Ella miraba el violin que el chico sostenía inseguro entre las manos. Se paró ante él y le dijo:
-¡Eh! Toca una canción para mi, ¡por favor!
Él alzó la mirada, sorprendido.
-Pero… ¡yo no se tocar! -exclamó. Pero, tras pensar un segundo, añadió-. Está bien, tocaré si tu cantas para mi.
-¿Cantar? ¡Yo no sé cantar! No…
Ambos se miraron en silencio durante varios segundos, y entonces él empezó a tocar y ella empezó a cantar. Los transeuntes que pasaban por aquella calle tuvieron que taparse los oidos y apartarse de allí, horrorizados, pero para ellos fue el mejor concierto que jamás habían escuchado…