Relatos de Nathalie Evrevin

Arrols

Escrito por Nathalie Evrevin

Cada anochecer, cuando los últimos rayos del rey se desvanecian en un roce amoroso sobre las colinas, un airecillo húmedo y refrescante se liberaba de las mazmorras verdes del bosque Plir. Cada anochecer, cuando el tiempo parecia ralentizarse y la eternidad tomaba el protagonismo, cuando la tranquilidad sussurraba lindos secretos en el corazon de los seres vivos, una flor de un color pálido pero reluciente se abría en las profundidades de este mundo. Una cancion dulce empezaba a bailar entre las hojas de las grandes torres del bosque, despertando así a (Continúa leyendo el relato)

Estrellas caídas

Escrito por Nathalie Evrevin

Érase una vez en un pueblecito lejano, muy lejano de estas tierras donde vivimos los duendes, dos niñas humanas Sandra y Maomé.

Sandra y Maomé eran amigas desde largos años ya, desde siempre. Desde nunca, se habían separado las dos amigas. Siempre juntas habían compartido todo, tanto los juegos de princesas, dragones y ranas, como los paseos por el campo en búsqueda de flores y hadas, los baños con las sirenas en el río de Fandir, las fechorías hechas y rehechas al señor Fermín, o las increíbles historias del abuelo Andrés sobre la magia de los arboles, sobre duendes y gnomos. Siempre las estrellas se habían reflejado en sus grandes ojos de carbón, y así juntas habían compartido multitud de aventuras maravillosas.

Cuando Sandra cayó enferma una noche de invierno, y las estrellas dejaron paso a la (Continúa leyendo el relato)

Fruto

Escrito por Nathalie Evrevin

Una lágrima arrastró la tierra húmeda pegada a la piel pálida de la pequeña Lilong Yu, cuando de pronto se vio crecer en el hueco de su oreja una ramita en la que asomaba en su extremidad una hoja verde esperanza y un capullo. El duende Nicolas la miró con ojos redondos por asombro. Con suavidad, el capullo se inclino hacia él, y como para dirigirse al duendecillo se abrió en una flor blanca y pequeña, tan pequeña como un copito de nieve fina. Mientras la miraba, ella abría sus pétalos delicados y húmedos lentamente tal como una amante se quitaría las sabanas del pecho después de un momento de amor. Cuando de pronto cayó. Entonces donde un instante anterior se movía aquella flor tan hermosa apareció un fruto. Un fruto redondo color purpureo. Lylong Yu se sintió (Continúa leyendo el relato)