumplir&#8221;. Mandó liberar a la reina y, en silencio, la tendió la carta de exilio, con el corazón anegado de una tristeza líquida. Ella le miró primero con pena y luego con odio; cogió la mano del príncipe, que continuaba sin comprender nada de lo que sucedía y comenzó a andar hacia la salida del palacio. Antes de cruzar las inmensas puertas dobles por las que se filtraba a raudales la luz blanca del sol, se volvió y, mirando a su esposo a los ojos, escupió con furia sus últimas palabras:<br />
-¡Mentiroso rey! ¡Mentiroso todopoderoso rey! Tu país se muere y le has dado el último golpe. Te has quedado ciego, ya no mereces nada. ¡Gobierna solo si así lo deseas tu país de mentiras!<br />
El rey nada dijo. La contempló en su marcha paladeando un sabor amargo y mandó reunir en la plaza que se alzaba ante el palacio a los hombres que aún quedaban en el país. Les miró y, alzando la voz en un tono solemne, entonó el epitafios de su país de cuento.<br />
-Volved con vuestras familias. ¡Recuperad a vuestras mujeres! Este país se ha terminado. Aquí ya no queda nada que hacer&#8230;<br />
Se sentó en el trono y escuchó la última algarabía que poblaba las calles del país. Cuando todos los hombres abandonaron su viejo y fracasado hogar, el cansado rey Enil III cerró los ojos y se dispuso a enfrentarse a la maldición del olvido.<br />
En su país el cuento se había acabado.</p>
<p>El desterrado príncipe creció como Arkus. La reina Neria fue acogida con honores en el país de exiliados, y pronto supo hacerse un lugar en la política del joven país, olvidando la traición de su marido. Cuando Arkus cumplió los diecisiete años se atrevió a hacer a su madre la pregunta que siempre se había guardado:<br />
-Madre&#8230; ¿me contarás que pasó aquel día? ¿Por qué padre nos echó del reino? ¿Por qué murió con él?<br />
-¿Quieres saberlo? -le miró con dulzura y se dispuso para rememorar los años que su mente había desterrado. Sabía que algún día llegaría ese momento. Arkus era un joven avispado y nada se le podía ocultar-. Verás&#8230;<br />
Comenzó a relatar la historia de un país tan homogéneo y estricto que se había destruido solo. Durante siete años había olvidado el pasado, y en siete largos minutos volvió a rememorarla ante su hijo, que escuchaba atento, con un mosaico de expresiones cubriéndole la cara por momentos. Arkus, el joven príncipe, comprendió aquello que la inocencia de su niñez le ocultó. Besó a su madre en la frente cuando ella terminó la narración y la susurró al oído un &#8220;lo siento&#8221; apenas audible.<br />
-Pero algo has de tener en cuenta, mi niño -le abrazó fuerte y luego le miró solemne-. Tú naciste como el hijo del cambio, pues puedo jurar como hice ante tu padre que nunca le engañé,. Tú eres el legítimo hijo del rey, al que la naturaleza dotó de un rostro único para hacer entrar en razón a un país a punto de extinguirse. Tan sólo que tu padre no supo entender su mensaje. Nunca le engañé, al igual que nunca te engañaré a ti&#8230;<br />
Arkus se marchó sólo a pasear por el bullicioso reino forjado de la nada. Vio cómo la equidad de un mundo diverso había formado la más prospera comunidad en la que la confianza primaba ante el físico de la hueste familiar. Nadie engañaba a nadie porque nadie se sentía engañado. Cuando retornó al caserón que el país había otorgado a su madre, anochecía sobre las intrincadas calles y una decisión se había formado en su cabeza: iría a ver a su padre, se disculparía pues nunca le dijo adiós. Había leído en los viejos libros de los Antiguos que si alguien cae en el olvido con pena en su corazón, éste nunca alcanzará el descanso hasta que de nuevo se le recuerde y se le libere de su carga. Había meditado y estaba dispuesto a perdonarle. Quería que descansase por siempre.<br />
A la mañana siguiente preparó una gran mochila cargada de alimentos para varios días, preparó el mejor de los corceles de los que disponían y le dijo a su madre con una gran sonrisa en la cara:<br />
-Madre, he de hacer algo. Volveré pronto y más ligero e igual haré que te sientas, pues voy a liberar a padre de su tormento.<br />
Y sin mirar atrás emprendió el camino que le separaba de las ruinas del que iba a ser su reino, el país de cuento de su padre. Llegó iluminado por la luna menguante del tercer día de Junio; vio ante él un mar de muros derruidos y de calles en silencio cubiertas del polvo del olvido. Las hiedras y madreselvas se habían apoderado del país, formando un manto de abandono en el que había vuelto a nacer la vida. Se sentó en una de las piedras que formaron en el pasado la alta muralla de la capital del país y contempló como la torres del palacio, aún en pie, recortaban la silueta de la luna y proyectaban un halo de negrura sobre los callados edificios colindantes. Los búhos ululaban a su alrededor; su antiguo país se había poblado de un nuevo sequito, el que la naturaleza había elegido, el de los animales multicolores y plantas inverosímiles. Se sintió feliz porque vio que el reino que formó su padre no había sido abandonado. Tan sólo se había reciclado.<br />
En silencio ató su montura a uno de los árboles que crecían salvajes fuera de la borrosa planta de la ciudad y caminó procurando no despertar a las familias de liebres, gatos silvestres, estorninos y caballos salvajes que entre otras esperaban al día como él hacía hace diecisiete años. Llegó a las puertas del palacio; eran las únicas que aún permanecían cerradas, y aunque Arkus afinó el oído no consiguió escuchar ninguna respiración queda en su interior, como si había apreciado en el resto de las casas con las que se había cruzado en su camino. Abrió un resquicio entre las dos pesadas hojas que le permitió colarse en el interior. El tiempo allí dentro parecía detenido, casi inexistente. La atmósfera oscura pesaba como el plomo, y empezó a sentirse mareado. Comenzó a abrir instintivamente todas las ventanas que ocultaban el interior del castillo a la luz lunar, dotando al lóbrego interior de un aspecto más sosegado. Se paseó por todos los rincones del palacio, que aún recordaba a la perfección, abriendo todas y cada una de las ventanas que se encontró a su paso. Cuando terminó el primer rayo de sol le acarició el rostro. Despuntaba el alba, y pudo ver como a sus pies el país se animaba como nunca lo había visto. Cientos de ruidos se entremezclaron para saludar al nuevo día: el kikirikí de un gallo salvaje, el maullido silencioso de los gatos silvestres en pos del primer bocado del día, el piar y ulular de los cantos entremezclados de cientos de aves, los lejanos relinchos de su fiel montura saludando a su congéneres como buen extranjero&#8230; Nada estaba muerto como le había dicho su madre, en absoluto.<br />
Tan sólo restaba una sala por visitar en el palacio, la única sala sin ventanas: el gran salón del trono. Con pasos pequeños se acercó a las puertas de plata abiertas de par en par. Un intrincado diseño en la piedras del muro exterior hacía que los tempranos rayos del sol trazasen azarosos diseños sobre el ornado trono de oro y piedra de su padre Enil III, el último rey. Y allí le esperaba él. Arkus contempló la estatua de piedra que descansaba en el trono aguardando al final de los tiempos, y comprendió. Su padre había caído presa del mal de su reino. La maldición se había desatado. Como le había dicho su corazón, no había sido capaz de hallar el descanso, y nunca lo haría si no hallaba el perdón. De golpe halló la solución para la salvación del alma de su padre. No era su perdón el que necesitaba oír, sino el de su madre, la reina. Fueron sus últimas palabras las que le ataron en piedra y espíritu a su reino fracasado, y serían sus palabras las que le darían una nueva vida de paz. Se sintió ahora príncipe; con el alma liberada del peso que le atenazaba, regresó raudo al reino de los exiliados a anunciar las buenas nuevas a su madre.</p>
<p>La antigua reina acogió el exaltado relato de su hijo con tristeza. Y no supo que decir a la pregunta que su hijo le repetía sin cesar: &#8220;¿Irás a darle el descanso, madre, irás?&#8221;. Necesitaba meditar. En el día de su regreso el príncipe no quiso dejar a su madre sin recibir la respuesta que esperaba oír, pero solo obtuvo la más oculta duda de su madre:<br />
-No se si puedo perdonarle, hijo, no se si puedo&#8230;<br />
Arkus no cesó; su petición se convirtió en una cantinela ansiosa que no podía dejar de repetir ante la presencia de su madre. Y ésta pronto vio que crecer sin un padre le había forjado un sentimiento de clemencia hacia él infinito. Arkus nada deseaba más que una respuesta. Neria comprendió que si no accedía a sus ruegos tal vez serían dos los hombres de su vida a lo que condenaría, pues cada vez que Arkus recibía una negativa su alma se caía bajo el peso de la expresión de tristeza que su hijo componía ensuciando sus limpios rasgos. Por eso su siguiente respuesta a la eterna letanía fue:<br />
-Iré, hijo mío. Prepara dos caballos. Iré.<br />
Arkus nunca se sintió más excitado. Preparó todo lo necesario y en apenas un día partieron en dos caballos blancos como la luna en busca del reino de cuento de años atrás. El apogeo del día les mostró el punto álgido de la actividad de los nuevos habitantes del antiguo país. Neria alzó los ojos asombrada. Desde cada una de las casas en ruinas podía escuchar el trino complejo de un ave, en cada uno de los comercios que antes conoció sentía el calor de una familia de oseznos, en las grandes y ahora descuidadas plazas por las que antaño paseara agarrada de la mano de su olvidado marido podía ver el descuidado trotar de las crías, aquí y allá. Inspiró el aire puro y perfumado que la ciudad exhalaba y, volviéndose a su hijo, le dijo en voz alta:<br />
-Este cambio se inició contigo, hijo mío, pues tú fuiste el primer hijo de la naturaleza: contigo ella nos quiso enseñar que la vida no se puede controlar -se bajó del caballo y sin esperar a su hijo comenzó a caminar por la más amplia de las avenidas de la ciudad-. Vamos.<br />
Arkus se apresuró a desmontar, se aseguró que los dos níveos caballos les aguardasen a las puertas de la ciudad y corrió tras los pasos de su madre, que caminaba lenta pero firme, admirando las nuevas construcciones que mostraba la ciudad, talladas año a año por la primavera. Cuando la consiguió alcanzar ya había llegado a las puertas cerradas del palacio. La reina las acariciaba rememorando.<br />
-Aquí nací, y aquí naciste. Este fue nuestro hogar&#8230;<br />
El príncipe sonrió y empujó las puertas para que su madre pudiese pasar al interior; los ventanales que abriera Arkus en su primera visita aún inundaban de luz el frío palacio de piedra, y al contrario que antes, también la vida había logrado colonizar el antes oscuro recinto. Pudo ver los restos inequívocos de juegos infantiles de gatos silvestres, y varios de los lazos verdes de las hiedras comenzaban a abrazar los raídos tapices que poblaban las paredes. En algunos rincones de los elevados techos se podían ver ruidosos nidos de golondrinas. El silencio del abandono se había roto.<br />
Neria caminó directamente hacia la sala del trono. Cuando llegó se paró a la puerta sin entrar. Contempló la figura congelada de su marido, exactamente igual que cuando, siete años atrás, le había dicho su último adiós callado, doloroso. Arkus la miró, pero no acertó a decir nada. Su madre le acarició sin separar el abrazo de sus ojos y la estatua de su marido perdido y le susurró:<br />
-Necesito estar sola. Espérame con las monturas, a la noche iré a tu encuentro.<br />
Hizo como le pedía, y se marchó lentamente, intentando que sus pasos no resonasen y rompiesen el embrujo del momento. Cuando la reina dejó de oír el eco del caminar de su hijo, paso a paso se acercó a la estatua muda que esperaba sentada en el trono. Buscó y rebuscó en su interior las palabras de clemencia que debía entregarle, pero el recuerdo del pasado le privaba de ellas. Permaneció ante la figura inmóvil durante horas, intentando convencerse de que era capaz de olvidar su indiferencia, pero no pudo, no pudo hacerlo. Al anochecer una lágrima se derramó por la mejilla de la reina; una única lágrima que le confirmaba que nunca podría olvidarlo, que no podía perdonarlo. Cuando la lágrima cayó de su rostro al suelo de piedra, la reina se volvió y caminó en pos de su hijo. La noche poco a poco fue desdibujando los contornos de la estatua, cubriéndola de sombras que ponto la confundieron con el resto de la sala.</p>
<p>Cuando Arkus vio llegar a su madre de la postrera confesión, creyó leer un descanso en su rostro triste. Se alegró y la recibió con un abrazo fuerte, largo. Ella se dejó apretar en silencio.<br />
-Volvamos, hijo mío.<br />
El príncipe no preguntó. Volvió a ensillar los dos caballos y partieron aprovechando las últimas horas del día. Cuando llegaron a su casa en el reino de los renegados Neira se encerró en sus aposentos diciendo:<br />
-Arkus, tengo que descansar. Ocúpate tú de los asuntos que necesiten atención. Ya eres mayor, has crecido. Tiene edad para tomar las riendas de nuestra vida. Yo necesito descansar, descansar&#8230;<br />
Durante días su madre no salió más que para alimentarse junto a su hijo en comidas calladas y llenas de miradas, pero poco a poco el bullicio y la nueva vida que la inundaba desde que llegara a ese nuevo país la volvió a inundar, y la alegría retornó a sus carrillos, a su semblante. Arkus se alegró enormemente de la vuelta a la normalidad, y se propuso desvelar el enigma cuya respuesta le venía corroyendo desde que regresara con su madre del antiguo país de cuento de su padre. Preparó nuevamente su montura y partió una vez más hacia el este.<br />
Cuando llegó a las ruinas renovadas por la primavera corrió haciendo caso omiso a la belleza de todo aquello que le rodeaba hacia las puertas del castillo. Sin dilación, caminando ahora para no romper el perenne hechizo de calma que reinaba en el interior de los muros grises teñidos de luz, sólo roto por algún trino apagado de las aves que habían tomado las esquinas de las enormes habitaciones como hogar para ellas y su progenie, se dirigió hacia la sala del trono. Cuando llegó no pudo evitar un gemido ahogado.<br />
El rayo de sol que iluminaba el trono ya no danzaba sobre la figura inmóvil de su padre, sino que lo hacía sobre un montón de ceniza gris que se derramaba con el soplo de las ráfagas de viento que cruzaban los corredores del castillo. El rey Enil había abandonado su eterno puesto como vigía del floreciente reino olvidado. Ya no estaba su semblante triste pero sereno. Se había desvanecido.<br />
-Padre, ¿has alcanzado ya el perdón que necesitabas? Descansa allá donde estés. He conseguido que puedas lograr el reposo. Madre ahora reposará liviana; yo también lo haré sabiendo que ningún pesar con aprieta por dentro. Ahora me siento feliz.<br />
Y dicho esto volvió a las afueras de las ruinas, desató a su montura y, con una mirada y una sonrisa en la cara, se despidió de su antigua patria. Se hizo una promesa: jamás volvería al país de cuento de su padre. Nada quedaba ya por hacer allí, todo se había cumplido. Se marchaba con el corazón henchido por haber ayudado a su padre como no pudo hacer en vida, se sentía como el pecador que acaba de lavar su alma expiando sus pecados. Azuzó las riendas y, con un sonoro relincho, el caballo partió raudo hacia su nuevo hogar.<br />
Todo transcurrió satisfactoriamente en la vida de Arkus y Neira desde aquel episodio de recuerdos. Neira se sintió verdaderamente liberada del peso que había llevado su hijo desde que su marido le hubiese señalado con el dedo del castigo. Comenzó a olvidar, necesitaba olvidar. Y Arkus sintió como su madre disfrutaba feliz del tiempo en el país de los renegados. La vida se tornó próspera, y como sucede en los cuentos, el país de los renegados se convirtió para ellos dos en algo tan mágico como el viejo país de cuento que el augusto rey Enil III había creado para ellos.<br />
La reina nunca tuvo necesidad de contarle la verdad a su hijo, ¿para qué? La felicidad les visitaba; era una mentira necesaria. Tal vez hubiese condenado por siempre a su marido al negarle el perdón, pero había encontrado un paraíso: el que la imaginación de Arkus había imaginado para él.<br />
-Si, tal vez sea así -se repetía para sí misma-. Tal vez si haya encontrado la salvación&#8230;</p>
<p>Fin.</p>
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		<title>Un, dos, tres&#8230;</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 14:42:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
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		<description><![CDATA[I Un palito, dos palitos, tres palitos, una hoguera, muchos gritos, un lamento, dos lamentos, tres lamentos, me torturan, un azote, dos azotes, tres azotes, bocanada, trago aire, una cara, dos caras, tres caras, sin sonrisas, muchedumbre, me castigan, me maldicen, ¿yo que he hecho?, una llama, dos llamas, tres llamas, un infierno&#8230; II Un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>I</strong><br />
Un palito, dos palitos, tres palitos, una hoguera, muchos gritos, un lamento, dos lamentos, tres lamentos, me torturan, un azote, dos azotes, tres azotes, bocanada, trago aire, una cara, dos caras, tres caras, sin sonrisas, muchedumbre, me castigan, me maldicen, ¿yo que he hecho?, una llama, dos llamas, tres llamas, un infierno&#8230;</p>
<p><strong>II</strong><br />
Un besito, dos besitos, tres besitos, me acarician, un suspiro, dos suspiros, tres suspiros, un abrazo, te apreto, me apretas, más fuerte<span id="more-73"></span>, mucho más fuerte, una estrella, dos estrellas, tres estrellas, ¡no respiro!, un susurro, dos susurros, tres susurros al oido, me odias, me quieres me&#8230;, más fuerte, más y más fuerte, ¿yo que he hecho?, una chispa, dos chispas, tres chispas, un infierno&#8230;</p>
<p><strong>III</strong><br />
Una gota, dos gotas, tres gotas, un océano, un palo, dos palos, tres palos largos, una balsa a lo lejos, un perdido, sólo, tan sólo, un suspiro, un pájaro, dos pájaros, tres pájaros, ¡tierra!, una isla, una gran isla, enorme isla, tan lejos, una ola, dos olas, tres olas se agitan, una nube, ¡tormenta!, todo cae, ¿yo que he hecho?, un rayo, dos rayos, tres rayos, un infierno&#8230;</p>
<p><strong>IV</strong><br />
Un balido, dos balidos, tres balidos, ha nacido, una pata, dos patas, tres patas, ¡es precioso!, piel rosada, tersa piel rosada, ojos grises, suave, tan suave, una caricia, dos caricias, tres caricias, ¡cómo late!, un latido, dos latidos, tres latidos, agitado, muy agitado, se remueve, se agita, un grtio, dos gritos, tres gritos, ¿yo que he hecho?, un espasmo, dos espasmos, tres espasmos, un infierno&#8230;</p>
<p><strong>V</strong><br />
Una ola, dos olas, tres olas, mucha agua, mucha, mucha gente, un ángel, dos ángeles, tres ángeles, un paraíso, ¡un arcángel!, una pluma, dos plumas, tres plumas, un regalo, ¿para mí?, beso el suelo, trago arena, un granito, dos granitos, tres granitos, escupo, me lloran los ojos, ¿te elevas?, ¡arcángel!, una nube, dos nubes, tres nubes, ¿yo que he hecho?, una lágrima, dos lágrimas, tres lágrimas, un infierno&#8230;</p>
<p><strong>VI</strong><br />
Un ojo, dos ojos, tres ojos, me miran todos, me pongo nervioso, tiemblo, un escalofrío, dos escalofríos, tres escalofríos, ¡dejad de hacerlo!, me remuevo, quiero irme, me agobian, una gota, dos gotas, tres gotas de sudor, me resbalan pro la frente, ¡no, dejad de mirarme!, siguen allí, tyodos, mil ojos, diezmil ojos, todos esos ojos, ¿yo que he hecho? una cara, dos caras, tres caras, un infierno&#8230;</p>
<p><strong>VII</strong><br />
Una voluta, dos volutas, tres volutas de humo, la locomotora se marcha y yo con ella,     ¡no te alejes!, oigo voces, una despedida, dos despedidas, tres despedidas, manos agitándose a lo lejos, u nudo, dos nudos, tres nudos, en la garmanta, tanta nostalgia, no resisto, me contengo, ¡voluntad!, un esfuerzo, dos esfuerzos, tres esfuerzos para no mirar atrás, cierro los ojos, ¿yo que he hecho?, un grito, dos gritos, tres gritos fuertes,    ¡no es esto!, un infierno&#8230;</p>
<p><strong>VIII</strong><br />
Una luna, dos lunas, tres lunas, es mentira, una imagen, dos imágenes, tres imágenes, solo hay una, ¡es mentira!, te persigo, una estrella, dos estrellas, tres estrellas, estás tan lejos, ¡pero es mentira!, una eternidad, dos eternidades, tres eternidades, es primavera, te acuno, no, no eres tú, no estás, ¡es mentira!, miro arriba, jugueteas, una vueltam dos vueltas, tres vueltas, ¿yo que he hecho?, un pasito, dos pasitos, tres pasitos, un infierno&#8230;</p>
<p><strong>IX</strong><br />
Una letra, dos letras, tres letras, tantísimas palabras en tu carta, me dices que no, que eres tú, que es tu vida, que te alejas con motivo, que no sabes a donde llegar, que saltarás, una frase, dos frases, tres frases, la carta se deshace, cuanto polvo, cuanta ira, impotencia, estás creciendo, un centímetro, dos centímetros, tres centímetros, ¿yo que he hecho?, un jirón, dos jirones, tres jirones, un infierno&#8230;</p>
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		<title>Dormir, siempre dormir</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 14:40:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
				<category><![CDATA[Dr. SeROne]]></category>

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		<description><![CDATA[Otra noche más se despertó en la cama, cubierto de sudor, respirando pesadamente como si en los jadeos se le fuese la vida. No sabía por qué, pero cada noche tenía miedo&#8230; Era un miedo irracional, un miedo que no conducía a ningún sitio. Era un miedo que no tenía razón ni motivo. Era un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Otra noche más se despertó en la cama, cubierto de sudor, respirando pesadamente como si en los jadeos se le fuese la vida. No sabía por qué, pero cada noche tenía miedo&#8230;</p>
<p>Era un miedo irracional, un miedo que no conducía a ningún sitio. Era un miedo que no tenía razón ni motivo.</p>
<p>Era un miedo a nada y lo era a todo&#8230;</p>
<p>Se palpó todo el rostro, sin dejar un centímetro. Había sentido que la piel de su cara se desvanecía en un segundo, y con ella<span id="more-70"></span> su alma pues siempre le dijeron: &#8220;Tu cara te refleja entero&#8230;&#8221; Rozó la punta de la nariz con sus yemas, y luego siguió en contorno de sus cejas hasta que, presionando suavemente, se dio un masaje en las sienes.</p>
<p>Se levantó por fin . Las sábanas yacían blanquísimas bajo el, ajenas. Cogió un paño de su mesita de noche y se secó el sudor frío de la cara. Encendiendo la luz, se miró instintivamente en el espejo que tenía  ante él, a los pues de su cama, y lo que viole asustó aún más, mucho más.</p>
<p>Vio un hombre cansado, un hombre con demasiado peso sobre su espalda, vio un hombre vencido. Se volvió a palpar el rostro, pero nada había cambiado; allí tan sólo había un hombre sobrepasado por lo que le rodeaba, un hombre cuya vida le había dejado atrás. Si, ante él vio un hombre con miedo&#8230;</p>
<p>Y no pudo evitarlo, tuvo más miedo aún.</p>
<p>Tuvo miedo a que en el mañana todo continuase igual, a que la pesadilla no se desvaneciese. Tuvo miedo de verse otra vez en el espejo a la luz del sol y que nada hubiese cambiado.</p>
<p>El sol&#8230; la luz del sol&#8230; Cómo añoraba la luz del sol. Le parecía que nunca llegaría el día, cada minuto parecía hecho de plomo por la noche; en ese momento pensaba que nunca vería la luz del sol&#8230;</p>
<p>Le tranquilizaba el paso de las nubes; el azul, el blanco, el gris&#8230; Los colores del cielo eran su mejor paleta, con los que cada noche pintaba sus sueños, aquellos que de veras deseaba tener. Pero siempre cometía el mismo fallo.</p>
<p>Pintaba con miedo.</p>
<p>Pintaba sabiendo que la oscuridad le traería otra vez más esas pesadillas malditas, que se vería morir una y mil veces, que nada tendría sentido, que nunca descansaría&#8230;</p>
<p>Ese era su problema: nunca terminaba de pintar porque sus sueños nunca tendrían final. Y eso le asustaba, eso le asustaba más que nada.</p>
<p>Se volvió a acostar tras apagar la luz. La oscuridad volvió a devorar todas las figuras a su alrededor, sumiéndole en una nada inmensa. Cerró los ojos y esperó.</p>
<p>Esperó, esperó, esperó&#8230; Esperó porque tenía miedo al mañana, porque después de la luz del sol volvería otra noche, una nueva noche. No podía dormirse porque tenía miedo a que la noche acabase; el sol llegaría y la abrazaría con su luz, pero entonces todo empezaría de nuevo.</p>
<p>Esa noche las pesadillas habían terminado, no volverían, pero eso tenía miedo a dormirse de nuevo&#8230;</p>
<p>Se puso a pensar con los ojos cerrados: ¿Qué pasaría si el sol ya nunca llegara? ¿Cuál sría mejor vida: una vida sin pesadillas o una sin luz? ¿Por qué el sol se tiene que marchar&#8230;?</p>
<p>La fatiga comenzaba a hacer mella en él. Ahora dormiría. Le llegaban los vapores invisibles del sopor. Si, ahora dormiría. Intentó preguntar a la noche calladamente: ¿Por qué me atacas?</p>
<p>Se durmió esperando una respuesta, una respuesta que nunca llegaría, una respuesta que quizás no existiera. Se durmió con una pregunta en los labios y con una certeza:</p>
<p>&#8220;Mañana volverán las pesadillas, lo se&#8230;&#8221; No podía escapar de ellas, no había salida, ni había disfraz.</p>
<p>La noche no puede evitarse&#8230;</p>
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		<title>Cadenas</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 14:39:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Se me muere la ilusión poco a poco, y lo peor es que no puedo hacer nada. Día a día la rutina se come un trocito de mi vida y escupe una mancha negra en su lugar. Si, estoy entero, pero mi alma ya no me pertenece. Ya tan sólo soy un engranaje en la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Se me muere la ilusión poco a poco, y lo peor es que no puedo hacer nada. Día a día la rutina se come un trocito de mi vida y escupe una mancha negra en su lugar. Si, estoy entero, pero mi alma ya no me pertenece. Ya tan sólo soy un engranaje en la gran fábrica que mueve el mundo. Y aun así a veces arriba y me atrevo a pensar eso de ¡Quiero salir!</p>
<p>-No puedes hacerlo, muchacho.</p>
<p>Otra vez tú. Lo se, no te alarmes, ya me he aprendido todo eso de que ésta mierda debe seguir como siempre ha marchado: recto y hacia el frente, pero nunca<span id="more-68"></span> siguiendo. ¿Qué porqué nunca siguiendo? No tengo que decírtelo, nuestros pensamientos  íntimos también quedaron atrás. Lo sabes, y no me mires así.</p>
<p>-Ya, y quieres saber por qué eres como eres&#8230;</p>
<p>No, nadie tiene que decirme como soy. Lo que quiero saber es por qué estoy aquí y así. ¿qué ganas tú con un mundo que no cambia? Mira, no es la primera vez que tenemos ésta conversación, pero ¿porqué solo bajas tú a convencerme de que no el lógico eso de quejarse? Me gustaría algún día ver al resto. Espera, vas a ver, no hace falta que hables, yo también he aprendido a leer pensamientos. No, no vas a conseguir nada tampoco hoy.</p>
<p>-Tampoco lo vas a conseguir tu, ni hoy ni nunca. Vamos, no seas terco y vuelve a la fila. Ya sabes que el mundo no se va a parar porque te salgas. Yo me voy así que ya sabes: o vuelves a la fila o sal del camino. No puedes estar aquí parado.</p>
<p>Y se marcha, así de fácil. Ya no recuerdo la primera vez que intenté salir, pero tiene razón. Por más que me pese, tiene razón. No puedo salir, porque marcharme ahora&#8230; Tengo todo lo mío en ese camino. No consigo imaginarme que pasaría allá fuera. Tal vez mejor, tal vez peor. Pero nunca me he atrevido, y ya no puedo rebelarme. El valor me lo robaron con el primer palo, con mi primera ilusión. La última yo mismo se la entregué.</p>
<p>Lo peor es que miro a la fila y veo que todo funciona sin mí. En mis manos todavía tengo las huellas de las manos de mis compañeros. Ante mí y a mi espalda. Una vez sales el hueco se cierra, pero siempre tienes un espacio para volver. Son demasiado inteligentes. Venga, ya vuelvo. Y no me miréis así&#8230; Vosotros haríais lo mismo. Y si no salid de ahí.</p>
<p style="text-align: center;">*  *  *</p>
<p style="text-align: left;">
Una, dos, tres&#8230; No pienso contarlas todas, no podría. Una vuelta tras otra, decenas, cientos, miles de meandros de autómatas. Yo no veo vida, no sé si la habrá. Dentro de mí tampoco la hay, ya no. Un paso tras otro, siempre hacia delante, no decían. ¡Mirad a vuestro alrededor, por los dioses! Esto es un maldito círculo.</p>
<p>Por los dioses&#8230; Antes creía en ellos, pero cuando abandonaron el mundo me demostraron lo que ya venía sospechando. Tanto tiempo creyendo en palabras sin un rostro no podía traer nada bueno. ¿Qué no tienen rostro? Que sabréis vosotros&#8230; Yo no lo sé, pero tampoco digo saberlo. Cuando intento hablar tan solo veo la eterna duda, y ya no quiero sacar nada más de esto. Tampoco puedo.</p>
<p>No, es eso, esto es tan sólo un circulo. Un maldito círculo. Una sarta de cadenas&#8230;</p>
<p style="text-align: left;">
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		<title>La hora más larga</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 14:37:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Belén llegó a casa radiante una calurosa tarde de Julio. El día de trabajo había sido un infierno; un jefe cargante que durante los tres meses que llevaba en el trabajo no había acabado de aceptarla se habían encargado de ello no dejándola respirar. Pero cuando llevaba tan sólo unos pasos dados de vuelta a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Belén llegó a casa radiante una calurosa tarde de Julio. El día de trabajo había sido un infierno; un jefe cargante que durante los tres meses que llevaba en el trabajo no había acabado de aceptarla se habían encargado de ello no dejándola respirar. Pero cuando llevaba tan sólo unos pasos dados de vuelta a casa mirando al suelo con desidia había encontrado algo tirado en un rincón sombrío de la madrileña calle carretas, algo brillante ignorado por la muchedumbre que caminaba en todas direcciones a paso rápido. ¡Era un fantástico reloj! Un reloj dorado, redondo y plano, con el interior de la esfera de un blanco radiante y las agujas<span id="more-65"></span> azules como el mar. Los números eran grandes, pintados en una tinta roja que lanzaba destellos. Lo cogió y se fijó en que estaba parado en la siete y veintisiete de alguna tarde hace días, semanas quizá. &#8220;Lo arreglaré en casa&#8221;, se dijo a si misma sin reparar en nadie ni en nada más que en su hallazgo durante todo el trayecto.</p>
<p>Cuando llegó a la comodidad de su pequeño piso del corazón de Lavapiés se dejó caer rendida en su sillón, respirando por primera vez desde que a la mañana se levantase. Su figura parecía confundirse con el mar de pequeños mapaches amarillos que poblaban el estampado de fondo negro del sillón. Belén era una mujer alta, de largo pelo castaño, decían que con carita de hada. Soltó la presa de la pinza blanca que la coronaba y su cabello largo se derramó libre sobre sus hombros. Curiosa sacó el reloj que había encontrado de su bolsillo y lo miró a la luz del sol agonizante; le hizo dar varias vueltas entre sus manos, mirando metódica cada centímetro de su superficie, hasta que quedó satisfecha del examen. Parecía un reloj magnífico.</p>
<p>Se hizo una cena rápida y ligera y, despejando la mesita baja de sus salón en un santiamén, desplegó encima un paño de un azul celeste impoluto, poniendo sobre él el reloj junto a una cajita negra con un juego de herramientas de precisión en su interior. Sacó un minúsculo destornillador capaz de introducirse en las delgadas ranuras de los tornillos que mantenían tapadas las entrañas del reloj y guiñando un ojo se puso manos a la obra, sacando la pequeña y delgada tapita y comenzando a limpiar y ajustar el puzzle de minúsculas ruedecillas dentadas. Cuando puso de nuevo en su lugar la última de las ruedecillas desplazadas de su ubicación correcta el mecanismo comenzó a moverse, lentamente primero pero a buen ritmo después.</p>
<p>-Perfecto -murmuró Belén para si misma con una sonrisa inundándola la cara.</p>
<p>Tapó de nuevo el mecanismo y atornilló todos los tornillitos. Tomando el reloj en sus manos como si fuese un pajarillo herido lo admiró una vez más y, tras limpiar la correa de cuero negro con el paño celeste humedecido, se anudó el reloj en la muñeca izquierda, desterrando su antiguo reloj barato en uno de los cajones &#8220;para los trastos viejos&#8221;. Apenas algunos minutos habían pasado desde que comenzase a atardecer, y los últimos rayos de sol aún pugnaban por ser vistos entre el mosaico de tejados que formaban la línea del horizonte que Belén veía desde la ventana de su casa. Bajó la persiana y encendió todas las luces del piso; detestaba la oscuridad. Puso en hora su nuevo reloj, que irradiaba un tic tac persistente, casi musical, y agarró su ejemplar de &#8220;El señor de los anillos&#8221;, su obra favorita. Exhausta, acunada por la placentera lectura y el fondo sonoro del salto de las manecillas azules fue cerrando lentamente los ojos hasta quedarse profundamente dormida con el grueso tomo abierto en el regazo a modo de manta de letras. Nada se oía fuera, ningún ruido que no fuese el tic tac del nuevo reloj. Nada.</p>
<p>-¡Dios, es tardísimo!</p>
<p>Belén se despertó sobresaltada. Desde la muñeca podía ver claramente como las agujas cortaban el dos rojizo en el interior de la esfera dorada. No era la primera vez que se dormía tras llegar del trabajo sin lograr siquiera alcanzar la cama. Se fue derecha a la habitación y, agarrando su radio despertador se dispuso a ponerlo en hora; extrañada se fijó en la pantalla digital que mostraba en grandes caracteres rojos una hora confundida. &#8220;Qué raro, si le cambié las pilas hace tan sólo unos días&#8230;&#8221;. Como hacía con todo lo que quería observar, se lo puso entre las manos y comenzó a voltearlo entre ellas, observando cada una de sus piezas externas. Se volvió y lo que vio por la ventana la dejó paralizada.</p>
<p>-¡Qué demonios&#8230;!</p>
<p>Tiñendo de rojo las tejas sucias que Belén divisaba a través del cristal aún morían los rayos del sol. Se acercó pegando la mejilla al cristal frío; fuera las veletas estaban quietas, al igual que las palomas posadas en los canalones o a punto de alzar el vuelo, asemejándose a estatuas de plumas de un blanco sucio. Corrió por toda la casa mirando los relojes de pared que había ido diseminando por todo el piso con el tiempo. Todos se habían detenido a la misma hora que el reloj despertador. Se dio cuenta de que el tic tac profundo de su reloj de muñeca la envolvía sonando con saña. Ningún ruido más llegaba a sus oídos. Y reparó en el sentido de la hora inerte que marcaban todos los demás relojes; era exactamente la hora en el que su nuevo reloj blanco y dorado había vuelto a funcionar.</p>
<p>Con el corazón comenzando a golpearla en pecho a un ritmo de vértigo, Belén salió al pasillo que comunicaba su casa con la de el resto de sus vecinos del bloque. Llamó furiosamente al timbre de la puerta que tenía enfrente esperando una respuesta. Golpeó esta después con los puños cerrados gritando el nombre de Alba, la única amiga con la que contaba en el bloque, pero todo fue en vano. No percibió más respuesta que el silencio pesado que poblaba el otro lado de la puerta. Bajó de dos en dos los gastados peldaños de la escalera de piedra hasta alcanzar la calle, esperando ver allí algo animado. Igualmente inertes, decenas de viandantes la miraban estáticos sobre el pavimento, semiiluminados por los eternos últimos rayos solares de aquella tarde de verano.</p>
<p>Una histeria nerviosa comenzó a hacerse presa de ella. Belén alzó un grito al cielo y comenzó a correr sin rumbo. El tic tac del reloj comenzaba a sonar más y más fuerte en su cabeza a medida que se iba acercando casi por azar al lugar donde lo había recogido, como tambores tribales. Sentía un agudo dolor en la garganta  fruto del grito incesante que salía imparable de su pecho. El pelo castaño le surcaba la cara, transformando la calle a su alrededor en una sucesión de imágenes borrosas. Mientras esquivaba gente inmóvil se fue quitando casi involuntariamente el reloj de la muñeca, destrabando el cierre de la pulsera de cuero negro. Poco a poco se fue quedando si aire; la vista se le nubló y dando un traspiés definitivo cayó al suelo sin sentido. Lo último que escuchó fue el tic tac agobiante perdiéndose en la lejanía de una niebla espesa&#8230;</p>
<p>Las sirenas de la policía ululaban alrededor del cuerpo de Belén, que yacía tendida en el suelo; la ambulancia había llegado en poquísimos minutos, y dos enfermeros procedían en ese mismo instante a recoger el cuerpo con delicadeza, depositándolo en una camilla blanca mientras la policía retiraba a los curiosos que se habían agolpado en torno a la escena formando un corro. Cuando la ambulancia partió rauda entre ruido y luces el gentío se fue disipando pausadamente, como si nada hubiese pasado. Nadie reparó en el reloj dorado que había rodado desde el lugar donde Belén se había desplomado hasta un rincón oscuro de la fachada de una farmacia.</p>
<p>Morían en el cielo los últimos rayos de sol de aquel agobiante día de Julio.</p>
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		<title>Muñequita</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 14:34:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cuando por fin se pudo desclavar de las baldosas de la grandísima y abarrotada vía, rehizo su camino con pasos lentos. Su mente se había bloqueado. No lo aceptaba, no podía hacerlo. Y mientras intentaba restaurar de nuevo su frágil calma interior, para lo que se obligó a recordar todas las veces que había sucedido [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando por fin se pudo desclavar de las baldosas de la grandísima y abarrotada vía, rehizo su camino con pasos lentos. Su mente se había bloqueado. No lo aceptaba, no podía hacerlo. Y mientras intentaba restaurar de nuevo su frágil calma interior, para lo que se obligó a recordar todas las veces que había sucedido aquella misma escena en aquella misma calle; se repetía a sí mismo en voz baja:</p>
<p>-No, no, es imposible. No puede ser ella, no<span id="more-61"></span> lo es&#8230;</p>
<p style="text-align: center;"><strong><span style="text-decoration: underline;">I</span></strong></p>
<p>Como escondiéndose, sin dejar de mirar a uno y otro lado, abandonó a paso rápido la calle Montera, aún abarrotada aunque las luces de la tarde otoñal se estuviesen extinguiendo. Lo último que vio antes de cerrar sus ojos con la primera ráfaga de aire de la calle fue su cara reflejada en los cristales oscuros que jalonaban la puerta del Sex Shop. Pudo ver su rostro cansado, sus ojos hundidos en las cuencas plagadas de arrugas, su pelo blanco y largo cayendo lacio a ambos lados de la cara. Y sobre todo se fijó en la mueca de sus labios, caída como si de ella tirara el peso de todos los años de soledad que cargaba sobre su espalda.</p>
<p>Se chocó con varias personas en su huída, que le miraron con una mezcla de enfado y desprecio ante su aspecto desaliñado, hasta que se confundió en la ola de gente sin rostro que se movía ante las ornadas fachadas que los rodeaban. Sólo entonces, sumido entre desconocidos, se tranquilizó y asió con ambas manos el objeto de su pecado, apretándolo contra su pecho en el esbozo de un abrazo.</p>
<p>Una caja mediana pintada de negro asomaba por una bolsa de plástico gruesa igualmente oscura y sin ninguna inscripción. En una pequeña etiqueta blanca pegada sobre la caja se podía leer una frase escrita a mano medio tapada por el extremo de la bolsa.</p>
<p>&#8220;Julia, muñequita de&#8230;&#8221;</p>
<p>Se movió rápidamente entre la gente que paseaba por doquier charlando animadamente. Dentro de dos días casi ninguno de ellos trabajaría; la fiesta del Pilar y un espléndido tiempo impropio para esa primera quincena de octubre había provocado que toda Madrid pareciese convocada a su alrededor aún dos días antes de la festividad preparando las pequeñas vacaciones que el calendario les regalaba, saliendo y entrando en las calles y en las bocas del metro como hormigas en un hormiguero. Buscó un camino libre entre el gentío por el que se movió hasta llegar a la ancha calle que le conduciría a su casa, en el corazón del colorido barrio de Lavapiés.</p>
<p>Callejeó casi sin aliento al ritmo más apresurado de sus deteriorados músculos. Las piernas le dolían cuando por fin introdujo la llave en la cerradura del portal en el que moraba. Subió los desiguales escalones hasta el último piso y, cerrando la puerta con el pestillo tras encender la luz, se arrojó en el sillón para recobrarse de la fatigosa carrera. Aflojó la presa sobre la caja negra depositándola suavemente sobre la mesita baja.</p>
<p>Varios minutos después, cuando su corazón dejó de brincar en su pecho, se levantó dirigiéndose a la cocina. Encendió la radio; sonó una música ligera que acompañaba a una voz cálida, suave, que hablaba a los oyentes de la festividad del Pilar que les aguardaba dentro de dos días. Quien lo desease podía llamar a los teléfonos que ella recitaba. Entonces le preguntaría: <em>&#8220;¿Y qué harás tú este viernes del Pilar?&#8221;</em> Se quedó un rato escuchando los planes de aquellos que la llamaban. Y ella, al concluir cada llamada, repetía de nuevo esos números de teléfono, acariciando con su voz cada uno de los rincones de la pequeña cocina.</p>
<p>Se hizo una cena ligera: un pequeño sándwich que mordisqueó mientras veía hervir un par de huevos en el mar salado que delimitaba la única cazuela que tenía. Cuando estuvieron listos los peló y cortó sobre un plato, bañándolos a continuación de una mayonesa espesa. Dejó la radio encendida y, apagando la luz de la cocina, se sentó de nuevo ante la mesita baja del salón.</p>
<p>Comió despacio. Su mirada estaba fija en la caja que descansaba ajena sobre la mesa, ante él. En la cocina la locutora de voz deliciosa se despedía hasta el día siguiente. <em>&#8220;Mañana os espero aquí, como siempre, pero recordad que el viernes comienza este ansiado puente del Pilar, no tendremos programa porque yo estaré con todos vosotros en las calles, disfrutándolo&#8230;&#8221;</em> Sonrió tristemente. Como cada día volvió a intentar imaginar un físico par esa locutora. Intentó verla allí, a su lado, y quien que veía en su interior era muy diferente de aquella que antes paseaba por la Gran Vía madrileña. Y sobre todo rasgo físico se imponía aquella voz diciendo: <em>&#8220;¿Te conozco?&#8221;</em> No, no podía ser ella.</p>
<p>Llevó el plato vacío a la cocina y apagó la radio. Un silencio espeso lo rodeó de repente. Miró por la ventana; ninguna luz mas que la suya iluminaba el estrecho patio interior. Intentó ver alguna estrella en el cielo sin conseguirlo. <em>&#8220;En esta ciudad nunca han visto las estrellas&#8230;&#8221;</em>, pensó. Cerró la ventana y bajó la persiana. Hizo lo mismo con el resto de las ventanas de la pequeña casa y, tras lavarse la cara, se dirigió a su habitación. Se desvistió despacio y se introdujo en la cama.</p>
<p>En la mesilla dormitaba su diario. Lo abrió por la página que contenía la última anotación y, humedeciendo la tienta de su pluma, escribió de un solo trazo:</p>
<p><em>&#8220;Ya ha llegado Julia a casa, mañana la veré por fin, ante mí. Estoy nervioso&#8230;&#8221;</em></p>
<p>Deteniéndose, pesó en cómo continuar la frase, pero desistió. Volvió a tapar la pluma y cerró suavemente el diario, volviéndolo a dejar sobre la mesilla. Apagó la luz del flexo y, con un largo suspiro, cerró los ojos esperando el sueño.</p>
<p style="text-align: center;"><strong><span style="text-decoration: underline;">II</span></strong></p>
<p><em>&#8220;Oliver Sanz, campeón de ajedrez&#8221;</em>, así rezaban las placas de la hilera de trofeos que le contemplaban a través del grueso cristal de la vitrina que dominaba el salón.</p>
<p>Llevaba ya varios minutos sentado en silencio, quieto, observando la negra caja aislada en el centro de la pequeña mesita clara, ante él. Pensaba. Pensaba en el día anterior; súbitamente una punzada lo había dejado helado, clavado en el centro de la Gran Vía madrileña, cuando se dirigía a casa. Y en esa punzada, con rostro y nombre, le habían caído de golpe todos los años que había estado sólo en la grandísima urbe, desde que había decidido escapar de su pasado, abandonarlo todo, no ir a un nuevo inicio sino esperar un final, tranquilo, ajeno. No era la primera vez que le pasaba. La cara jalonada de mechones rubios pasó a su lado como un destello de su nombre. Julia&#8230;</p>
<p>Ayer, cuando de nuevo la vio pasar, se congeló el tiempo a su alrededor, una extraña necesidad lo obligó a reflexionar, a hacer penitencia, le devolvió a los ojos su tiempo de gloria, un tiempo en el que aun podía mirar atrás&#8230; Fue importante para muchos, antes de que decidiese echarlo todo por la borda y tirarse a si mismo depuse para no nadar, para abandonarse a las corrientes del azar. Se abandono a un mar de sucesos que le condujeron a la soledad del anonimato, en Madrid, lejos de todo, de todos. Y allí envejeció purgando su conciencia.</p>
<p>Julia paso, y todos esos años le cayeron de golpe en forma de alfiler ardiente. Tan solo pudo pararse, volverse y versa alejarse entre el gentío. No pudo hacer otra cosa que volver a negarla. <em>&#8220;No, ella no&#8230;&#8221;</em></p>
<p>La había visto muchas veces desde que empezó a escuchar su voz en aquella pequeña radio, pero nunca la había aceptado. La edad le había vuelto un viejo de ideas fijas, y Julia se metió en su mente de una forma material; y ese rostro que veía en las calles no era el de Julia, el de su Julia. Esa voz era tan&#8230; perfecta, no podía pertenecer a aquel rostro vano y vulgar. Julia no pertenecía al asfalto maloliente de la gran ciudad. No, su Julia no&#8230; Por eso, para aplacar aquella súbita punzada, había decidido traer a Julia a casa, aquella Julia que danzaba en su interior cada vez que escuchaba su voz.</p>
<p>Con un movimiento alcanzó la caja de cartón. Leyó la etiqueta blanca de una de las caras:</p>
<p>&#8220;Julia, muñequita de placer&#8221;</p>
<p>Destrabó no sin esfuerzo los topes de cartón que mantenían cerrada la caja, abriéndola por un costado; de ella sacó una informe masa de plástico claro, rosado, coronada por una caída cabeza de cabello oscuro y frondoso. Tras su nuca encontró una pequeñísima válvula, en la que un precinto impedía la entrada de cualquier resquicio de aire.</p>
<p>Se levantó despacio; sus cansados huesos de anciano crujían a cada paso mientras iba ventana a ventana, cerrándolas y bajando las persianas hasta que la única iluminación de la casa consistió en un complejo entramado de delgadas líneas de luz blanca que se cruzaban por doquier. A continuación sacó dos velas amarillas de un cajón. A Julia le gustaban las velas amarillas. <em>&#8220;Se sentirá como en casa&#8221;</em>, se dijo amargamente. Tras disponerlas sobre la mesa y encenderlas fue a la cocina para accionar la radio. La misma eterna melodía inundó de nuevo el viciado aire de la casa; aún faltaban horas para el programa de Julia, pero la sintonía se podía escuchar en cualquier momento a lo largo del día. Una vez hecho todo, se sentó con la masa sin aire en su regazo.</p>
<p>Esperó, esperó horas hasta que por fin escuchó la voz cálida y espesa de Julia en su último programa hasta que arribara del otro extremo de la larga festividad. Cerró los ojos unos minutos y se deleitó con ella, paladeando cada una de las sílabas que oía, y cuando los abrió de nuevo creyó tener a Julia ante sus ojos, aquella que escuchaba cada noche. ¡Si, era ella! Llenó de aire sus pulmones y, pegando sus labios cortados a la válvula, comenzó a hinchar la envoltura inerte, que empezó a tomar la forma grotesca de un feto que se desarrollaba ante sus ojos, convirtiéndose en segundos de bebé a mujer. Cuando la evolución estuvo completa sentó a aquella mujer a su lado.</p>
<p>-Julia&#8230;</p>
<p>Se levantó, cerró los ojos unos segundos rememorando el rostro que le inundaba y sacó una pequeña caja y unas tijeras de sendos cajones. Cogió un hato de ropas que se hallaban perfectamente dobladas a los pies de su cama y volvió con las manos llenas al sofá, junto a Julia. Con las tijeras cortó su pelo, muy muy corto, vistiéndola a continuación con esas ropas, las únicas que conservaba de su anterior vida. Cuando hubo terminado, abrió la cajita; de ella sacó algunas barras de pintalabios a medio gastar y varios estuches de polvos multicolores. Cubrió la piel plástica con habilidad, hasta que se trocó a golpe de esponjita y lápiz de color en una piel más viva, más humana. Cuando terminó su obra la miró con ojos llorosos. Besó sus labios y dijo:</p>
<p>-Bienvenida, Julia, déjame ahora que te peine.</p>
<p>Cogió un cepillo grueso del baño y comenzó a ordenar la desorganizada maraña de Julia, despacio. De fondo, la Julia de voz deliciosa continuaba con su repetida conversación con todos y con nadie. Miraba a su Julia. Pensaba <em>&#8220;Si, tú eres Julia&#8221;</em> mientras colocaba meticulosamente sus cabellos cortos, <em>&#8220;y tú te quedarás conmigo para siempre, si&#8230;&#8221;</em></p>
<p>Cuando acabó la emisión en la radio, cogió a Julia entre sus brazos. Pesaba tan poco&#8230; La miró a los ojos de cristal mientras la llevaba a su cama y la arropaba,</p>
<p>-Duerme ahora, Julia, descansa.</p>
<p>Cuando volvió a la calidez del salón sentía más desahogado su corazón, se sentía mucho más ligero, como cuando un contrapeso que asfixia se retira del cuerpo. Apagó las velas de sendos soplidos y desconectó la radio. Allí a oscuras, sonrió melancólicamente. Se quedó dormido en poco segundos, pensando que tenía que escribir en su diario:</p>
<p><em>&#8220;Es tal y como la imaginaba, ahora sí. Ella es lo que necesito, sé que se quedará conmigo hasta que por fin se acabe todo. No quiere marcharse, lo sé. Me lo dice con sus ojos&#8230;&#8221;</em></p>
<p style="text-align: center;"><strong><span style="text-decoration: underline;">III</span></strong></p>
<p>Llevaba horas sentado en la pequeña mesita, mirando a Julia que estaba reclinada en el sillón. Al amanecer había subido todas las persianas, apremiado por los primeros rayos de sol de la mañana mágica del viernes del Pilar, con los recuerdos vividos, ansiando ver de nuevo el rostro de Julia. La había sacado de su cama con cuidado y ahora permitía que siguiera durmiendo en el sillón, ante él. Pero ella ya no estaba allí.</p>
<p>Julia se había ido.</p>
<p>Sólo cuando su estómago comenzó a rugir se dio cuenta de que el tiempo había pasado sin avisar. Ante él veía un grotesco trozo de plásticos, pintado como una fulana.</p>
<p><em>&#8220;Ayer el ansia me dio una mala impresión&#8230; ¿Cómo pude haber confundido este engendro con mi Julia?&#8221;</em>. Sonrió amargamente y, levantándose con un largo suspiro, preparó una rápida comida que devoró en segundos. A continuación puso la radio, pero las voces de un grupo de estridentes tertulianos le obligaron a apagarla a golpe de charla vacía. <em>&#8220;Estaré con vosotros en la calle&#8230;&#8221;</em>, dijo Julia. Si, hoy no merecía la pena escuchar la radio, pensó amargamente. Dirigiéndose a su estantería sacó una de las muchas cintas con programas grabados en los que Julia contaba para él una y otra vez sus historias.</p>
<p><em>&#8220;Esta tarde de lluvia estoy melancólica, amigos, os voy a contar la historia de&#8230;&#8221;</em></p>
<p>La casi palpable voz de Julia, la auténtica Julia, volvió a inundarlo, dejándole clavado ante el alto mueble de la cocina donde estaba el aparato de radio del que manaba esa voz como un torrente. Cerró sus ojos hasta que el chasquido que indicaba el final de la grabación le sacó de nuevo de su ensoñación. Entonces, sin abrirlos, rebobinó la cinta hasta el comienzo de aquella historia del invierno que a Julia tanto le gustaba contar. La volvió a escuchar hasta que acabó, volviendo a rebobinarla y a escucharla hasta que las últimas luces del día se despidieron de él con un tono quedo de ocres y rojizos. Entonces se dio cuenta de que volvía a tener a Julia dentro.</p>
<p>Se acercó al salón. El horizonte cortado por los edificios se empezaba a perder en la negrura de la noche madrileña cuando encendió la luz y sentó a Julia en el sillón, en el que había quedado reclinada. Cogió un poco de agua en un pequeño balde y con una roja esponja limpió de la cara plástica todo el maquillaje del día anterior. La secó y, sacando de nuevo el estuche con maquillaje y un pequeño peine volvió a dibujar el rostro que llevaba dentro: con cada golpe de la suave brocha veía aparecer el auténtico rostro de Julia, sin olvidarse de cómo se engañó a sí mismo con ese falso fetiche la noche anterior. No, hoy estaba lleno de verdad de Julia, podía sentirla <em>&#8220;Háblame&#8221;</em>, decía al rostro que se iba formando ante sus ojos, <em>&#8220;sé que ahora estás conmigo&#8230;&#8221;</em></p>
<p>Cuando por fin concluyó su obra, vio tras retirarse a la Julia que se dibujaba cada día en su mente, allí sentada en su salón, sonriéndole. Le devolvió la sonrisa mientras pensaba <em>&#8220;Si, ahora si&#8230;&#8221;</em> y se sentaba al lado de la esbelta silueta que dibujaba ese cuerpo en la lisa tela del sofá. La acarició el pelo diciéndola:</p>
<p>-Julia, perdóname por lo que hice ayer. Has de hacerlo&#8230; -se levantó de golpe buscó otra cinta en la estantería y la puso en el aparato de radio. Cuando pulsó la tecla de encendido una suave música lenta les envolvió. Se acercó a Julia y, tendiéndola la mano, la dijo-. ¿Bailas conmigo?</p>
<p>La agarró con una mano, levantando sin esfuerzo alguno aquella mujer etérea y, estrechándola en un abrazo, comenzó a marcar el ritmo del pausado baile.</p>
<p>Fuera, una bandada de insectos bailaban con ellos ante la luz de la ventana, suspendidos en el vacío del patio interior.</p>
<p>Durante los días siguientes se levantó viendo el mismo engaño ante él. Siempre la noche convertía a la Julia auténtica en una sucia muñeca de goma, disipando todo rastro de la verdadera mujer que le llenaba la mente tras escuchar la voz melosa, suave cada noche en la radio. Cada mañana se había convertido para él en una pregunta desde que el esqueleto de Julia llegó a su casa. <em>&#8220;¿Por qué me abandonas, Julia?&#8221;</em></p>
<p>Su pasado le golpeaba cada vez con más contundencia. Había intentado romper la soledad de tantos años y estaba fallando; como le pasó en su juventud. Si, entonces también comenzó a fallar de improviso&#8230;</p>
<p>Oliver Sanz, el campeón de ajedrez más joven, un día de súbito comenzó a errar en cada una de las cosas que hacía, dentro y fuera del tablero de ajedrez. Cayó desastrosamente sin poder hacer nada para remediarlo. <em>&#8220;¿Qué te está pasando, Oliver?&#8221;</em> le preguntaban. Y el nunca supo responder. Por eso, por ser un muñeco del destino, se abandonó a su desgracia sin luchar. Todo su anterior mundo se hizo pedazos; nadie hizo nada por ayudarle, ni siquiera el mismo. Lo abandonó todo, sus amigos, su familia, su ciudad. Llegó a Madrid sabiendo que su juventud se había marchitado en un soplo. Ya no podía arreglar nada, solo esperar el final&#8230; Se marchó estando solo y llegó a la gran ciudad donde siguió solo hasta que descubrió la compañía de la voz de Julia.</p>
<p>Y ahora que ella había hecho el amago de acompañarle en su vida y espantar el fantasma negro de su soledad, la rutina que le rodeaba constantemente desde su llegada al complejo de calles sucias había cambiado drásticamente. Ahora la pena pesada de la soledad se había convertido en la angustia de sentir como le abandonaba de nuevo lo que más quería.</p>
<p>Era ya demasiado mayor para aguantar de nuevo esa tensión. Sentía como le abandonaban las fuerzas por momentos.</p>
<p>Cuando la noche del décimo día le trajo de nuevo a Julia a su mente decidió resistirse a sus impulsos. No quiso dibujarla de nuevo para no perderla a continuación con el siguiente amanecer. Permitió que Julia le susurrase al oído de su mente, pero resistió el canto de sirena de verla ante sus ojos. Intentando serenarse, se introdujo en la cama sin mirar aquella cara de plástico, intentando no pensar en que a través de sus ojos de cristal podría haber visto una vez más los ojos azules de Julia. Y se durmió sintiendo que le faltaba algo dentro.</p>
<p style="text-align: center;"><strong><span style="text-decoration: underline;">IV</span></strong></p>
<p>Despertó a la mañana siguiente sin poder moverse, tras una noche en la que un persistente sueño le había dejado sin aliento repitiéndose una y otra vez.</p>
<p>En él vio a Julia. No rea ni aquella mujer de plástico pintada ni aquella mujer vacía de rizos rubios que veía entre el humo de los coches. No, vio a Julia, a la verdadera propietaria de la única voz palpable. Y de esa manera deliciosa le habló. Pero no le llenó de paz ni halló un camino para serenarse como siempre hacía al escucharla, sino que una tremenda congoja le inundó. Julia le estaba reprendiendo.</p>
<p><em>&#8220;Te di la oportunidad de tenerme, Oliver. ¿Por qué la has tirado? Por&#8230; ¿Por qué me niegas cada día? ¿Por qué esta noche me has cerrado las puertas?&#8221;</em></p>
<p>Y en su sueño el tan sólo la miraba, mientras esta se hacía cada vez más pequeña.</p>
<p><em>&#8220;Oliver, necio. Estabas sólo, por eso me buscabas. ¡Y yo intenté ayudarte! Perdoné que me trataras cada mañana como una desconocida. ¡Mírame ahora! Me has borrado de tu vida, Oliver, y ni siquiera me miraste para despedirte. ¿Por qué me has dejado a la deriva?&#8221;</em></p>
<p>Se vio tendiendo una mano demasiado tarde a la diminuta Julia. Y cuando la alcanzaba tan sólo agarraba una pequeñísima muñeca de porcelana que dejaba caer a continuación, viendo como se rompía en mil pedazos y sintiendo como se rompía él igualmente par volver a aparecer ambos frente a frente. Entonces Julia volvía a entonar su lamento&#8230;</p>
<p>Sintiendo un miedo que no consiguió identificar, se levantó de golpe escuchando crujir sus huesos mientras sentía el dolor de su espalda, extendiéndose por cada una de las fibras de sus lacios músculos. Se enjugó el sudor de su frente apretando los dientes ante el acceso de un escalofrío y, cubriéndose con una bata oscura, se dirigió hacia el aún oscuro salón.</p>
<p>La muñeca de plástico se encontraba en el mismo lugar que la noche anterior, más artificial que nunca.</p>
<p>Se apresuró a cerrar todas las ventanas y persianas, a encender las gastadas velas amarillas y a sacar la caja de maquillaje mientras repetía en susurros una y otra vez:</p>
<p>-Lo siento, Julia, lo siento, lo siento, lo siento&#8230;</p>
<p>Puso la radio y esperó con los ojos cerrados, arrodillado ante la mujer de plástico hasta que empezó de nuevo el programa de Julia y se vio inundado por esa dulcísima voz espesa. La paladeó durante minutos y abrió los ojos. La mirada ausente de la muñeca no había cambiado.</p>
<p>La maquilló con sumo cuidado, pero no consiguió transformar de nuevo el plástico en la suave piel de la cara de Julia. Su mano le temblaba. Lo intentó con denodados esfuerzos, pero todo resultó inútil.</p>
<p>Cuando no pudo volver a retocar la cara de porcelana de aquélla falsa Julia abrumado por el fracaso, sintiéndose él también un juguete inútil, se introdujo en la cama con el corazón vacío de esperanza. Con la mano temblorosa escribió en su diario:</p>
<p><em>&#8220;Creo que se ha ido&#8230; para siempre.&#8221;</em></p>
<p>Cada mañana se despertaba con menos brillo en sus ojos, pues sabía que al levantarse volvería a ver un yaciente juguete para depravados tendido en su salón.</p>
<p>Julia se había ido, y sabía que no podría hacer nada para recuperarla&#8230;</p>
<p>Cada día se sentía más y más viejo. Escuchar la voz de Julia ahora le dejaba un sabor amargo en el fondo de la garganta. Desde que Julia se había marchado de su vida sentía gotear el grifo de los años. Se le escapaba el tiempo, y pese a todo no tenía motivos para intentar retenerlo.</p>
<p>Había agotado la tinta escribiendo la ausencia de Julia en su diario, y cuando la reseca pluma dejó de manchar el papel pardo del diario dejó de fluir la fuerza por su cuerpo.</p>
<p>Un día Oliver durmió para no volver a despertar.</p>
<p>Así le encontraron los gentes de la policía a los que, alertados por la ausencia del anciano, habían llamado sus vecinos. Recogían pruebas de la precintada casa con una mueca de desconcierto pintada en la cara. La caja de maquillaje, las decenas de cintas de &#8220;El Programa de Julia&#8221;, la pintada muñeca hinchable&#8230; Nada coincidía con nada.</p>
<p>-¿Que haría el viejo con esa muñeca? -le preguntó uno de los policías a su compañero mientras el forense autorizaba el levantamiento del pálido cadáver-. No le imagino encima de&#8230;</p>
<p>El policía aludido soltó una risita sardónica, ausente de la lóbrega atmósfera que cubría la casa. El resto de los policías comenzaban a marcharse, dejándolos a ellos dos solos para concluir la investigación.</p>
<p>-¡Anda, guarrete! No preguntes lo que ya sabes.</p>
<p>Dejaron pasar a la camilla que se llevaba el cuerpo macilento del anciano, que comenzó a bajar con dificultad los cuatro pisos de intrincadas escaleras que les separaban de las ululante ambulancia, y cuando por fin estuvieron solos cerraron la puerta a las vecinas que espiaban curiosas la escena. Tras algunos minutos de silencio uno de los policías encontró el diario de tapas oscuras. Comenzó a entonar con voz monótona:</p>
<p>-Seis de Noviembre, se ha ido. Siete de noviembre, se ha ido. Ocho de noviembre, se ha&#8230; y no escribió más. Desde el día veintiséis de Octubre el anciano tan sólo escribió eso. Se ha ido&#8230; -cerró de golpe el diario-. ¿De quien hablaría?</p>
<p>Su compañero se encogió de hombros, tendiéndole una bolsa transparente para guardar el diario.</p>
<p>-Ni idea. ¿Cuándo dijo el forense que murió?</p>
<p>-Hace unos cuatro días, o cinco&#8230; Justo cuando escribió por última vez en su diario -lo guardó en la bolsa, precintándolo a continuación-. De acuerdo, nos lo llevaremos. Tal vez le interese a alguien.</p>
<p>Revolvieron durante varios minutos las escasas pertenencias del anciano y por fin abandonaron la casa. Cuando se encontraron confortablemente sentados en el interior del coche patrulla, guarecidos del crudo frío con la calefacción a la máxima potencia, comentaron:</p>
<p>-¿Sabes? Al ver la cara del viejo me dio la impresión de que había muerto esperando algo. Tenía los ojos&#8230; demasiado abiertos. Pero de todas formas, la expresión de sus labios decía que esperaba la muerte. Todo él era una contradicción&#8230;</p>
<p>-Vete tú a saber -se estremeció y arrancó el motor del coche, que rugió furiosamente, desperezándose-. A mí me ha parecido un viejo de cuento, si, así le he visto. Como aquellos que esperan un milagro -se hizo un pequeño silencio, que aprovechó para poner rumbo a la comisaría de Lavapiés. Al final añadió-. Pobre.</p>
<p>La jornada de ambos terminaría en tan sólo algunos minutos, y ambos estaban deseosos de llegar al gris edificio de la comisaría. Mientras veían alejarse la sucia puerta del bloque, repitió:</p>
<p>-Sí, pobre&#8230;</p>
<p style="text-align: right;"><em>A Alberto, por ser el primer madrileño<br />
que me permitió librarme de la soledad.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em> </em></p>
<p style="text-align: right;"><em>A Jorge (Ateo), pues al fin y al cabo él<br />
me inspiró. Y, por supuesto, a Julia.</em></p>
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		<title>Redención</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 14:25:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
				<category><![CDATA[David R. Grégoris]]></category>

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		<description><![CDATA[POR TANTO, MALDITO SERÁS Y ARROJADO DE LA TIERRA, QUE HA ABIERTO SUS FAUCES PARA EMPAPARSE CON LA SANGRE DE TU HERMANO, DERRAMADA POR TI. (GENESIS 4,11) Preludio El párroco de la iglesia de san miguel veía con tristeza como sus fieles eran cada vez menos numerosos y más viejos. &#8220;Se esta perdiendo la fe&#8221;, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>POR TANTO, MALDITO SERÁS Y ARROJADO DE LA TIERRA, QUE HA ABIERTO SUS FAUCES PARA EMPAPARSE CON LA SANGRE  DE TU HERMANO, DERRAMADA POR TI.</em> (GENESIS 4,11)</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Preludio</span></strong></p>
<p>El párroco de la iglesia de san miguel veía con tristeza como sus fieles eran cada vez menos numerosos y más viejos. &#8220;Se esta perdiendo la fe&#8221;, dijo a su monaguillo terminada la misa de las ocho mientras contaba la triste recaudación del cepillo<span id="more-57"></span> de la iglesia.</p>
<p>-¿Necesita algo más, don Pedro? -preguntó el monaguillo deseoso de irse a jugar con sus amigos.</p>
<p>-No, puedes marcharte&#8230; Hasta mañana, Pablo -el monaguillo miró con tristeza al viejo y cansado párroco, guardó sus cosas en la mochila y se fue por la puerta trasera de la iglesia.</p>
<p>El viejo Don Pedro se dirigió lentamente a la sacristía para limpiar la mesa y guardar el cáliz. Miró el hermoso cristo crucificado que tantas veces le había acompañado en las misas mirándole desde arriba.</p>
<p>-Jefe, creo que soy muy viejo ya para enseñar tu camino -dijo don Pedro riendo con amargura entre dientes. De pronto oyó un golpe seco de la puerta principal de iglesia.</p>
<p>-¿Hay alguien ahí? -preguntó asustado. El eco fue el único que le contestó.</p>
<p>&#8220;Genial, ahora oyes cosas&#8221;, pensó. Pero mientras guardaba el cáliz pudo oír claramente pasos detrás de él.</p>
<p>-¿Si? ¿Quién eres? -preguntó al hombre envuelto en sombras que se encontraba caminando despacio hacia él. El hombre sacó un reluciente cuchillo y siguió caminando hacia el aterrado párroco.</p>
<p>-¡No tenemos dinero! ¡Si quiere puede llevarse lo que quiera! ¡Pero por favor, no me haga daño!</p>
<p>-Lo siento, de verdad que lo siento, pero no lo hago por mí, lo hago por la salvación de mi padre.</p>
<p>El párroco, comprendiendo que no tenia salvación, miro desesperadamente al cristo crucificado y empezó a rezar esperando una intervención divina&#8230;</p>
<p>Los gritos de Don pedro se oyeron por toda la cúpula de la iglesia&#8230; No tardaron mucho en dejar de oírse.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Pecado 1</span></strong></p>
<p>El teléfono sonó como una bomba en la cabeza de Miguel. La noche había sido movidita y se había gastado el poco dinero que tenia en las dos botellas ya vacías que se encontraban debajo de la cama.</p>
<p>-¿Si, quien es?- pregunto intentado que su voz  sonara firme por si era algún cliente.</p>
<p>-Hola Miguel, soy Pablo.</p>
<p>-¿El comisario en persona llamándome? ¿El mundo se ha vuelto loco? -dijo sarcásticamente Miguel.</p>
<p>-Por eso te llamo -la voz de Pablo estaba muy tensa como si algo le preocupara sobremanera-. Ven a la iglesia de San miguel y comprueba como está el mundo.</p>
<p>La conversación no dio más de si, Pablo no le explico mucho más. Era un brutal asesinato de un sacerdote. Pero no había pistas, no había huellas, ni pelos, ni testigos, solo una firma&#8230;</p>
<p>Miguel llegó en su coche, nada más salir de él sintió un escalofrío de pies a cabeza. No le gustaban las iglesias, demasiada &#8220;actividad&#8221;, pero en esta era brutal, se encontraba a más 50 metros y ya la había sentido antes de entrar.</p>
<p>Era una iglesia gótica con grandes vidrieras donde se representaba a arcángel  San Miguel matando a la bestia. &#8220;La ironía es enorme&#8221;, pensó al mirarlas.</p>
<p>Al entrar el escalofrío se intensificó. La iglesia estaba muy oscura, solo iluminada por los flashes de las fotos de los agentes que estaban junto a la sacristía sacando fotos a un cuerpo tendido en el suelo.</p>
<p>-Lo siento, pero esto es la escena de un crimen y no puede pasar -dijo un agente cortándole el paso.</p>
<p>-Déjale pasar, Carlos, es el caza fantasmas- dijo otro agente riendo.</p>
<p>-Muy gracioso -dijo Miguel mientras cada vez se acercaba más al los flashes de las cámaras. Allí estaba Pablo mirando al cristo salpicado de sangre debajo del cadáver.</p>
<p>-Hola Pablo.</p>
<p>-Ahí lo tienes, dame tu opinión -dijo Pablo sin mirarle siquiera señalando el cuerpo tapado por una sábana ensangrentada. Miguel levantó con mucho cuidado la sábana y observó el cadáver. Era un sacerdote corpulento de unos cincuenta años. Tenía todavía una expresión de terror. Le habían cortado el cuello con una precisión casi de cirujano. Le habían extraído el corazón con la misma precisión. También  le habían sacado los ojos.</p>
<p>Miguel sintió como una mano fría como un témpano de hielo se apoyaba en su hombro. Se dio la vuelta y vio al sacerdote de pie con las cuencas de los ojos vacías.</p>
<p>-Sálvales de Enoc -grito el sacerdote. Y desapareció.</p>
<p>Miguel estaba pálido, sin poder moverse.</p>
<p>-¿Has visto algo? -preguntó Pablo mientras se encendía un cigarrillo.</p>
<p>-No -dijo Miguel secamente-, no sé por qué me has llamado, está claro que a sido victima de algún  satánico&#8230; Admito que faltan algunos detalles, pero el que se llevara los ojos y el corazón es del tipo de esta clase de crímenes.</p>
<p>-Eso es lo desconcertante, que no se los llevó -dijo Pablo mientras señalaba a la mesa del altar donde había algo tapado por un trapo blanco manchado de sangre. Miguel noto un aura negra al acercarse al trapo. Noto una oleada de miedo y dolor. Destapo el trapo allí estaba el corazón seccionado en dos mitades en cada mitad había un ojo y escrito a fuego la siguiente frase &#8220;<strong><em>En el corazón están marcados los pecados, Dios con sus ojos los mira y juzga</em></strong>&#8220;.</p>
<p>-¿Que ves, Miguel? -preguntó Pablo.</p>
<p>-Veo como el asesino se acerca, no puedo verle la cara, lleva la máscara blanca. Es como la máscara  que representa la tragedia y el drama en el símbolo del teatro. Solo que las lagrimas son plateadas. Lleva un cuchillo grande, demasiado grande para la precisión que tienen los cortes, el cura pide piedad&#8230; Él se acerca, dice que lo hace para salvar a su padre. El cura no se mueve, tiene mucho miedo. Llama a dios para que le ayude, para que le salve. ¡No, No hagas eso! -grita Miguel mientras cae de rodillas al suelo, siente el dolor del sacerdote cuando el hombre de la máscara le saca el corazón y ¿las tripas?<br />
Pablo le ayuda a levantarse mientras los demás policías le miran extrañados y desconfiados.</p>
<p>-¿Dónde están las tripas?- preguntó a Pablo mientras se recuperaba el aliento.</p>
<p>-No lo sabemos, pero después de sacárselas le cosió, puede incluso que sigan dentro.</p>
<p>-¿Por que no le habéis abierto para comprobarlo? -preguntó Miguel.</p>
<p>Después de un momento de silencio Pablo contestó:</p>
<p>-¿Te acuerdas que te mencione una firma?</p>
<p>-Sí.</p>
<p>-Bien, pues aquí la tienes -dicho esto levantó con mucho cuidado la sábana del cadáver. En la tripa tenia un gran corte perfectamente cosido. Debajo, cosida con perfecta exactitud con un hilo negro se podía leer &#8220;<strong><em>ENOC</em></strong>&#8220;.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Pecado 2</span></strong></p>
<p>Javier era un  niño despierto como pocos. Estaba sentado en el banco mirando a la gente pasar por la transitada calle de su casa. Era una calle peatonal estrecha donde se acumulaban las tiendas y los turistas enfocaban con sus cámaras a los edificios de principios del siglo XVII donde compraban recuerdos y ropa. Javier se sentía orgulloso de su gran y bonita ciudad. Saboreaba un enorme helado de fresa y chocolate  que había comprado en el bar de al lado donde estaba una terraza  llena de turistas riendo y hablando un idioma que no comprendía.</p>
<p>-Hola -le dijo un hombre desconocido con una pequeña bolsa negra en sus manos. Javier no dijo nada y se quedo mirando al hombre. No tendría más de 25 años era guapo y tenia su pelo negro perfectamente cortado. Vestía de negro elegantemente. Y los ojos los tenia tapados por unas gafas de oscuras donde Javier se podía ver reflejado. Tenia  el gesto amable y sonreía enseñando sus blancos dientes de anuncio de dentífrico.</p>
<p>-Vaya, no dices nada -continuo diciendo el hombre-. Es normal, tus padres te habrán dicho que no hables con desconocidos. Seguramente te quieren mucho&#8230; -Javier afirmo con la cabeza. A su alrededor una pareja de niños nipones corrían felices ante la atenta mirada de sus padres.</p>
<p>-Mi padre también me quería mucho&#8230; tanto que me construyo una ciudad con mi nombre -Javier abrió los ojos al oír esto.</p>
<p>-¿Eres un príncipe? -pregunto al hombre desconocido. El hombre soltó una carcajada.</p>
<p>-No, niño, no soy ningún príncipe -contesto el desconocido.</p>
<p>-¿Y quien es tu padre para que te construya una ciudad? -volvió a preguntar Javier cada vez más interesado por aquel singular desconocido.</p>
<p>-No se como explicártelo&#8230; Mmmmmm. Era un hombre que un día cometió un error y su abuelo le castigó. Entonces, para que mi bisabuelo perdone a mi padre, yo tengo que hacer una serie de cosas. ¿Lo entiendes? -Javier afirmo con la cabeza-. ¿quieres ayudarme?</p>
<p>-Si -respondió alegremente Javier-. Mi mama me dice siempre que hay que ayudar  a los demás.</p>
<p>-Tu mamá debe ser una persona muy buena&#8230; Mira, solo tienes que guardarte esta nota en el bolsillo -el hombre sacó un papel blanco doblado perfectamente y se lo entrego a Javier quien sorprendido preguntó.</p>
<p>-¿A quien le doy la nota?</p>
<p>-Tranquilo, ya te la pedirán -dijo el hombre mientras se levantaba cogiendo su  pequeña bolsa negra-. Ha sido un placer conocerte. Y gracias -dijo flotándole cariñosamente el pelo.</p>
<p>Javier sonrió mientras observaba como el extraño hombre se iba por la estrecha y transitada calle. Pudo observar como tiraba en una papelera la pequeña bolsa negra. Esto le extrañó mucho. Pero no le dio importancia, se guardó la nota y siguió disfrutando de su helado. &#8220;Mama siempre dice que hay que ayudar a la gente&#8221;, pensó.</p>
<p>La explosión se oyó a cinco kilómetros a la redonda. La bomba de la bolsa explotó convirtiendo la estrecha y transitada calle en un gran pasillo de fuego. Los cristales de las tiendas se rompieron  inundándolas de llamas. Los maniquís de las tiendas se derritieron como las mesas de las terrazas. Ya no oían risas en la calle solo gritos de los supervivientes algunos de ellos sin alguna parte de su cuerpo. La calle se lleno de un olor de carne y plástico quemado. Entre los cuerpos esparcidos por el suelo se encontraba un niño de diez años que había sido lanzado por la onda expansiva varios metros hasta chocar contra una pared. Murió instantáneamente.</p>
<p>Y un helado de fresa y chocolate se derritió en el suelo.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Pecado 3</span></strong></p>
<p>Miguel odiaba ir al laboratorio forense. Iba a por los resultados de la autopsia del cadáver del sacerdote. Esperaba encontrar alguna pista o algún detalle que se le hubiese pasado por alto.<br />
Sabía que el asesino no había estudiado teología ya que las palabras escritas en el corazón de la victima no eran de la Biblia y habían sido escritas en castellano, cuando lo normal en un psicópata con ciertos conocimientos teológicos habría sido escribirlo en latín o hebreo, y escribir una frase de la Biblia y no una suya. Sin embargo Enoc era un nombre bíblico. ¿El asesino se creería Enoc? ¿O lo invocaba?.La mascara blanca de teatro también le tenía confundido. ¿Que tiene que ver una máscara con Enoc? ¿Era parte del ritual? ¿Había ritual? Lo que más le sorprendía era precisión casi quirúrgica con la que el asesino había arrancado el corazón y los ojos. En sus visiones era un cuchillo de cocina enorme de unos treinta centímetros de filo. ¿Era un medico? ¿Había estudiado medicina? ¿O era simplemente un &#8220;don&#8221;?. ¿Que cosió dentro del cadáver? ¿Y por que se había llevado las tripas del cura?</p>
<p>Oyó por las noticias de la radio la matanza producida por una bomba en una de las calles más turísticas de la ciudad. Se contaba 40 muertos y 250 heridos la mayoría de gravedad, ningún grupo terrorista se había hecho  responsable del atentado. Aunque se sospechaba de varios grupos independentistas.</p>
<p>Cuando llego al hospital donde estaba el laboratorio se pensó dos veces el entrar. Las puertas estaban  llenas de periodistas y heridos que entraban gritando o preguntando por extremidades perdidas y familiares desaparecidos.</p>
<p>Al entrar por sus puertas, un escalofrió paso por todo su cuerpo, allí estaban los muertos  pidiendo ayuda a unos vivos que no los escuchaban, intentando consolar a sus familiares sin saber que cada vez que hablaban más les hacían sufrir, almas yendo al cielo y al infierno. Todas gritaban y Miguel las ignoraba, era el único allí que podía verlas. Pero las ignoraba. Miguel intentó cerrar los ojos hasta encontrar un ascensor que le llevara al sótano donde estaba el laboratorio forense. Al entrar un enfermero llevaba una bolsa menuda en una camilla. Al lado un niño con una gran brecha en cabeza y la cara llena de cortes  lloraba desconsoladamente. Miguel no pudo contener las lagrimas algo le decía que tenia que hablar con ese chico.</p>
<p>-Deja de llorar, por favor -suplicó Miguel al niño mientras el enfermero le miraba extrañado.</p>
<p>-¿Señor, estoy muerto? -preguntó el niño mirándole curioso.</p>
<p>-Sí, lo estas, pequeño -contesto miguel fríamente.</p>
<p>-He querido consolar a mama pero no he podido, no he podido despedirme de ella.</p>
<p>-Lo siento, pero no puedo ayudarte, ahora tienes que irte a un mundo mejor que este, de verdad que lo siento -dijo miguel mientras el enfermero se estaba poniendo muy nervioso.</p>
<p>-Pero antes de irme tengo que dar una nota a alguien y no se a quién&#8230; Creo que puede ser usted por que es el único que me puede ver -dijo el niño mirando fijamente a Miguel que como podía apartaba la mirada.</p>
<p>-¿De quien es la nota?</p>
<p>-Del que hizo esto -Miguel al oír esto se le helo la sangre, abrió la bolsa ante la mirada estupefacta del enfermero que tenia tanto miedo que no se atrevió a decir nada  &#8220;a ese loco que hablaba solo&#8221;.</p>
<p>Sacó la nota de uno de los bolsillos del cadáver del niño. La nota brillaba con un aura de maldad, Miguel podía reconocer ese brillo en cualquier parte. Miro al niño muerto que a pesar de los cortes y la palidez de la piel parecía estar simplemente dormido, cerro la bolsa y se dio la vuelta para hablar con el espíritu del niño muerto, pero ya no estaba. Abrió la nota y pudo leer:</p>
<p><em>&#8220;Dios furioso por los muchos pecados de los hombres llenará de fuego el corazón de los pecadores, y un niño les hará ver quien será el encargado de empezar la redención de los hombres.</em><strong>ENOC.</strong>&#8221;</p>
<p>Miguel se estremeció al  leer estas palabras&#8230;</p>
<p>¿Que seria lo siguiente que haría Enoc para conseguir la redención?</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Pecado 4</span></strong></p>
<p><strong>&#8220;Enoc, despierta, Enoc.&#8221;&#8230;</strong> Otra vez esa voz en su cabeza&#8230; Llamándole por un nombre que no es suyo.</p>
<p>-¡Vete! -gritó a la voz de su cabeza, deseando que el martilleo que sentía en ella acabase pronto.</p>
<p><strong>&#8220;Enoc, es hora de seguir con la redención de las almas&#8221;</strong> -siguió hablando la voz de su cabeza.</p>
<p>-¿Quién eres? Sal de mi cabeza, por favor -gritó llorando a la voz. Oyó una carcajada que no paraba de rebotar en su cabeza, provocándole un dolor agudo e indescriptible.</p>
<p><strong>&#8220;Soy  Dios, Enoc, creador de todo, y te he elegido a tí como la espada exterminadora que llevará mi palabra ya olvidada a la tierra.&#8221;</strong></p>
<p>-Mientes&#8230; eres solo una alucinación&#8230; no eres real, yo no soy Enoc -estaba cansado y la cabeza no paraba de darle vueltas.</p>
<p><strong>&#8220;¡No me desafíes, Enoc!&#8221;</strong> -gritó la voz de su cabeza-. <strong>&#8220;¡Soy Dios, creador del cielo y la tierra, y tu no eras nada hasta que te encontré, yo te he hecho, vives por mí, sufres por mí, y matarás por mí.&#8221;</strong></p>
<p>-¡Noooo, no pienso matar a nadie&#8230;! ¡Yo no soy Enoc! Ni siquiera sé quien es Enoc -se sentía impotente ante la voz de su cabeza y el dolor del martilleo aumentaba, en la televisión podía ver los efectos de una bomba colocada en una turística calle: cuerpos mutilados en el suelo, el sonido de las sirenas de los bomberos y ambulancias, médicos atendiendo a los destrozados heridos, paredes ennegrecidas por fuego. Miró todas estas imágenes y se preguntó interiormente por que le son tan familiares.</p>
<p>&#8220;<strong>¿Y por la redención de tu padre? ¿Enoc, me ayudaras por la redención de tu padre?&#8221;</strong></p>
<p>&#8220;¿Mi padre?&#8221;, pensó mientras miraba fijamente una máscara blanca con expresión de estar llorando dos lagrimas plateadas. El martilleo fue desapareciendo.</p>
<p>-Si, tengo que conseguir la redención de mi padre. Caín, el primer asesino -se dijo a sí mismo mientras cogió la mascara y se la puso.</p>
<p><strong>&#8220;Eso es, Enoc. Bienvenido, vamos date prisak hay almas que salvar.&#8221;</strong></p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Pecado V</span></strong></p>
<p>Pablo estaba de pie mirando los informes del forense. Lo hacia para no mirar a Miguel que estaba también de pie con los ojos cerrados. Se hallaban en la calle donde había explotado la bomba. Estaba ya limpia de cascotes y restos humanos, pero las paredes de las casas y edificios antiguos seguían ennegrecidas y sin cristales, algunas casas solo eran un montón de amasijos de hierros ennegrecidos.</p>
<p>Efectivamente Enoc se había llevado las tripas del cura y las había sustituido por pétalos de rosas, después le cosió con una precisión de cirujano.</p>
<p>También leyó  que Enoc era según la Biblia era primer hijo de Caín, quien fundó una ciudad con su nombre. En la Biblia dice que hay otro Enoc descendiente de Set, el tercer hijo de Adán, y este Enoc fue el padre de matusalén.</p>
<p>¿Pero que clase de asesino psicópata primero despedaza a un cura y luego pone una bomba en la calle más turística de la ciudad?</p>
<p>La bomba había sido de fabricación casera, pero de una profesionalidad digna de un artificiero. Había elegido la carga apropiada de goma 2, había añadido al lado de la bomba varios botes de gas para provocar una gran bola de fuego, colocándola en el sitio más mortífero ya que al colocarlo a la entrada de la calle y al ser esta estrecha conseguía que la calle se convirtiera en un gran pasillo de fuego. Además, para rematar, también había colocado una gran cantidad de clavos que fueron utilizados como metralla.</p>
<p>&#8220;Una obra de arte&#8221;, le había dicho el artificiero que investigaba la explosión.</p>
<p>La nota encontrada en cadáver del niño había desconcertado a todos, la policía no sabia por donde empezar. Pablo había hecho revisar todos los expedientes psicológicos de artificieros retirados por estrés o desordenes psicológicos. También se buscaban indicios en informes psicológicos de médicos, militares, y sectarios religiosos, sin ningún éxito.</p>
<p>De repente Pablo vio como Miguel caía de rodillas, se agitaba como si estuviera ardiendo y gritaba de dolor. Se acerco corriendo a él.</p>
<p>Miguel no paraba de llorar y Pablo le abrazo.</p>
<p>-Tranquilo, viejo amigo, ya pasó todo -intentó tranquilizarle Pablo. Recordó como conoció a Miguel hace años en un caso de secuestro. Miguel era un detective privado con &#8220;dones&#8221; contratado por la familia de la secuestrada, él era un detective en su primer caso de secuestro, trabajaron juntos y encontraron a la chica secuestrada desde entonces le llamaba siempre que tenia un caso cuya solución no pudiera encontrarse por cauces &#8220;normales&#8221;.</p>
<p>-He visto como todo se llenaba de llamas y gritos -dijo Miguel llorando con amargura-. Pero le he visto, he visto a Enoc y ahora voy a ir a por él -Pablo a oír esto se quedó mudo y pensó que si al el intentar detener la redención de Enoc Miguel no se condenaría a sí mismo.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Pecado VI</span></strong></p>
<p>Durante años la taberna de Isaías fue un bar donde los vecinos tomaban sus cañas, jugaban al mus, al tute, o al dominó. Un bar donde el viejo Isaías hablaba de toros con sus amigos y veían el fútbol. Pero eso era antes. Después de la muerte del viejo Isaías el pequeño bar se convirtió en un antro de mala muerte, donde se cortaba la droga y los mafiosos de poca monta de la ciudad guardaban su dinero negro. La policía había hecho varias redadas cerrando el sitio muchas veces&#8230; pero nunca encontraban nada, siempre se ha dicho que alguien avisaba a los de la taberna desde la policía cuando ésta hacia una redada, y que incluso el dueño tenia tratos con ella.</p>
<p>Para entrar dentro se tenía que decir una contraseña que pedía el portero mientras miraba por la mirilla. Dentro había cuatro mesas de maderas viejas y desgastadas, firmadas por antiguos enamorados que querían dejar constancia de su estancia en el viejo bar. La barra no era muy grande, detrás había un espejo con unos estantes llenos de botellas medio vacías, vasos sucios y cocteleras llenas de polvo.</p>
<p>En la barra estaba Luis, el camarero, metiéndose unas rayas de cocaína con Juan Pablo, un camello de poca monta que utilizaba la taberna para sus trapicheos y atender a su numerosa clientela. En una de las mesas estaba Sonia bebiendo una coca cola, era una hermosa chica 16 años que se follaba a Juan Pablo para poder conseguir unas dosis de heroína. En la mesa estaba Joaquín Núñez, el dueño de la taberna e hijo del viejo Isaías. Tomaba su habitual whisky de la tarde leyendo los resultados de la liga de fútbol. A su lado como siempre estaba Paco, el contable, que aunque no tenía el título de esa carrera (nadie sabía si tenia algún título) siempre era el que controlaba el dinero del ilícito negocio de la droga y era la mano derecha de Joaquín, desde que se conocieron en la cárcel por trafico de drogas. Se había convertido en uno de los peces gordos dentro del mundo de la droga en la ciudad, consiguió un acuerdo con un importante narcotraficante colombiano y Joaquín se encargó de vender su droga por la ciudad incluso por todo el país.</p>
<p>Esto le había reportado unos beneficios enormes&#8230; y muchos enemigos.</p>
<p>Paco estaba sentado con un cubata al lado, del cual pegaba grandes tragos mientras miraba unos papeles. Detrás de él estaban los matones de Joaquín. Eran cinco, la mayoría empezaron como pandilleros, y en cuanto les ofrecieron dinero por pegar palizas y llevar pistolas aceptaron sin pensárselo. Uno de ellos que llamaban Tony había sido boxeador de pesos pesados, pero una fractura en la rodilla le hizo retirarse anticipadamente y Joaquín, que solía ganar mucho dinero con sus combates, le ofreció un puesto como guardaespaldas que no pudo rechazar.</p>
<p>Esa noche en la que todo parecía normal sonó la puerta. El portero se levantó de una silla donde estaba sentado leyendo una revista porno y se dirigió a la puerta abriendo la mirilla para ver quien era. No se esperaba para esa noche ninguna visita así que seguramente seria un cliente de Juan Pablo.</p>
<p>-¿Si, quien es? -preguntó el portero mientras observaba por la mirilla. Entonces vio lo que parecía el cañón de una pistola.</p>
<p>-La ira de Dios -contestó una voz detrás de la puerta mientras se oía un disparo, saliendo a la vez volando un par de metros el cuerpo sin vida (y sin media cabeza) del portero.</p>
<p>Sonia pego un grito al ver  el cadáver del portero manchándola  de sangre los tacones.</p>
<p>Todos los guardaespaldas sacaron sus pistolas de Joaquín empezaron a disparar contra la puerta acribillándola a balazos.</p>
<p>Luis se tiró al suelo y cogió una escopeta que tenía debajo la barra empezándola a meter nerviosamente cartuchos.</p>
<p>Juan Pablo se tiró al suelo asustado dejando caer con él, el espejito donde tenía la cocaína cayéndole toda la droga encima, mientras se protegía con las manos sobre la cabeza.</p>
<p>Paco sacó un revolver y disparó como los demás sobre la agujereada puerta que apenas necesitaba ya un empujón para caerse.</p>
<p>Joaquín grito que pararan de disparar, tardaron unos segundos en vaciar los cargadores de todas las armas.</p>
<p>Joaquín, tiró una arma a Juan Pablo, el cual no paraba de temblar todo cubierto de  droga blanca, solo la sangre de algunos cortes producidos por el espejo hacían dudar que fuera un fantasma.</p>
<p>-Ve a ver si esta muerto -le ordenó fríamente Joaquín a Juan Pablo.</p>
<p>-¡No jodas! ¡Ve tú, coño! -gritó quejándose Juan Pablo.</p>
<p>-Ve y no me discutas, gilipollas, o te meto un tiro ahora mismo -amenazó con sus grandes ojos negros Joaquín.</p>
<p>-Me cagüen la puta -dijo entre dientes Juan Pablo mientras se levantaba y se acercaba a la puerta sin parar de apuntarla. La abrió con mucho cuidado a la vez que todos los presentes cargaban sus armas sin dejar de apuntar a la puerta. En la calle miró un lado y a otro apuntando tembloroso con el arma. No había nada, las luces de las farolas iluminaban la calle desierta. No había cuerpo ni sangre, ni nadie, quien fuera se había ido como un fantasma. Juan Pablo respiro tranquilo y se dio la vuelta en el umbral de la puerta mirando a las personas que le apuntaban nerviosos.</p>
<p>-¡Aquí no hay nadie! -grito Juan Pablo. En ese momento noto un dolor agudo en el cuello. Los presentes vieron una sombra que corrió por el umbral de la puerta abierta y que en unos segundos había clavado un cuchillo en el cuello de Juan Pablo  volviendo a desaparecer por la izquierda de la puerta. Juan Pablo cayo de rodillas llevándose una mano al cuchillo de su cuello. Su garganta y su boca empezaron, como sus pulmones, a llenase de liquido escarlata. Soltó la pistola y extendió una mano a hacia Sonia. Quien volvió a empezar a gritar y a llorar acercándose a él. Pensó que en el fondo la quería y que no merecía morir así. Fue su ultimo pensamiento cuando cayo al suelo muerto, con los ojos abiertos como platos y la boca llena de sangre. Sonia se acercó a él y agarró su cabeza y la puso sobre sus rodillas abrazándolo y llorando.</p>
<p>-Joder -susurró Luis desde la barra inmovilizado por el miedo.</p>
<p>Tony hizo una señal a los cinco guardaespaldas, a los cuales no paraban de temblarles las manos. Se dirigieron a la puerta, atravesaron el umbral de ésta y desaparecieron apuntando hacia todos lados sus armas, en ese momento la destrozada puerta se cerró y empezaron a oírse disparos y gritos de horror y dolor. Después silencio, Sonia se arrastró con el cadáver de Juan pablo lejos de la puerta, dejando un reguero de sangre.</p>
<p>Luis, Tony y Paco apuntaron a la puerta, mientras vieron como una sombra humana se colocaba detrás de la puerta agujereada y la abría. Entonces vieron a un hombre alto con una mascara blanca con expresión triste que lloraba dos lagrimas de plata. Empezaron a disparar sobre el hombre que cayó al suelo panza arriba con el cuerpo lleno de balas y sangrando como un cerdo mientras tenia violentas convulsiones. Tony se acerco a él y cuando estuvo a menos de un metro de él le pegó un tiro en la cabeza. Después de un silencio, se agachó hacia el cadáver y le quito la mascara agujereada por su disparo, Y vio horrorizado que era uno de sus guardaespaldas. Sintió como el cañón de un arma se apoyo sobre su cabeza.</p>
<p>-¿Quién eres? -preguntó Tony tranquilo, sabiendo que iba a morir.</p>
<p>-Tu redención -dijo el misterioso pistolero y disparó derramando los sesos de Tony sobre el cuerpo del guardaespaldas muerto. Luis intentó disparar sobre el desconocido pero su escopeta estaba descargada. Paco también  había descargado su arma sobre el pobre guardaespaldas muerto y antes  de que pudiera pedir piedad una bala atravesó su corazón, cayendo muerto sobre las mesas.</p>
<p>Joaquín intentó coger la pistola de Paco pero un a bala atravesó su estomago tirándolo al suelo mientras se retorcía de dolor.</p>
<p>Luis pegó un grito y se agacho adentro de la barra del bar buscando desesperadamente más cartuchos para su escopeta.</p>
<p>El desconocido se acercó a Sonia, que temblaba abrazando el cuerpo de Juan Pablo. Cuando ya estaba a su lado él se agacho y ella pudo ver la expresión de odio en sus grandes ojos negros.</p>
<p>-Perdona -dijo con voz suave y amable-, pero necesito esto -en ese momento arrancó  el cuchillo del cuello de Juan Pablo manchando la cara de Sonia de sangre. Después se levantó y se dirigió hacia la barra del bar donde estaba cargando Luis la escopeta. En la taberna solo se oían los gritos de dolor de Joaquín que se arrastraba hasta la pistola de Paco.</p>
<p>Luis terminó de cargar la escopeta, tomó aire y se levantó de debajo de la barra, empezó a disparar hacia todos los lados mientras gritaba:</p>
<p>-¡Cabrón, muere, hijo de Satanás! -cuando dejó de disparar sintió un aliento a su lado, tragó saliva y giró la cabeza hacia el aliento, y sus ojos vieron al desconocido sonriente con el cuchillo ensangrentado en la mano.</p>
<p>-No es nada personal -dijo el desconocido mientras atravesaba el ojo de Luis con el cuchillo. Luis empezó a convulsionarse mirando con horror por el ojo que le quedaba mientras que el cuchillo empezaba a cortarle también la ceja. Sacó el cuchillo del ojo de Luis, cuyo cuerpo cayó al suelo de la barra del bar.</p>
<p>El desconocido se acercó al asustado Joaquín, que no conseguía acercarse al cuerpo de Paco.</p>
<p>-¡¿Qué quieres?! -gritó histérico Joaquín.</p>
<p>-Tu corazón -respondió tranquilo el desconocido. Joaquín miró a sus ojos y, sorprendido, susurro:</p>
<p>-Te conozco, tienes los mismos ojos que tu padre -esto paró el avance del desconocido.</p>
<p>-¡Tu no pudiste conocer a mi padre! ¡Mientes, tu no le conoces! -le gritó el desconocido a Joaquín.</p>
<p>-Si, le conocí hace muchos años. ¿No te acuerdas de mí?, ¡No me mates, por favor! -el misterioso asesino respiró hondo y cogió de una pierna a Joaquín. Lo arrastró hacia la puerta mientras éste gritaba de dolor y se oían las sirenas de la policía de fondo.</p>
<p>Sonia miro al desconocido aterrorizada, este se paró y Joaquín extendió la mano para pedirla ayuda.</p>
<p>-¿Y tu que miras? -preguntó a la hermosa joven.</p>
<p>-Nada -respondió ella aterrorizada.</p>
<p>-Recuerda este día, mujer, pues Enoc te ha perdonado tus pecados -ella afirmó con la cabeza-. Y tú, ven conmigo, tenemos que hablar de mi padre -le dijo a Joaquín mientras le arrastraba por el umbral de la puerta.</p>
<p>Sonia oyó los gritos de Joaquín alejándose por la calle. Se quedó en silencio abrazando el cuerpo Juan Pablo mientras oía las sirenas de la policía cada vez más cerca.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Pecado VII</span></strong></p>
<p>-Miguel, ¿tu crees que es mucho pedir que nuestro psicópata tenga un modus operanti? ¿Que un día no le dé por matar de un modo distinto? ¡Ahora le da por liarse a tiros en un bar! -decía con ironía Pablo. Miguel estaba pensando, todavía no se le habían quitado de la cabeza las ultimas visiones de la explosión en la calle. Y sobre todo la cara de Enoc hablando tranquilamente con ese niño&#8230; Una sensación de odio atravesaba su cuerpo cada vez que pensaba en ello.</p>
<p>-Pero esta vez a cometido errores -prosiguió Pablo al ver que Miguel no le contestaba-, ha dejado a una chica viva, y en la máscara que apareció en tu primera visión con un poco de suerte hay alguna huella dactilar o algún pelo y entonces le tendremos -Pablo sonreía al pensar que esta pesadilla pronto terminaría, pero Miguel no tenía esa sensación, algo le decía que lo peor estaba por llegar.</p>
<p>Llegaron a la taberna de Isaías justo cuando a empezó a llover. En la misma calle había dos ambulancias y cuatro coches patrulla. En las afueras del bar, justo al lado de la entrada, se encontraban tres cuerpos cubiertos con sábanas blancas, la lluvia limpiaba la sangre y se la llevaba por las rejillas de las alcantarillas. Algunos  policías realizaban fotos a los cadáveres. Otros ponían cordones policiales y decían a la gente curiosa que observaba lo ocurrido que &#8220;no había nada que ver&#8221;.</p>
<p>Pablo y Miguel entraron por la puerta, ;Miguel sintió un escalofrío que ya había sentido, era el odio de Enoc, no había duda, era él. En la puerta de entrada había dos cuerpos, uno encima del otro, y una mascara ensangrentada en el suelo rota por un disparo en la frente. Miguel se puso los guantes y la cogió con sumo cuidado, observando la expresión triste de la mascara y las lagrimas plateadas resbalando por sus mejillas. Miró dentro del bar, allí había otros cuatro cadáveres, uno de ellos lo estaban sacando de detrás de la barra. En la barra, gritando y gimiendo, había un chico rubio de uno 25 años. Podía ver como sangraba por un ojo ya inexistente.</p>
<p>-¡Esto no esta pasando, no es real, ninguna de estas personas es real, no puedo estar muerto! -gritaba el chico sin que ninguno de los presentes le viera. Miguel cerro los ojos y al abrirlos el chico ya no estaba. Tocó la mascara intentó concentrarse en ella. Pablo se acercó curioso a Miguel y le preguntó si veía algo.</p>
<p>Miguel no contestaba, solo cerraba los ojos y una lágrima cayó por sus mejillas. Había conseguido meterse en la piel de Enoc, como había matado al portero y a cuatro personas más, con una sangre fría que temía, y como había cambiado la ropa a un aterrorizado hombre y le había dado la mascara obligándole a meterse dentro del bar lloriqueando&#8230; Miguel sintió como las balas atravesaban su cuerpo, vio a uno de los hombres muertos acercarse y pegarle otro tiro en la cabeza&#8230; Pablo impidió que Miguel cayera al suelo. Por primera vez se había metido en la mente de Enoc.</p>
<p>-¿Hay nota? -preguntó Miguel cuando se recuperó.</p>
<p>-No, no ha dejado nota esta vez -contestó Pablo.</p>
<p>-No es propio de Enoc -afirmó Miguel-. ¿Donde esta la chica?</p>
<p>-En la ambulancia, la están atendiendo&#8230; está bien, pero está muy asustada&#8230; y parece algo trastornada -contestó Pablo-. ¡Ey, alegra esa cara, por una vez vas a hablar con un testigo vivo!</p>
<p>-Pablo, yo no se como no te metiste a cómico -sentencio molestó Miguel saliendo del bar.</p>
<p>Seguía lloviendo Mientras se acercaban a la Ambulancia donde estaba la chica, Miguel se preguntó por que se había vuelto tan descuidado dejando la mascara con sus huellas y una testigo. En la ambulancia estaba una chica guapísima de unos 16 años, ojos azules muy claros, tenia los rasgos faciales de una muñeca de porcelana. Vestía con un top ajustado y una minifalda muy corta, las dos prendas cubiertas de sangre que no era suya, no paraba de llorar. Miguel apartó los cabellos rubios de su cara y la miró a los ojos.</p>
<p>-Hola, me llamo Miguel, tranquila, ya pasó todo -dijo tranquilizándola.</p>
<p>-Sonia -dijo tímidamente la muchacha.</p>
<p>Miguel observó las marcas de pinchazos en sus delgados brazos y sintió pena por aquella muchacha.</p>
<p>-Dime niña, ¿que pasó? -pregunto Miguel.</p>
<p>-El diablo entró, mató a todos y se llevó al señor Joaquín al infierno con él.</p>
<p>Miguel sabía que los policías siguieron el rastro de sangre que dejó al arrastrar al mafioso conocido como Joaquín Núñez&#8230; pero el rastro había desaparecido una calle más allá, sospechaban que se lo había llevado en un coche.</p>
<p>-¿Sabes por qué se lo llevo? -preguntó Miguel. Sonia afirmó con la cabeza.</p>
<p>-Porque era malo, y el diablo se lleva a la gente mala -contestó Sonia con una mueca que parecía una sonrisa-. Ahora seré buena, pues el diablo me ha dado una segunda oportunidad.</p>
<p>-Me alegra oír eso -dijo Miguel mientras pensaba en el destino de la pobre muchacha. Y, viendo que no podía sacar nada más de ella, la dio un beso en la frente diciéndola que ya el diablo no volvería a  por ella y se alejo de Sonia.</p>
<p>-También se lo llevó porque conocía a su padre -Miguel se dio la vuelta  y miró a los ojos a Sonia.</p>
<p>-¿Que has dicho?</p>
<p>-Que el diablo se llevó a al señor Joaquín porque este conocía al padre del diablo. ¿Pero como el diablo puede tener padre? -y la muchacha volvió a ponerse a llorar. Miguel la abrazo fuertemente. Mientras la lluvia seguía cayendo limpiando la sangre de las calles.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Pecado VIII</span></strong></p>
<p>-¡Deja de golpear a mama! -gritó el pequeño Carlos sujetando la pistola de su padre y apuntándole. Pero su padre la golpeó más fuerte. Tan fuerte que cayo al suelo y no se movía. &#8220;Dispárale&#8221; le gritaba una voz al pequeño Carlos, &#8220;dispárale&#8221;, pero no podía apretar el gatillo.</p>
<p>-Hijo, devuelve el juguete a papá y no te haré daño -dijo el padre sonriendo.</p>
<p>-¡Aléjate de mí, no te acerques! -le grito Carlos&#8230; pero no hizo caso y cada vez estaba más cerca de él.</p>
<p>-Vamos niño, suelta eso o dispárame, ¿eres un cobarde? -preguntó el padre acercándose más y más.</p>
<p>-¡No te acerques o disparo! -volvió a gritar. Pero su padre se acercó, tanto que lo tenía cara a cara.</p>
<p>-Vamos cobarde, demuestra que eres hijo mío -pero Carlos no pudo disparar y su padre le quito la pistola, luego le dio un golpe seco con ella.</p>
<p>-Me voy a trabajar, Joaquín me espera para un negocio&#8230; -de repente el padre se fijo que su mujer no se movía&#8230;-. ¿Carla? -preguntó agachándose y agitándola suavemente para que se moviera&#8230; pero no se movía, estaba muerta.</p>
<p>El padre empezó a llorar, a pedirla perdón mientras Carlos observaba impotente sangrando por la cabeza. El padre se fue corriendo sin darse cuenta que su hijo estaba allí mezclando sus lagrimas con la sangre.</p>
<p>Carlos no podía soportar ver la cara de su madre así&#8230; Ella que había sido una gran actriz de teatro, la encantaban las mascaras. Carlos cogió una de las mascaras de la pared del cuarto de su madre. Era su favorita una preciosa mascara blanca de expresión triste y llorando dos lagrimas de plata. Esa mascara Carlos se la puso a la cara destrozada e inerte de su madre. Y se quedo allí hasta que la policía llegó.<br />
Era la primera vez que veía un asesinato.</p>
<p>Su padre fue el primer asesino que conoció Carlos.</p>
<p><strong>&#8220;Despierta Enoc&#8221;.</strong> El se despertó otra vez en el sueño de un pasado que no era suyo&#8230;</p>
<p>-Lo siento, mi señor, me he dormido -contestó Enoc a la voz de su cabeza.</p>
<p><strong>&#8220;¿Que hace el aquí?&#8221;</strong> -Enoc miró al un hombre crucificado en la pared con los intestinos sacados, veía como sangraba y sangraba.</p>
<p>Enoc se acordaba como le había taladrado las manos y los pies a la pared, crucificándole. Luego le había estado torturando sacando poco a poco los intestinos del hombre por un agujero de bala que tenía, mientras confesaba y suplicaba. ¿El que? se preguntó Enoc. ¿Que tenia que confesarle este pecador a la ira de Dios?. El crucificado era un hombre gordo, con entradas y pelo negro teñido. Tenia la cara pálida y una expresión de horror en sus ojos negros.</p>
<p><strong>&#8220;Enoc, has cometido un error al traerlo aquí, la policía pronto vendrá a por ti, huye&#8221;</strong>, le dijo la voz de Dios.</p>
<p>-Gracias, mi Señor, dame fuerzas para acabar con las fuerzas del mal y cumplir tus deseos -rezó Enoc. Éste observó que el hombre gordo crucificado todavía respiraba. Se acerco al taladro y lo cogió.<br />
<strong>&#8220;Enoc, date prisa, ya les oigo venir&#8221;.</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>-Mátame, por favor, acaba con esto Carlos -Enoc se paró al oír este nombre. ¡Era el mismo que el niño de sus sueños!</p>
<p>-¿Cómo me has llamado? -preguntó al gordo que estaba a punto de desmayarse.</p>
<p>-Carlos, el hijo de Felipe el trucha, fue mi mejor amigo hasta que fue a la cárcel por matar a tu madre&#8230; -el hombre gordo y moribundo perdió el sentido. Enoc le devolvió la consciencia tirando un poco de los intestinos medio sacados, el hombre pego un grito.</p>
<p>-¿Por qué mientes? -pregunto Enoc.</p>
<p>-Sabes que no miento, mátame por favor, déjame morir -susurró el hombre.</p>
<p>Enoc cogió una mascara de un armario donde tenia multitud de mascaras de la tragedia con dos lagrimas plateadas. Encendió el taladro y lo acercó poco a poco a la cabeza del hombre.</p>
<p>-Gracias -susurró el hombre antes de que el taladro le taladrara la cabeza y el celebro, salpicando de sesos y sangre la mascara de Enoc.</p>
<p><strong>&#8220;Si has terminado ahora tenemos almas que salvar&#8221;</strong> -dijo la voz de su cabeza.</p>
<p>-No, tenemos un alma que salvar. Porque lleva mucho tiempo esperando la redención y se la voy a dar -contestó Enoc.</p>
<p><strong>&#8220;amen&#8221;</strong></p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Pecado IX</span></strong></p>
<p>Miguel al oír el teléfono sonar a los cinco minutos de haberse echado encima de la cama, se dio cuenta que en 5 días había dormido solo esos cinco minutos. Pero el sueño desapareció al oír a Pablo decir:</p>
<p>-Le tenemos, sabemos donde vive Enoc.</p>
<p>Minutos después estaba en el coche de Pablo cargando su revólver. Mientras Pablo le contaba como las huellas dactilares de la máscara  coincidían con un chico de 23 años llamado Carlos Arranz  Tarres. Su madre era una actriz de teatro que murió victima de su padre Felipe Arranz Segura llamado el trucha.</p>
<p>-¿Sabes de quien era amigo su padre? -preguntó con tono de ironía a Miguel.</p>
<p>-Sorpréndeme -contestó Miguel mientras se guardaba el arma en el bolsillo.</p>
<p>-¡Miguel, eres un civil! ¡Ni se te ocurra usar ese arma! Vas conmigo porque eres amigo mío y estas ayudando a la investigación del caso, ¡pero no eres un policía! Recuérdalo -dijo severo Pablo. Miguel le respondió con una sonrisa, realmente en sus 5 años como detective privado nunca había empuñado una arma. Pero este caso lo cambiaba todo.</p>
<p>-Bueno advertido quedas. Quiero que cuando entremos, estés siempre detrás de mí -siguió advirtiendo Pablo.</p>
<p>-Si, papa -contestó irónicamente Miguel.</p>
<p>-Gilipollas -dijo Pablo mientras meneaba la cabeza-. En fin, como te decía&#8230; El padre de nuestro amigo era antiguo socio de Joaquín Núñez, El tío que se llevo en el bar.</p>
<p>Miguel miró sorprendido a Pablo. ¿Y si Enoc no había elegido al azar a sus victimas?</p>
<p>-Al morir Carlos fue a un internado católico. Y adivina, ¿quien dirigió el internado durante su estancia allí? -preguntó otra vez con ironía Pablo.</p>
<p>-Don Pedro, la primera victima -contestó Miguel anticipándose a la respuesta de Pablo.</p>
<p>-Bingo, todo tiene relación&#8230; bueno todo no. Seguimos sin saber por que coño puso la bomba, y porque se llevó las tripas del cura y le rellenó de pétalos de rosas&#8230; Pero sabemos que estudio hasta tercer año de medicina  luego lo dejó no sabemos por qué, pero era uno de los mejores de su promoción. Desde pequeño todo dieces, es un superdotado&#8230; y un psicópata.</p>
<p>Miguel miró la foto de los informes, era él, era Enoc&#8230; pero en la foto no veía la mirada de maldad de sus negros ojos. No sentía el deseo de matar ni de odiar a todo.</p>
<p>Cuando llegaron, la policía tenia acordonada la zona. Algunos estaban detrás de sus coches con sus armas desenfundadas, otros se hallaban en cada lado de la puerta principal cubriéndose aparentemente de un enemigo invisible.</p>
<p>Pablo sacó su arma y se dirigió hacia el portal seguido por Miguel de cerca.</p>
<p>-¿Cuál es la situación? -preguntó Pablo a uno de los asustados policías que había en el lado derecho de la puerta principal.</p>
<p>-El sospechoso esta atrincherado en el piso tercero, ha matado a dos policías y a herido gravemente a otro, intentamos sacarlo pero estamos en su línea de fuego. Hemos probado con gas lacrimógeno&#8230; pero el cabrón debe estar preparado para una guerra nuclear. De todas maneras hace 20 minutos que no hace nada -dijo el policía.</p>
<p>-Voy a subir&#8230; -dijo decidido Pablo- y tu te quedas aquí abajo hasta que aseguremos la zona -advirtió amenazante a Miguel. Dicho esto subió las escaleras pegado a la pared; el humo del gas lacrimógeno se disipaba dando un toque fantasmagórico al edificio. Pablo se puso una mascara de gas que le pasó uno de los asustados policías. Subió al tercer piso. Allí los policías se encontraban rodeado una puerta rota. No paraban de gritar y maldecir. Todos callaron al ver a Pablo.</p>
<p>-Pasadme un espejo para ver como están las cosas dentro -ordenó Pablo intentando darles un aire de seguridad.</p>
<p>Le dieron un  espejo pegado a un palo, con el que Pablo intentó ver el interior del piso. Dentro había tres policías en el suelo con las mascaras de gas puestas. Uno de ellos se arrastraba lastimosamente en un charco de sangre. En la pared había un tío gordo crucificado y con las tripas sacadas y algo le goteaba de la cabeza. Pablo intento guardar la compostura pero tenia ganas de vomitar.</p>
<p>-Esta bien chicos, acabemos con esto de una vez. Vamos a entrar. -al oír esto los policías empezaron a temblar y a sujetar con fuerza sus armas.</p>
<p>-A la de tres -dijo Pablo-. Uno, dos, ¡tres! -entraron corriendo dentro de la casa apuntando a todos lados con sus armas.</p>
<p>-Lleváoslo de aquí -gritó Pablo refiriéndose al policía herido que todavía se arrastraba por la casa. Los demás policías se acercaron a sus otros compañeros muertos&#8230; en la casa había un pasillo oscuro con tres puertas. Las paredes estaban empapeladas con trozos de periódicos y hojas de libros.</p>
<p>Pablo miró al hombre gordo crucificado con clavos clavados en sus manos y pies. Tenia los ojos abiertos y un gran agujero en la frente por donde caía todavía un chorro de sangre y material viscoso. Mientras oía los gritos de los policías que intentaban sacar y tranquilizar a su compañero herido. Pablo, junto a otros dos policías que se habían quedado con él, fue caminando por el oscuro pasillo. Pablo dio una patada a la primera puerta derribándola&#8230; dentro se hallaba una cama desecha y una mesa llena de papeles. Pablo se acercó a la mesa donde había un cuaderno grande y viejo donde en su portada ponía un titulo escrito con sangre &#8220;EL EVANGELIO SEGÚN SAN ENOC&#8221;. Salió de la habitación y se dirigió a la siguiente puerta derribándola también de una patada.</p>
<p>&#8220;Joder&#8221;, pensó Pablo al ver la habitación&#8230; Era un autentico arsenal de armas: pistolas de todos los calibres, katanas, cuchillos, granadas, rifles, chalecos antibalas mascaras antigas, ametralladoras&#8230; En un armario había decenas de mascaras con expresión trágica y lagrimas de plata por sus mejillas.</p>
<p>Mientras Pablo estaba en la segunda habitación uno de los dos policías el más joven y impulsivo dio una patada a la tercera puerta.</p>
<p>Pablo al darse la vuelta junto al otro policía vio la expresión de terror detrás de la máscara antigas del joven.</p>
<p>-Mierda -dijo lamentándose el joven policía y una explosión arrastró al muchacho, convirtiéndole en una masa de carne carbonizada y humeante.</p>
<p>La onda expansiva hizo salir por una ventana de la segunda habitación al otro policía que grito hasta aplastarse contra un coche patrulla que se hallaba fuera. Y lanzó a Pablo contra una estantería de armas sintiendo este como se fracturaba varias costillas. Como pudo se arrastró hasta  la puerta humeante de la tercera habitación.</p>
<p>&#8220;Dios mío, que hijo de puta&#8221;, pensó al ver lo que había dentro. Mientras fuera solo se oía gritos y ambulancias acercándose y alejándose.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Pecado X</span></strong></p>
<p>A Miguel no le había hecho gracia el no haber subido con Pablo al piso de Enoc&#8230; presentía que algo malo iba a pasar y no le gustaba como los demás policías le miraban como un bicho raro y con miedo en sus ojos. En ese momento vio aun hombre gordo desnudo con las manos y los pies agujereados. En su frente poseía otro agujero sangrante. Se acerco a Miguel y le susurró al oído:</p>
<p>&#8220;No le dejes escapar&#8221;, mientras señalaba a un hombre joven desnudo que no poseía el tórax, se lo habían extraído con una precisión quirúrgica. Miguel podía ver los órganos vitales del joven, su corazón los pulmones&#8230; todo estaba allí sin vida. Las costillas habían sido serradas al igual que la caja torácica. El joven se acercó a Miguel diciéndole.</p>
<p>&#8220;Sálvalos de Enoc&#8221;, y dicho esto los dos hombres desaparecieron.</p>
<p>Miguel estaba pálido como petrificado y no paraba de temblar. Ningún policía se acercó a él, le tenían miedo y ahora le miraban todavía con más desconfianza. En ese instante por la puerta del diminuto portal se oía a un hombre gritar.</p>
<p>-¡Policía herido, policía herido! -en ese momento salieron cuatro policías del portal dos de ellos llevaban casi arrastrando a otro policía con su mascara de gas puesta. Tenía el pecho empapado en sangre. Miguel miró al policía herido que lo metían rápidamente en una de las muchas ambulancias que habían llegado. Vio como un aura de maldad en él&#8230; una maldad conocida.</p>
<p>-¡Alto! -gritó Miguel a los policías cuando le introducían en la ambulancia al mismo tiempo que sacaba su pistola. En esos instantes se produjo una explosión el tercer piso donde estaba el piso de Enoc y todos vieron como un policía atravesaba una de las ventanas debido a la onda expansiva y se precipitaba sobre uno de los coches patrulla.</p>
<p>Todo estaba confuso, a Miguel le pitaban los oídos. Por un momento pensó que Pablo estaba dentro del edifico&#8230; pero luego recordó todo al oír a la ambulancia alejarse.</p>
<p>-¡Paren esa ambulancia! -gritó mientras empezaba a correr detrás de la ambulancia sin que ningún policía le hiciera caso. Estaban todos sin poder moverse sobrecogidos por la escena. Mientras corría pudo comprobar como los cristales traseros de la ambulancia se teñían de sangre.</p>
<p>-¡No, Enoc! -siguió gritando Miguel mientras corría tras la ambulancia y apuntaba con su arma una de las ruedas. A un lado suyo oyó como si un coche frenara y al mirar vio a un coche rojo que le atropello arrojándole contra el cristal delantero. El conductor del coche salió asustado y le ayudo a levantarse mientras le preguntaba que tal estaba. Miguel se incorporo dolorido, sangraba de la frente y lo veía todo nubloso.</p>
<p>-Voy a coger su coche prestado -dijo Miguel con un hilo de voz al hombre que no dijo nada al ver la pistola. Los policías se acercaban a Miguel también corriendo sin comprender lo que estaba pasando.</p>
<p>-¡Enoc esta en la ambulancia, idiotas! -les gritó mientras montaba en él coche arrancándolo con furia y yendo  tras la ambulancia que ya estaba a mucha distancia.</p>
<p>Miguel pisó el acelerador todo lo que pudo, acercándose más y más a la ambulancia.</p>
<p>De repente la ambulancia empezó a hacer zigzag en medio de la carretera adelantando y a veces empujando a otros coches que se chocaban entre sí.</p>
<p>Miguel no paró de perseguir la ambulancia y esquivaba como podía el rastro de coches que esta dejaba.</p>
<p>Salieron fuera de la ciudad. Miguel rompió con su pistola la luna medio rota por el impacto de su cuerpo contra ella. Apunto como pudo a las ruedas de la ambulancia. Disparó una vez pero dio al intermitente, disparó otra vez dando a la matricula, a la tercera dio a la rueda provocando que la ambulancia perdiera el control y volcara dando varias vueltas de campana.</p>
<p>Miguel paró y salió del coche, cojeando por el golpe antes sufrido y se dirigió hacia la ambulancia destrozada y volcada.</p>
<p>Se dirigió hacia la parte delantera de la ambulancia. Dentro en el techo había un cuerpo con el cuello cortado y mirada perdida. Lentamente se digirió a la parte de atrás de la ambulancia y abrió las puertas cuyos cristales rotos tenían restos de sangre. La luna y los faros del coche iluminaban la zona. Miguel abrió la puerta allí había dos hombres de pie junto a sus cuerpos; cuando se acercó uno de ellos pudo observar como le habían clavado una jeringuilla en el ojo derecho y vio como su cuerpo estaba a su lado atado a la camilla. El otro parecía mirar a su cuerpo tenia cortes en la cara y dos grandes quemaduras en la sien producidos por una unidad de electroshock que estaba en el techo de la volcada ambulancia.</p>
<p>También vio un tórax completo serrado y tirado en el techo,  sangrante con unas ropas de policía a su lado.</p>
<p>-¿Dónde esta? -pregunto Miguel a los difuntos.</p>
<p>&#8220;Se ha ido, y nosotros tenemos que partir&#8230; vénganos y salvaros a ellos de él&#8221;, y los dos espíritus se fueron dejando allí sus cuerpos. Miguel gritó mientras los coches patrulla que le habían seguido se oían a lo lejos.</p>
<p>-¡Enoc no escaparas! ¡Esto se acaba Enoc! ¡Y no podrás esconderte de mí!</p>
<p>Solo le contestó el silencio.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Confesión</span></strong></p>
<p>-¿Amigo, esta seguro de que no quiere que le lleve a un hospital? -Mauricio no solía coger a la gente en la carretera pero al ver al joven sangrando por la frente y con varios golpes. No  pudo pasar de largo, el muchacho le había pedido muy cortésmente que no le llevara a ningún hospital y aunque él chico no lo había dicho, Mauricio suponía que pertenecía a una pandilla de algún tipo y alguna banda rival lo habría destrozado. Pero era una teoría, ya que el muchacho tenia una pose elegante y no tenía pinta de pandillero.</p>
<p>-No, gracias, prefiero ir a casa -declinó Carlos. <em>&#8220;¿Cómo he llegado a que Enoc me controle tanto?&#8221;</em>, pensó, estaba dolorido por la huida en la ambulancia. No quería hacer daño a nadie más&#8230; tuvo que permitir a Enoc que surgiera para poder escapar&#8230; era necesario, estaba muy cerca de conseguir su objetivo y nadie ni nada podría impedirlo. De todas maneras no podía dejar de sentir pena por él joven policía que en medio de la confusión por los botes de humo Enoc había cogido y le había arrastrado al servicio; allí con un bisturí y una pequeña sierra eléctrica, mientras el chico seguía vivo mirándole con ojos de terror sin poder gritar debido a un trapo metido en su boca, le extrajo el tórax mientras el chico no dejaba de tener  compulsiones hasta que murió, luego Enoc se puso su ropa y el tórax del chico para parecer herido. Y después de poner una carga explosiva entre los pulmones del chico le dejó sentado en la taza del water&#8230; se arrastró hasta el salón donde se hallaban los cuerpos de otros dos policías y el cuerpo crucificado de Joaquín. Después los policías le sacaron sin que se dieran cuenta de quien era. Le llevaron hasta la ambulancia. Carlos también pensó en los pobres enfermeros de la ambulancia a los que Enoc mató por orden de Dios de forma brutal. Y recordaba los gritos del tipo alto con gabardina y perilla con su pistola humeante gritándole que no podría escapar, mientras él se arrastraba sin que el hombre de la gabardina le viera.</p>
<p>-Esta ciudad no es tan segura como antes, ¿sabe? -empezó hablar Mauricio intentando romper el incomodo silencio-. Antes era una ciudad turística tranquila, no pasaba casi nada&#8230; pero ahora hay droga, prostitución, atracos. ¡Nunca había visto tanta policía tocarse los cojones! Encima esta ahora ese pirado que esta aterrorizando a la ciudad&#8230; yo ya no dejo salir por ahí a mis hijas, no hasta que ese chiflado este encerrado o muerto.</p>
<p>-Sus hijas tienen mucha suerte de tener un padre que se preocupe tanto por ellas -dijo Carlos. En ese momento pensó en todo lo que había pasado&#8230;</p>
<p>Recordó a don Pedro, que también le había tratado en el orfanato; ahora estaba muerto. Recordó como le gustaban las rosas y como don Pedro trataba a cada una de su jardín como a una hija, mimándola y cuidándola&#8230; Enoc sabia lo de las rosas, por eso le arrancó las tripas, poniendo en su lugar pétalos de rosa. Como una demoníaca metáfora de que las rosas eran parte de él.</p>
<p>Carlos no pudo impedir que una lágrima saliese de su pupila al pensar el triste destino del párroco&#8230;  pero fue necesario, igual que la bomba, igual que la matanza del bar o la de los policías en su casa&#8230; La sangre necesaria para que el Dios de Enoc estuviera contentó y así poder controlar a Enoc para su venganza&#8230;</p>
<p>-Parece que va a haber  tormenta&#8230; ¿Donde me dijiste que querías ir? -preguntó Mauricio.</p>
<p>-A la residencia de ancianos Lago Azul&#8230; tengo familia allí -contestó Carlos.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Arrepentimiento</span></strong></p>
<p>-Has tenido suerte -dijo Miguel a Pablo, que estaba tumbado en su cama del hospital.</p>
<p>-Más que esos pobres chicos&#8230; -Pablo miró serio a Miguel-. ¿Cómo alguien puede ser tan cruel? ¿Cómo le puedes arrancar el tórax a un chico vivo y luego ponerle dentro una bomba?</p>
<p>-No lo sé -contestó Miguel, el cual no paraba de leer los informes; sabía que se le escapaba algo, algo importante del caso, la clave del próximo asesinato, estaba en alguno de esos malditos papeles. Miguel tenia una venda en la pierna y la cabeza debido al atropello. La cabeza le dolía como si tuviera dentro pequeñas explosiones. Los médicos le habían dicho que tenia una pequeña conmoción, pidiéndole que se fuera a casa a descansar y guardar reposo. Pero eso no estaba dentro del vocabulario de Miguel; no descansaría hasta asegurarse de que Enoc no volviera a matar.</p>
<p>-¿Qué has encontrado en su evangelio? -preguntó Pablo mientras se encendía un cigarro.</p>
<p>-Nada interesante&#8230; diarios de un loco&#8230; habla de la redención de los hombres&#8230; que han traicionado a su Padre, también habla de como Caín fue realmente el primer profeta de Dios porque comprendió con su castigo eterno y divino la verdadera maldad del hombre y como amar verdaderamente a Dios, también habla de que el fin de los días empezara el día que Dios perdone a  Caín  gracias a él. Sobre todo compara el perdón de Dios con la muerte&#8230; -Miguel miró serio a Pablo  y en un rápido movimiento quito de su boca el cigarro apagándolo con el pie en el suelo-. ¡Compórtate, coño, esto es un hospital!</p>
<p>-¡No me digas! -contestó irónico Pablo-, no me había enterado -Pablo resoplo, no le gustaba estar en una cama tumbado sin poder hacer nada. Pero sobre todo no podía olvidar la cara horrorizada del joven policía  antes de que explotara la bomba.</p>
<p>Miró a Miguel: tenia pinta de haber sobrevivido desde hace días gracias al café. Su característica gabardina marrón estaba agujereada y manchada con pequeñas gotas de sangre. Tenia una barba de al menos cinco días y sus ojos negros todavía poseían alguna legaña.</p>
<p>-¡Dios mío! -dijo Miguel lanzándole una hoja del informe-. ¿Cómo hemos podido ser tan idiotas?</p>
<p>-¿Qué has descubierto? -preguntó sobresaltado Pablo.</p>
<p>-Su padre sigue vivo&#8230; -contestó Miguel mientras cogía las llaves de su coche y se marchaba corriendo-. ¡Hemos encontrado a Caín!</p>
<p>Pablo leyó el papel mientras observaba como Miguel se alejaba.</p>
<p><strong>Felipe Arranz Segura: 75años, jubilado residente en la residencia de ancianos Lago Azul.</strong></p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Confesión</span></strong></p>
<p>La residencia de ancianos Lago azul. No era una residencia de ancianos lujosa, más bien todo lo contrario. Al ser pública, los lujos eran un sueño para sus habitantes, los residentes y enfermeros. Pasear por ella por el día y por la tarde era pasear por un futuro cementerio, donde los ancianos sentados en sus sillas de ruedas esperaban  a una muerte que por alguna extraña razón incompresible para ellos, se había llevado antes a sus mujeres o maridos. Algunos estaban animados lanzando cortés pero descaradamente los tejos a los enfermeros o enfermeras más guapas. Otros preguntaban por hijos que nunca venían a visitarles y que confundían con lágrimas en los ojos con otros visitantes o enfermeros. Los horarios para las comidas eran poco flexibles y las medicinas se distribuían cada dos horas. La mayoría eran calmantes para que los ancianos estuvieran quietos.</p>
<p>Aquella noche el guardia de seguridad sentado en su mesa del recibidor de la residencia se lamentaba de su suerte. El turno de noche en la residencia era el más aburrido, solo le quitaban la rutina Miriam una enfermera joven y hermosa que le traía siempre un café. O cuando por la noche a un anciano le daba un ataque y se moría.</p>
<p>Un joven se acercó a la puerta. Con las ropas rotas, parecía que le hubiesen metido una paliza.</p>
<p>-Por favor, ¿puedo entrar? -dijo el joven. El guardia se levantó de su asiento y se dirigió a la puerta de cristal, donde el joven se estaba empapando por la fuerte lluvia que caía junto a los truenos y los rayos.</p>
<p>-¿Qué le ha pasado? -le preguntó el desconcertado guardia.</p>
<p>-Me han dado una paliza y me han abandonado aquí&#8230; creo que tengo un brazo roto&#8230; por favor, ábrame -contestó lloroso el joven.</p>
<p>El guardia, nervioso, abrió la puerta y ayudó a entrar al joven, el cual casi se desplomo en sus brazos.</p>
<p>-Lo siento pero no se nada de medicina, espere que llamo a una enfermera -dijo nervioso al joven mientras casi le arrastraba a la sala de espera donde podría tumbarlo en un sofá mientras venía un medico. En ese momento sintió una pistola en su mandíbula.</p>
<p>-No importa, no hace falta, tranquilo, yo te perdono -dijo con voz completamente diferente el joven. Fue lo ultimo que oyó el guardia de seguridad antes de que sonara un trueno y una bala atravesara su cerebro.</p>
<p>Pasaron diez minutos. Enoc arrastro el cadáver por la recepción dejando un surco de sangre y sesos. Oyó pasó de tacones que se acercaban. Enoc oculto el cadáver debajo de la mesa.</p>
<p>-Alfonso, te he traído café con leche templada como a ti te gusta&#8230; -la enfermera se paralizó al ver el surco de sangre en el suelo, tirando el café a este. Antes de que pudiera gritar, la mano de Enoc cubría su delicada boca.</p>
<p>-Sssssssssh, gracias por el café, pero tu amigo esta meditando el por qué no debe dejar entrar a desconocidos un día de tormenta -la voz de Enoc era suave y educada-. Ahora señorita, si es tan amable, podía indicarme donde esta cierto paciente&#8230; si quiere vivir. Comprenda usted que si grita o pide ayuda tendré desafortunadamente que matarla.</p>
<p>Miriam se dio la vuelta llorando pero sin gritar, miró al despiadado hombre que tenia enfrente. Tenia una máscara medio rota en la cara, la máscara poseía dos lágrimas plateadas por las mejillas y una expresión de tristeza en su boca. Pero ella sentía que detrás de esa máscara el monstruo de ojos negros y profundos que había segado la vida de su amigo sonreía.</p>
<p>Andaron despacio por los pasillos de la residencia. Miriam no paraba de llorar. Rezaba por que algún enfermero o medico del turno de noche se dieran cuenta de la situación y llamaran a la policía. Enoc le había pedido que le llevase a la habitación de uno de los pacientes llamado Felipe Arranz Segura, le conocía, era uno de los muchos viejos verdes que se pasaban todo el día mirándola el culo e intentando tocárselo. Por lo demás era un viejo mal humorado que necesitaba un respirador portátil para poder moverse.</p>
<p>&#8220;¿Que querrá ese psicópata de un pobre viejo como ese?&#8221;, no paraba de pensar Miriam.</p>
<p>-¿Miriam, eres tu? -preguntó una voz familiar al otro lado del pasillo. La reconocía, era la voz de Blas, uno de los médicos.</p>
<p>-¡Blas corre! ¡Llama a la policía, ha entrado un psicópata!</p>
<p>Blas se encontró en el pasillo con Miriam y un hombre con una máscara apuntándola con una pistola en la nuca.</p>
<p>-¡Corre Blas! -y este lo hizo, corrió por el pasillo mientras la lluvia caía fuertemente sobre la ventana. Blas dejó de correr cuando una bala atravesó su cabeza cayendo muerto sin comprender el por qué de su muerte. Sonó un trueno.</p>
<p>Enoc sin inmutarse, todavía con el cañón de la pistola humeante, volvió a puntar a la cabeza de Miriam, la cual no paraba de gritar y llorar por la nueva muerte.</p>
<p>-Aclaremos las cosas&#8230; no soy un psicópata, soy un enviado de Dios&#8230; Dime cual es la habitación del viejo -la mirada de Enoc era fría, ya no había educación en su helada voz.</p>
<p>-La 359 -contesto Miriam asqueada ya de tanta muerte-. ¿Ahora me vas a matar? -se atrevió a preguntar sin mirarle a los ojos.</p>
<p>-Si -contestó fríamente-. Yo te absuelvo de tus pecados, ve con la gracia de Dios misericordioso -Miriam cerró los ojos mientras oía el &#8220;clic&#8221; del seguro del arma. Su vida pasó por delante de ella, miró los sueños que no podría cumplir, los amantes que ya no volvería a ver, los familiares y amigos que la iban a llorar. Pero entonces oyó una voz que gritaba.</p>
<p>-¡Enoc! ¡Suelta el arma! -Enoc se quedó parado conocía esa voz, la había oído gritar su nombre antes. Miró al hombre que le apuntaba firmemente. &#8220;¡Es él!, ¡es el hombre de la gabardina!&#8221;, pensó Enoc.</p>
<p>-Deja en paz a la chica -gritó Miguel. Enoc seguía a puntando a la nuca de la enfermera. Podía ver brillar su máscara a causa de los rayos que caían muy próximos al edificio.</p>
<p>-¿No quieres que esta furcia de Satán tenga su redención? ¡Dios me pide que la mate! -la voz de Enoc había perdido toda la calma, no se había preparado para esto, Dios no le había avisado de ello.</p>
<p>-Solo sé que como la toques un pelo tu serás el próximo en ver la redención -contestó furioso Miguel apuntando a la cabeza de Enoc mientras este seguía apuntando a una llorosa Miriam.</p>
<p>-¡Blasfemo! -gritó Enoc-, ¡el señor arrancará tu lengua en las llamas del infierno! ¡Ahora atrás o mato a la chica! -Miguel dió un pasó hacia atrás muy lentamente. Enoc también retrocedió sin parar de apuntar a Miriam. Cuando Enoc llego a la esquina de otro pasillo salió corriendo, metiéndose en él.</p>
<p>Miguel salió detrás de él pero cuando se asomó al otro pasillo ya no estaba, había desaparecido.</p>
<p>Miguel se acercó a la aterrorizada enfermera.</p>
<p>-¿Está usted bien? -preguntó Miguel sin saber que decir.</p>
<p>-Tenía mujer y un niño de un año -dijo ella tartamudeando señalando el cuerpo sin vida de Blas.</p>
<p>-Tranquila, no volverá a matar a nadie -sentenció Miguel.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Penitencia</span></strong></p>
<p>En la habitación 371 don Felipe dormía como podía. Odiaba dormir, sólo el combinado de medicamentos que le daban le obligaba a hacerlo. Cuando dormía sus pecados de juventud y los de adulto surgían en su mente como viejos fantasmas. Caras de victimas muertas en sus manos&#8230; oía las risas suyas y de Joaquín cuando torturaban a un chino que no pagaba la protección de su negocio. Tantas caras pidiéndole justicia&#8230; pero sobre todo una mujer rubia con los ojos negros profundos que lloraba&#8230; Era Carla su mujer. La mujer que había matado hace 15 años&#8230; y estaba recordándoselo todos los días de su vida. De repente en medio de sus pesadillas sonó una voz.</p>
<p>-Despierta, padre, despierta -decía la voz.</p>
<p>Felipe abrió los ojos. Vio aun hombre apuntándole con una máscara en la cara&#8230; una máscara que conocía de algo.</p>
<p>-hola Caín, ¿has dormido bien? -preguntó el hombre.</p>
<p>-¿Quién eres? ¿Por qué me llamas así? -preguntó asustado Felipe.</p>
<p>-padre, no niegues tu nombre, Dios ya no esta enfadado contigo, he venido aquí para darte la redención -Felipe escuchaba esto atónito sin saber que decir, pero de repente un nombre apareció en su mente.</p>
<p>-¿Carlos? ¿Eres tú, chico? -el desconocido soltó una carcajada y le dió tan fuerte con su arma que le tiró de la cama.</p>
<p>-No padre, ese débil se fue hace mucho&#8230; soy Enoc, Caín, tu hijo Enoc&#8230; y ahora levántate y anda, no tenemos mucho tiempo&#8230; las fuerzas de Satán están también aquí y quieren impedir tu redención.</p>
<p>-¡Te has vuelto loco, Carlos! ¿Que opinaría tu madre de esta actitud? -la contestación de Enoc fue una patada en los riñones de Felipe.</p>
<p>De repente Enoc empezó hablar solo.</p>
<p>-¡No te metas en esto, llorica infiel&#8230; la voluntad del Señor será cumplida! ¡No, he esperado mucho para la venganza, he hecho cosas horribles para conseguirla y ahora no me la quitaras&#8230;! ¡Idiota, el Señor nos dió el poder y tú lo vas a estropear todo!</p>
<p>Enoc cayó de rodillas con las manos en la cabeza, parecía que una batalla se desatase en su mente.</p>
<p>Felipe no perdió la oportunidad, se levanto como pudo apoyándose en su cama y, cogiendo su bombona de oxígeno, golpeó a Enoc en la cabeza, el cual cayó al suelo. Por la boca blanca y triste de la máscara empezó a caer un hilo de sangre. Él viejo Felipe cayó al suelo agotado por el esfuerzo, le faltaba aire en sus pulmones. Pudo coger la máscara de la bombona abollada por el golpe, colocándosela como pudo en la cara y cogió unas bocanadas de oxígeno. Intentó incorporarse, pero no pudo, con lo cual decidió arrastrarse hasta llegar a la puerta para pedir ayuda. Pero una mano le cogió el pie&#8230; Era Enoc, se había quitado la máscara y un chorretón de sangre le manaba de la cabeza.</p>
<p>-Has sido muy malo, papá -dijo con voz seria-, eso no se hace a un hijo, ¡joder! ¿Es que no puedo ni reflexionar tranquilo, padre? -Enoc se levantó a duras penas y arrastró a Felipe de un pie hasta el pasillo fuera de la habitación.</p>
<p>-¡De rodillas! -le grito Enoc casi lanzándole por el suelo del pasillo.</p>
<p>Felipe se puso de rodillas casi llorando. Seguía teniendo esa mirada de odio en sus ojos, característica a pesar del paso de los años.</p>
<p>-Carlos por fa&#8230; -antes de poder decir nada más Enoc le había metido el cañón de la pistola en la boca, rompiendo los pocos dientes que le quedaban a Felipe.</p>
<p>-¿Y ahora que, papá? Esto no es por dios, ni por mama, ni por nadie, esto es por mí. He venido para decirte que he crecido&#8230; que ya tengo valor para apretar el gatillo.</p>
<p>-¡Enoc, no lo hagas! -grito Miguel detrás de este.</p>
<p>-Otra vez tu&#8230; -se lamentó Enoc-, empiezas a ser molesto.</p>
<p>Miguel veía a Enoc y a su padre rodeados de espíritus. Podía ver el aura de maldad de Enoc debilitándose, no comprendía que estaba pasando.</p>
<p>De repente Felipe sintió un pinchazo en el corazón se llevó la mano en el pecho y sintió como su brazo izquierdo se dormía. El pecho empezó a dolerle como una de esas puñaladas que le dieron en sus años jóvenes en el estomago, pero más fuerte. Se llevo la mano al pecho y se tiró al suelo sacando la pistola de su boca&#8230; sentía como cada vez le costaba más tomar unas bocanadas de aire hasta que dejó de respirar.</p>
<p>-¿Papá? ¡Cabrón, no te mueras! ¡No me puedes fastidiar mi venganza ahora! ¡No puedes! ¡Te prohíbo que te mueras! -pero los gritos de Enoc no podían impedir la muerte del viejo Felipe.</p>
<p>Nada más salir de su cuerpo el espíritu de Felipe fue abordado por los espíritus que estaban a su alrededor. Miguel no podía soportar los gritos de dolor del espíritu de Felipe, soltó la pistola y se puso de rodillas ante la estupefacción de Enoc que no comprendía lo que estaba pasando.</p>
<p>Miguel vio como los espíritus se metían dentro del alma de Felipe y la devoraban hasta que ya no quedó nada del espíritu del anciano. Solo soltó un ultimo grito agónico antes de desaparecer con los demás espíritus.</p>
<p>&#8220;Mátale, la culpa es suya, es el que ha impedido la redención&#8221;, sonó en la cabeza de Enoc.</p>
<p>Miguel todavía con la cabeza a punto de estallar intento arrastrarse para coger la pistola pero, mientras se arrastraba a por ella, sintió el frío acero de la pistola de Enoc en la cabeza.</p>
<p>-Carlos, todo ha acabado, suelta el arma -Enoc sonrió mientras seguía cayendo por su cara un gran chorro de sangre.</p>
<p>-Lo siento, pero Carlos ya no esta y el señor quiere tu sangre satanista, yo te perdono en su nombre.</p>
<p>Se oyó un disparo en el pasillo, después un trueno.</p>
<p>Enoc cayó al suelo muerto, sangrando con el corazón atravesado por una bala, preguntándose por que Dios le había abandonado.</p>
<p>Miguel miró sorprendido a la enfermera de pie, temblando todavía, con la pistola del guardia de seguridad en sus manos. Observo al cadáver de Enoc, y como su espíritu le miraba atónito.</p>
<p>-De verdad que solo quería acabar con la culpa de mi padre -dijo el espíritu.</p>
<p>-¿Y como  se la ibas a quitar si no la quitaste de tu corazón? -respondió Miguel.</p>
<p>En ese momento miguel vio como una mujer rubia con rasgos casi de muñeca de porcelana y con unos ojos negros profundos se acercó al espíritu de Enoc.</p>
<p>-¿Mama?- preguntó él. Ella no respondió nada simplemente toco su cabeza y este empezó a convulsionarse violentamente. Después, todos los espíritus de la gente que había matado, el cura, las personas del atentado incluyendo al niño que Miguel había visto, los delincuentes y mafiosos del bar de Joaquín incluido este, los policías muertos, los enfermeros de la ambulancia, el guardia de seguridad y el medico de la residencia, entraron y devoraron una parte del alma de Enoc mientras este gritaba y suplicaba a su Dios. Después desaparecieron todos.<br />
La enfermera ayudó con lagrimas en los ojos a Miguel a levantarse.</p>
<p>Este cogió la máscara con sangre del suelo de la habitación.</p>
<p>&#8220;Se acabo&#8221;, pensó Miguel mientras miraba la máscara con dos lagrimas plateadas cayendo por las mejillas.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Redención</span></strong></p>
<p>Al tirarse en la cama exhausto Miguel recibió una llamada.</p>
<p>-¡Hola, hombre del año! -gritó Pablo desde el otro lado.</p>
<p>-¡Dios mío! ¿No tienes las llamadas restringidas en hospital? -contesto riéndose Miguel.</p>
<p>-que gracioso, bueno, que sepas que mañana el alcalde quiere hablar contigo, ¡incluso está a punto de darte una medalla por los servicios prestados a la ciudad! -grito Pablo eufórico.</p>
<p>-Que ilusión -dijo Miguel medio dormido.</p>
<p>-Bueno, que sepas por lo menos que el jefe ya ha firmado tu cheque, mañana lo tendrás.</p>
<p>-Hombre, eso si que me hace ilusión -exclamo Miguel-, podré pagar el alquiler de este mes&#8230;</p>
<p>-Pero desgraciado, después de este caso&#8230; te van a llover las ofertas -volvió a gritar Pablo-. Miguel, este caso a sido tu salvación.</p>
<p>-Pablo.</p>
<p>-¿si, amigo mío?</p>
<p>-No vuelvas a utilizar ese término -sentenció Miguel colgando el teléfono.</p>
<p>Después durmió&#8230; algo que no había hecho en mucho tiempo.</p>
<p><em>PERO LA BESTIA FUE APRESADA, Y CON ELLA EL FALSO PROFETA, QUE CON SUS PRODIGIOS ANTE LA OTRA BESTIA HABÍA SEDUCIDO A LOS QUE LLEVABAN LA MARCA DE LA BESTIA Y HABIAN ADORADO SU ESTATUA. Y FUERON ARROJADAS VIVAS LAS DOS A UN ESTANQUE DE FUEGO, DE AZUFRE ARDIENTE (APOCALIPSIS 19, 20-21)</em></p>
<p>FIN</p>
<p>EL SEÑOR ESTÉ CON VOSOSOTROS.</p>
<p><strong>Amén.</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
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		<title>Se acabó la fantasía</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 14:07:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
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		<description><![CDATA[De Santos&#8230; Mateo de Santos. Noble infanzón, fiel servidor del rey Alfonso X, y fiel servidor de la belleza contenida en la sonrisa de los niños que a diario le acompañaban a los pies de su también fiel montura, Tronador, cuando, derrochaba su creciente valentía, marchaba a cumplir los edictos que Dios le imponía día [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>De Santos&#8230;</p>
<p>Mateo de Santos. Noble infanzón, fiel servidor del rey Alfonso X, y fiel servidor de la belleza contenida en la sonrisa de los niños que a diario le acompañaban a los pies de su también fiel montura, Tronador, cuando, derrochaba su creciente valentía, marchaba a cumplir los edictos que Dios le imponía día a día, sin descanso&#8230;</p>
<p>O Mateo de Santos. Escritor pasado de años ya. Una incipiente calva sirve de corona a<span id="more-49"></span> una gran cabeza, poblada por una espesa barba que enmarca unos finos labios, incapaces de sonreír. Fiel caballero al servicio de una causa hace tiempo olvidada, y fielmente acompañado, día y noche, de su más intimo vasallo: la melancolía de saberse acabado.</p>
<p>Sus días de esplendor se acabaron hace demasiado tiempo, demasiado tiempo ya soñando un sueño imposible para él: el largo, larguísimo sueño llamado infancia. Una infancia de duro trabajo, sol y sombra, lluvia y nieve, una infancia de gritos y golpes que le había sido otorgada cuando una voz, allá en el limbo de los invisibles, le dijo con palabras que oyó rojas: &#8220;Ahora tú&#8221;. Rojas&#8230; Al principio las oía como el primer tic tac del reloj de su corazón, roja como la sangre que ahora empezaba a bombearse por sus venas. Y empezó, en efecto, el reloj&#8230; Pero no era como todos: iba hacia atrás, a la inversa, marcando desde el principio el final.</p>
<p>Pero él no se quiso condenar. No, debería seguir sus días para defender la causa de Dios, de su rey y del sagrado sonido de la risa de los niños. Mateo de Santos, sin descabalgar nunca de su negro corcel, lucharía contra todos para defender aquello que llenaba su espíritu, para defenderse a sí mismo&#8230;</p>
<p>No podía dejarse ganar. Las manecillas de un reloj pueden ser movidas, pensaba, hacia atrás o hacia el frente. Por eso, cuando acabó la tiranía que mantenía presa a su infancia, cuando la paloma voló lejos tras reunir la fuerza suficiente para quebrar los barrotes negros de su jaula, Mateo de Santos se sumergió de cabeza y sin llenar de aire sus pulmones en lo que le quedaba de su infancia no usada.</p>
<p>Vivió la juventud con la risa de un niño. Vivió matando dragones, salvando campesinos de la eterna tiranía de sus nobles de oscura alma, cabalgando sin descanso siempre hacia el horizonte, persiguiendo el amanecer teñido de rojo&#8230; Bañando en ese rojo su inmaculada espada de fe y rebeldía, salvando a los miles de niños que a cada momento le rodeaban de la cruel pira del tiempo.</p>
<p>Quizá fue su excesivo celo quien destruyó para siempre su castillo. Vivió su juventud aprisa, corriendo casi, ansioso por recuperar aquello que de niño no tuvo. Las largas cicatrices que un tiempo de guerra había diseminado a lo largo de todo su cuerpo se convirtieron rápidamente en mordiscos de furiosos dragones, en besos fríos de cientos de espadas blandidas por cientos de enemigos, en cálidos abrazos de las más inimaginables fieras&#8230; En las consecuencias de la obediencia a un Dios que nunca estuvo con el, y a un rey que nunca consintió en regalarle palabra alguna de agradecimiento, ni de consuelo. Pero vivir aprisa desgasta la vida, y vivir aprisa fue la causa de que un día, sin previo aviso, la armadura de Mateo de Santos se tornara cristal para romperse en cien mil fragmentos. Vivir sin control hizo que aquel valiente caballero del rey Alfonso X, aquel que vivió para mantener la sonrisa en las caras infantiles de los cientos de niños que cada día le rodeaban enfermara del único mal que nunca tendrá cura: Mateo de Santos perdió su capacidad de soñar.</p>
<p>Se acabaron tan pronto las gestas del caballero del rey que ni el pudo haceer frente a su nueva vida, tan pronto le olvidó su pueblo que algo se murió en su interior, tan rápido cerró el libro de su historia el invisible escribano que el polvo le ahogó irremediablemente, sin retorno posible. Tic, tac, tic, tac&#8230; aquellas agujas quedaban lejos ya. El amanecer corrió más que él y se vio sumido en una noche eterna&#8230;</p>
<p>Tan súbito fue el cambio que a la cara sin tacha del fiel Mateo de Santos se le superpuso ese rostro que creía ya olvidado, el de Mateo de Santos, aquel hombre que nunca fue niño. Los músculos del guerrero se trocaron por las flácidas carnes de un hombre cansado. Sus ojos ya no veían castillos, sino grises cubos de cemento y cristal. Ya no veía princesas de ojos azules, sino gentes tan acabadas como él.</p>
<p>Pero, sin embargo, un consuelo le quedó de su antiguo universo, consiguió rescatar lo mas valioso de entre sus cenizas, de las ruinas de su palacio de fe&#8230; Pudo observar que en ese mundo podrido aún podía notar la brillante luz de la sonrisa de los niños, los cientos de niños que ahora corrían lejos de él, ajenos&#8230;</p>
<p>Y decidió volver a sus gestas, aunque ahora Tronador galopase fuera de su alcance y ya no pudiese soportar el peso de su armadura. Decidió luchar por los niños, aunque ya no le rodeasen cada mañana, aunque al cerrar los ojos ya el mundo no gritase su nombre.</p>
<p>Comenzó a escribir. Comenzó a escribir toda su vida, cada uno de los segundos de una infancia tardía. Comenzó a contar sus historias, a relatar como vivía aquel caballero del rey y siervo de Dios, como luchó contra el mundo por defender la fantasía, como lloró por la hermosura presa de la tiranía, como&#8230; También como murió.</p>
<p>Comenzó a escribir para ellos, para los niños, para que lo único que resistió a la quema de su mundo nunca muriese. Era un acto de egoísmo casi, un acto triste que le hacía sobrevivir, que le ayudaba a poder no hundirse, a flotar sobre la desidia de un mundo vacío. Comenzó a escribir para no morir de pena ahora que había muerto por dentro&#8230;</p>
<p>Durante mucho tiempo escribió sin descanso, temiendo que el tiempo que transcurría sin cesar borrase sus recuerdos. Tal fue, durante el comienzo de su decadencia, la intensidad de sus recuerdos que, ahora en un mundo de tinta y celulosa, los relinchos de Tronador volvieron a oírse bajo los rugidos de aquel valiente caballero, en constante lucha, sin descanso, sin clemencia. Mateo de Santos ya no sería nunca más caballero del rey, pero seguía consiguiendo que los niños a su alrededor riesen&#8230; y soñasen.</p>
<p>Pero el tiempo redobló su castigo. No soportaba ver a ese caballero aún en pie, aunque ahora tan solo fuese un fantasma. No, no podía. Por eso Mateo de Santos volvió a caer, otra vez. Volvió a sentir el yugo del olvido en su cabeza, taladrándole, quemándole con fuego frío la poca esperanza que residía en su corazón de plata, hasta que éste quedó completamente vacío.</p>
<p>Mateo de Santos dejó de escribir tan rápido como dejó de soñar. Aquellas tardes en su casa, rodeado de niños a los que contaba sus historias, aquellas noches en vela por el ataque de recuerdos de gloria, aquel olor a fantasía que le rodeaba en cada instante y que le impedía caer, sujetándole con brazos blancos en nubes blancas&#8230; Todo se acabó, de un golpe tan duro que perdió la consciencia&#8230;</p>
<p>&#8230;y cuando despertó se encontró solo. Ya no había luz en su escritorio, cubierto de hojas a medio escribir, relleno de historias ya muertas antes de ser leidas, incompletas. Ya no oía las voces inquietas de los niños a su alrededor, pidiéndole tal o cual aventura de Mateo de Santos, caballero de Alfonso X&#8230; y de Dios. Ya no veía las sonrisas de los niños, ni sentía las manitas infantiles tironeándole de su chaleco. Ya no, ya no más.</p>
<p>Fue su trauma último, el episodio final de su existencia. Cada día se acercaba al amplio ventanal que presidía su estudio, su antigua cuna. A su alrededor decenas de estantes ocultaban las paredes con un manto de libros, de todos los tamaños, de todos los grosores, de todos los colores imaginables&#8230; Y apartados, en un rincón, en un puesto privilegiado cada mañana iluminado por el primer rayo de sol del día, se encontraban sus libros.</p>
<p>Sus cinco libros, el fruto del funeral de su tardía infancia. Sus cinco libros de colores pardos, de diferentes tamaños también. Delgado y alto, pequeño y algo más grueso, pequeño y&#8230; Cinco vestigios de que una vez estuvo vivo, y pudo soñar.</p>
<p>A través de frío vidrio veía un pequeño parque, cubierto de tierra blanca y de extraños artilugios para los juegos infantiles, cubierto también de risas jóvenes, o más pequeñas aún. Veía un mundo al que ya no podía acceder, un mundo cuya verja se cerró ante su rostro de perdedor, una puerta prohibida&#8230;</p>
<p>Les contaba una y otra vez sus viejas historias a aquellos niños lejanos, pegado a la ventana. Les contaba otra vez aquellas gestas&#8230; y no podía nunca terminarlas. Su mente le negaba el pasado, sus recuerdos callaban. Y llorando la noche le encontraba allí, pegado aún al cristal, repitiendo ese último verso. &#8220;Y cabalgó persiguiendo a&#8230;, persiguiendo a&#8230;&#8221;. Esa estrofa que no conseguía jamás acabar. Resistía el impulso de caminar, correr hacia esa estantería donde reposaban sus cinco libros. Reprimía el deseo de arrancar sus cientos de hojas, se resistía a destruirlo todo de una vez por todas.</p>
<p>Se resistía a morir otra vez, ahora definitivamente. Una y otra vez repetía ese último verso, intentando concluir esa última historia, persiguiendo a&#8230; La luna ya no le cogía de la ventana para acunarlo. Dejó de hacerlo mucho tiempo atrás. La noche ya no le hablaba como antes, el día nunca lo hizo. Ahora se encontraba solo, día y noche. Las cicatrices ya no olían a dragón, a acero, a sangre&#8230; Volvían a olerle a tierra mojada, a sudor de días, a gritos, a miedo&#8230; Se resistía a oír la campanada final, pero el fragor del combate ya no residía en su interior.</p>
<p>No, ya no podía luchar el solo, no tenía fuerzas. No le quedaba espíritu que consumir, ya no podía apostar con el tiempo, ni siquiera para perder. Estaba tan derrotado que no consiguió ver hasta que ya fue tarde a aquel niño que, apartado de todos, le miraba a los ojos desde una de las colinas de arena del parque, con uno de sus libros entre las piernas.</p>
<p>No pudo verle. No, no podía&#8230; Por eso aquel pequeño, por primera vez desde que llegó al parque, dejó de mirar aquella brillante ventana. Ya era inútil, lo intuía. Abrió de nuevo el libro que dormitaba entre sus piernecitas por la última página. Una gran ilustración de un caballero altanero izado sobre un brioso corcel negro, enarbolando una afilada espada de luz y valentía gobernaba aquella pálida página. Con una voz lenta y paulatinamente más susurrante, leyó la última frase:</p>
<p>-&#8230;y cabalgó persiguiendo a su eterno enemigo, el tiempo. Cabalgó mientras le gritaba: ¡Nunca me conseguirás vencer! -cerró suavemente el libro y, levantándose, comenzó a caminar hacia la verja que encerraba el parque infantil-. Fin&#8230;</p>
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		<title>La gran X</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 14:07:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dr. SeROne</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Vi la gran X en el suelo y me puse a excavar. Pasaron tres lunas que me miraban sardónicas y tres soles que se frotaban sospechosamente el dedo en sus sienes. Cuando la cuarta luna se asomó al agujero descubrí la calavera. Era pequeña. De niño, de niña quizás. En la parte de atrás los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Vi la gran X en el suelo y me puse a excavar. Pasaron tres lunas que me miraban sardónicas y tres soles que se frotaban sospechosamente el dedo en sus sienes. Cuando la cuarta luna se asomó al agujero descubrí la calavera.</p>
<p>Era pequeña. De niño, de niña quizás. En la parte de atrás los huesos presentaban un pequeño orificio circular. De bala, pensé, pero seguro que no es esto lo que la X señalaba. Cogí la pequeña calavera y la puse en mi saco, arriba entre los cada vez más alto montones de tierra.</p>
<p>Seguí excavando, y la cuarta luna se marchó mirándome fijamente, aunque no me preguntó nada. Era una de esas lunas<span id="more-47"></span> tímidas, comenzaba ya a reducirse&#8230; Creo que luego fueron otros dos soles y dos lunas las que se asomaron al agujero, pero ya estaba demasiado profundo y no veían más que los puñados de tierra que lanzaba arriba en mi carrera tras el secreto que la X marcaba. Hacía varias horas que la última luna se había marchado, y un sol iluminaba con saña el agujero, cuando entre la tierra encontré un pequeño libro.</p>
<p>Tenía las negras tapas de piel tan desgastadas que rezumaban historia, aunque yo no podía entender su mensaje. Miré dentro, pero sus páginas tan solo contenían garabatos sin sentido. Eran creo que cien páginas, y en cada una de ellas un garabato sin sentido dormitaba, en todas. Lo cerré, ¿de qué puede servir un libro que no puedes entender? Lo metí en el saco junto a la pequeña calavera y continué excavando.</p>
<p>La tierra empezaba a cambiar allá abajo. Se hacía más negra, lo que hizo que, junto a la imposibilidad del sol de llegar con sus rayos hasta mí, una oscuridad total empezase a rodearme. Pero seguí excavando. Ya no podía contar el tiempo que pasaba, tampoco podía ver nada. Tan sólo seguía excavando, más y más. Abajo, siempre abajo, hasta que mis uñas arañaron algo suave. Subí hacia arriba para mirarlo. Era de noche.</p>
<p>En mis manos tenía una pequeña rebeca de lana roja, que refulgía a la luz de la luna, ya tan solo el esbozo de una sonrisa de luz. En cada hebra, entrelazado con los otros hilos rojos que conformaban las hebras de lana, un finísimo hilo de plata se enroscaba en espiral, dotando a la rebeca de un tacto especial. La comparé con el pequeño cráneo. Juntos formaban el esbozo de un pequeño cuerpo infantil. En el pecho tenía bordado un nombre. Ana&#8230; Metí otra vez la calavera, ahora envuelta en la rebeca en el saco y volví abajo a seguir excavando.</p>
<p>Empecé a toparme con piedras pequeñas, angulosas, que me desgarraban las manos y me rompían las uñas. La sangre empezó a manchar la tierra que no cesaba de manar hacia los montones de tierra de arriba, que ya se semejaban a los montones de tierra que se pueden ver alrededor de un hormiguero. Las hormigas me atraían como lo hacía mi sombra. Aunque cada vez las piedras eran más numerosas, seguí encontrando un camino entre la tierra blanda, que me condujo hasta una pequeña cajita de metal.</p>
<p>El sol me cegó durante varios minutos cuando intenté abrir la caja en el exterior. Mi vista, al fin y al cabo, había dejado de ser tan importante, así que antes de que mis ojos se hubiesen acostumbrado de nuevo a la luz la cerradura ya se había abierto. En su interior, enterradas entre un fino polvo plateado, ocho pequeñas pulseras esperaban una muñeca, o varias&#8230; En cada una de ellas se podía leer una frase en un idioma desconocido. Pronto desistí de entenderlas. Volví a cerrar cuidadosamente la caja, invirtiendo el complicado mecanismo, y la metí en el saco junto al resto de mis hallazgos. Con una sensación cada vez más imperiosa, volví a introducirme en el agujero.</p>
<p>Cada vez era más difícil avanzar, y cada vez el aire era más sofocante. Mi frente se perlaba de sudor, aunque eso no conseguía fatigarme. Al contrario. Cuanto más difícil se hacía avanzar más ahínco ponía en ello. Cada puñado de tierra me descarnaba las manos, haciendo que mis dientes rechinasen con un dolor que comenzaba a calarme muy hondo. ¡Pero me sentía ya tan cerca! De pronto mi brazo se hundió, quedándose penduleando en el vacío. Abrí más el agujero hasta conseguir descolgarme en una pequeña sala. Palpé toda la superficie del suelo buscando algo que quemar para obtener algo de luz. Tanto el suelo como las paredes eran de una piedra lisa, desgastada por el aire muerto de su interior. Volví a la superficie y saqué el pequeño libro de garabatos.</p>
<p>Arranqué la primera de las hojas y la prendí con mi mechero. Mientras duró encendida, una luz tenue dibujó las paredes de la sala, mucho más cercanas unas a otras de lo que yo pensaba. Otro garabato se veía medio borrado en una de ellas. La hojita se consumió antes de que pudiese observarlo. Arranqué otra hoja y la prendí, Otra más, y otra&#8230; Sin pensarlo arranqué una por una las cien hojitas y formé con ellas una pequeña hoguera que alimentaba poco a poco. El garabato de la pared permitía intuir un tímido rostro femenino, nacido de la mano de un niño. O de una niña&#8230; Palpándolo noté como la superficie donde reposaba el garabato era diferente a la piedra de las paredes. El humo comenzaba a acumularse en el techo. Siguiendo un impulso lancé un puñetazo con todas mis fuerzas hacia el garabato. Mi puño destrozó el dibujo, atravesando la falsa pared hasta toparse con otro pequeño tomo. Tuve que reposar con los ojos cerrados unos minutos, intentando soportar el dolor que ascendía desde mis manos descarnadas. El humo me anestesiaba, por lo que llené mis pulmones. Apagué los restos de la pequeña hoguera con puñados de tierra espesa y subí el libro al exterior.</p>
<p>Esperé una hora tumbado en lo alto de uno de los montones de tierra, mientras la luna me acariciaba, curiosa, totalmente plena de luz. Cuando abrí de nuevo los ojos y vi el libro rojo entre mis manos, noté como la sensación que me impulsaba a avanzar se había desvanecido ya. En las pastas mi sangre seca formaba figuras azarosas. Me miré las manos y tan solo vi una casi informe masa manchada de tierra. Cada uno de los movimientos de mis dedos me hacía estremecer. Abrí la primera de las páginas, en la que pude leer, en grandes letras azules: Diario de Ana. Comenzó a palpitarme el corazón cuando, agarrando la esquina inferior de la primera página, me dispuse a leer el diario&#8230;</p>
<p>No pude hacerlo. Cerré violentamente el libro rojo y, apretando los ojos, intenté aplacar la velocidad de mi respiración. Abrí el saco y desenvolví la pequeña calavera de la rebeca. La tomé entre mis manos y, poniéndola a la altura de mis ojos, pregunté creo que al aire: ¿Y ahora? Metí el diario en el saco y, tras volverla a enroscar en la rebeca, metí también la pequeña calavera. Volví a bajar a la pequeña salita de piedra.</p>
<p>El denso humo negro se había hecho dueño del techo y las paredes, aunque la oscuridad no permitía que viese su negrura. Era difícil respirar. Deposité el saco en el centro y, una vez arriba en compañía de la luna, comencé a arrojar de nuevo los montones de tierra al interior del agujero.</p>
<p>Pasaron muchos soles, muchas lunas, muchos amaneceres y atardeceres que me formulaban preguntas silenciosas. No quise responderlas. Los montones de tierra empezaron a descender vertiginosamente, empezó a deshacerse el hormiguero. Las heridas empezaron a cerrarse y el recuerdo se empezó a disipar en el viento del exterior. Cuando toda la tierra regresó de nuevo a su sitio, en mi mente apenas quedaba ningún recuerdo del contenido del saco. Ni aquel libro de recuerdos, ni aquellas pulseras, ni aquellos ojos vacíos&#8230; Tan sólo una sensación de fracaso.</p>
<p>Miré al suelo que, imperturbable, se desplegaba a mis pies. Tracé de nuevo una gran X donde hace tanto tiempo pude verla por primera vez y emprendí de nuevo mi camino.</p>
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